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Despertar de la Consciencia y el Florecimiento del Corazón

Tú Puedes Terminar con la Maldición Familiar: Sanar Heridas de Infancia para Criar Conectando con tus Hijos [Primera Parte]

Actualizado: hace 2 horas

¿Sientes que repites con tus hijos las heridas que te marcaron? A menudo, nuestro pasado actúa como un laberinto invisible de moldes y mandatos que nos impide conectar.

En este artículo, desde la mirada de la terapia Gestalt, te invito a descubrir cómo se puede sanar heridas de infancia y deshacer la maldición familiar conectando con tus hijos: El camino más directo para que tu crianza sea un espacio libre y sano.


Con profundo amor, dirigido a Padres, Madres y Terapeutas.

Creo que comencé a hacer realmente bien terapia Gestalt después de que nació mi hija Matilda. Y fue, sobre todo, gracias a mi mujer, Rosario. Ella siempre quiso ser una mamá amorosa y hemos hecho todo lo posible para criar a nuestra hija priorizando, sobre todas las cosas, que mantenga el contacto con su esencia.


Para , el Ego no es una cosa, sino una acción, y es la acción de defenderse, que nunca está separada de atacar. Esencia también es una acción y significa ser uno mismo, o ser espontáneo. Cuidar a nuestros niños para que sean adultos con acceso fácil a la esencia significa el desafío de descubrir cómo liberarnos de nuestra violencia —que en su mayor parte es totalmente inconsciente—. La única cosa que nos ha robado el alma es la violencia y la falta de conexión.

Criar para apoyar la esencia implica necesariamente un viaje de autoconocimiento profundo para librarse de la propia violencia. Estoy convencido de que, si cada persona del planeta comprendiera esto con cada fibra de su ADN, el cielo aterrizaría en la Tierra. Este artículo está escrito para sacudirte con todo el amor cósmico y despertar tu humanidad. Espero que llores, sientas angustia y finalmente descubras cuánto amor hay en tu corazón. Esta es la única forma de comprender de verdad algo que valga la pena.

Quiero agradecer a Tatiana y Pilar, dos alumnas y madres que se entregaron con toda el alma a este trabajo de descubrimiento y atravesaron todas las capas hasta desnudar el amor que sienten por sus hijos.

Para Rosario, el nacimiento de nuestra hija fue también un nacimiento para ella, como lo es para la mayoría de las mujeres: absolutamente desconcertante, desestructurante y hermoso —cuando logramos comprender la envergadura de lo que nos está pasando—. La maternidad es una invitación a reconectar con esas partes más instintivas y mamíferas, a recuperarlas y volver a la esencia y la conexión con los aspectos más básicos y fundamentales de la existencia humana. Cuando no comprendemos la profundidad de este proceso, la maternidad puede también ser una nueva oportunidad para fortalecer el ego.

Mi trabajo y el de mi mujer es una apuesta por el ser humano. Hemos visto que cuando las personas están dispuestas a soltar su ego, pueden lograrlo si cuentan con el acompañamiento y las herramientas necesarias. Este proceso llevó a Rosario a una búsqueda profunda de respuestas, la cual me empujó también a mí a crecer; no teníamos otra opción si queríamos mantener a nuestra familia unida. Finalmente, se convirtió en el mejor posdoctorado en psicoterapia que he hecho en mi vida y en una puerta de entrada a dimensiones de mí mismo que habían estado cerradas hasta ese momento.

Juntos hemos ido descifrando por qué el vínculo entre padres e hijos es la clave de la salud mental, no solo de los hijos, sino también de los padres. Hemos aprendido también cómo ayudar a otros a recuperarlo.

Este artículo que te comparto es fruto de nuestro crecimiento como padres, de escuchar a nuestra hija, crecer junto a ella y acompañar a otras personas en su proceso. Con mucho orgullo lo comparto. Con la convicción de que nuestro amor, nuestro trabajo y la inteligencia universal nos han regalado una forma de trabajar con madres y padres que tiene el potencial de devolver a los seres humanos lo que siempre ha sido el derecho más difícil de reclamar: su propia humanidad.

Lo que sigue a continuación es la transcripción de dos sesiones de terapia Gestalt que tuvimos en clases con dos alumnas de mi curso de formación para terapeutas. Además de esto, escribí varios capítulos explicando en profundidad por qué sanar las relaciones con nuestros hijos es sanarnos a nosotros, y el camino más radical y efectivo de todos. Primero presento el trabajo que hicimos con Pilar, lo que hará más digerible la explicación teórica que sigue a continuación, y al final te dejo el caso de Tatiana.

¡Prepárate para una buena telenovela gestáltica!

Pilar: Las Santas Víctimas que Envenenan de Culpa y la Sanadora Expresión del Enojo y el Amor Materno

A continuación, vas a encontrar dos trabajos terapéuticos hermosos y profundos que tuvimos en clases de Terapia Gestalt, en mi curso de formación para terapeutas.

He escrito mis comentarios en negrita y entre corchetes para que se puedan comprender mucho mejor mis intervenciones y también el proceso de la persona que estaba haciendo el trabajo terapéutico. Si quieres, puedes leer la transcripción saltándote las explicaciones entre corchetes para tener una experiencia más parecida a estar presenciando la sesión en vivo.

Estos comentarios están dirigidos tanto a padres y madres —para ayudarles a comprender la profundidad del problema al que nos enfrentamos y lo paradójicamente sencilla que es la solución— como a mis estudiantes en formación. He pensado en este artículo como una herramienta pedagógica, ya que tengo la intención de enseñarles cómo trabajar con madres y padres a partir de este año en cursos de profundización.

Mujer anciana dice ¡Hola mi amor!; una pareja joven, atada con cadenas y humo verde, se enfrenta en una sala con fotos.

Tomás: Pilar, ¿te gustaría trabajar? Cuéntame un poco sobre tu tirano interno. 

Pilar: [Apoya la mano en la barbilla y desvía la mirada, recordando] Me gustaría saber porqué me da tanto miedo mirar a mi tirana interna a los ojos. Ayer en el ejercicio visualicé a mi tirana interna como una señora de 60, esas viejas malas de las novelas mexicanas, con falda, blusa, muy aseñorada y muy estricta. [Frunce el ceño y hace un gesto de sorpresa] Nunca imaginé que esta parte de mi que me critica siempre fuese tan fuerte, es demasiado exigente". Con razón yo me paralizo de miedo en la vida, porque ella todo el tiempo me está atacando, juzgando. Es tan intimidante y agresiva que me hace sentir pequeña. [Se lleva la mano al pecho] Ayer mi hijo me dijo que estaba llegando tarde al colegio. Y ahí salí yo como: "¡No, es que tú tienes que llegar temprano, para eso estamos pagando el colegio!". [Se ríe nerviosamente y se tapa la boca] Y me di cuenta que estaba actuando como esta señora. Y dije "¡No, no quiero, no me gusta ser así con mis hijos!”

Tomás: [Sonríe levemente y asiente] Ese es un muy buen darse cuenta, ver que nuestro tirano interno no sólo nos ataca a nosotros sino también a nuestros hijos. A todos nos pasa pero casi nadie se da cuenta. ¿Y a quién se parece esta señora? ¿Quién en tu familia es así? 

Pilar: Es que la familia de mi mamá no la conozco mucho. Mi mamá no era tan cercana a ellos. Es más, mi mamá decía que mi abuelita, por parte de mi papá, era una mamá para ella.

Tomás: [Asiente, entrelazando las ideas] Mmm. Tu mamá andaba buscando mamá. Por decir así. Porque parece que su mamá debe haber sido, o distante, o rechazante. No debe haber tenido una buena experiencia con ella.

Pilar: [Asiente, pensativa] Yo creo que las dos.

Tomás: ¿Tu mamá es miedosa como tú también?

Pilar: [Asiente, tocándose el rostro] Sí, también.

Tomás: [Sonríe levemente] Claro. Entonces tu mamá tiene que tener una tirana interna muy parecida a la tuya. Nuestro tirano interno le da estructura y forma a nuestra personalidad. Eso quiere decir que si tú mamá es miedosa como tú, las dos se parecen y, por lo tanto, sus tiranas internas son más o menos iguales.

Pilar: [Se tapa el rostro, riendo con nerviosismo] No...

Tomás: [Acompaña la sonrisa] ¿Ella también les decía cosas a ustedes, como la que le dijiste a tu hijo?

Pilar: [Cambia a una expresión más seria y mueve las manos para dar énfasis] No, mi mamá era agresiva. Mi mamá era muy agresiva. Nos hacía cosas fuertes cuando no hacíamos lo que ella quería. Trabajaba mucho y por eso los fines de semana teníamos que estar haciendo aseo. También muy controladora. [Gesticula con ambas manos frente a su pecho, moviéndolas rítmicamente como si sostuviera algo. Mirada ligeramente desviada hacia abajo]

Tomás: Ya. O sea, sí se parece un poco a tu tirana interna, tu mamá.

Pilar: Sí, sí, seguramente. [Asiente con la cabeza, bajando la mirada. Apoya el rostro sobre sus manos entrelazadas]

Tomás: Y te hago todas estas preguntas, Pilar, porque que te cueste tanto mirar a los ojos a tu tirana, eso me habla de mucha violencia. O sea, cuando a uno le da miedo mirar a alguien, es porque hay violencia. Si no, ¿por qué daría miedo? [Tono calmado, explicativo. Pilar escucha atentamente]

[El motivo por el cual repetimos los patrones “negativos” de nuestros padres es que recibimos violencia de ellos. Sin embargo, una de las marcas características que nos quedan cuando hemos recibido violencia es que hemos perdido la capacidad de reconocerla. Tuvimos que adaptarnos a ésta y por eso la hemos normalizado y no nos resulta obvio que tener miedo de mirar a alguien a los ojos se debe a que la mirada del otro ES violenta. En este escenario los niños nos atribuímos el problema a nosotros y decimos “yo soy miedoso” en lugar de decir “mi mamá me mira con hostilidad”. Al insistir a Pilar que su madre daba miedo porque era violenta, estoy preparando el terreno para que su niña interna identifique que el origen de su miedo es la hostilidad de su mamá y no que ella es miedosa. Así podré invitarla a defenderse.]

Pilar: Es que aquí creo que entro en muchas dudas... Porque con mi mamá, en mi adolescencia, tuve situaciones bien difíciles, porque yo también fui muy agresiva. Y en este momento con ella no tengo una buena relación, lo cual me genera bastante culpa. [Baja la mirada, el tono de voz se vuelve más bajo y denota pesadumbre] Mi mamá fue una buena mamá, y yo ahorita no puedo tener una muy buena relación con ella. Entonces todo eso me llena de culpa. [Separa las manos y gesticula levemente, frunciendo el ceño]

Tomás: Pero si estabas tan enojada con ella, debe haber sido por algo. Parece que sientes tanta culpa con ella que te cuesta ver de qué forma ella fue y es violenta contigo... ¿Por qué estabas tan enojada cuando eras adolescente con ella?

[En un contexto de maltrato es muy habitual sentir culpa por rechazar al maltratador que te ha violentado. Esta es otra forma de adaptarnos a la violencia. La culpa evita que rechacemos lo que nos daña del otro y el enojo legítimo que sentimos, lo convertimos en autocastigo.]

Pilar: Me decía cosas muy ofensivas. Una vez me dijo que yo iba a ser como una rata que todo el tiempo iba a estar en el piso. Y yo nunca he olvidado esa frase. Me pareció súper agresivo. [Levanta la mano izquierda con los dedos separados, enfatizando la indignación. Su expresión facial refleja dolor]

Tomás: Yo creo que tienes toda la razón de estar enojada con ella si te decía esas cosas. Y también la quieres, pero también está bien si estás enojada por eso.

Pilar: Es que a veces no sé si la quiero. Y creo que eso también me genera culpa. [Desvía la mirada hacia la derecha, con evidente expresión de conflicto interno]

Tomás: A ver, uno siempre quiere a sus papás, a menos que te traten a patadas... Entonces, si sientes que no la quieres, lo primero que yo te diría es que eso no es tu culpa; es que ella fue muy agresiva, pero parece que tú sientes que es tu culpa no quererla, en cambio yo digo que es culpa de ella.

Pilar: Es que ha cambiado… ella me llama y me habla bonito ahora, me dice cosas bonitas. Y para mí eso es horrible. Yo no puedo soportar cuando me dice "hola, mi amor". Yo digo: esa no es mi mamá. No sé por qué no la puedo perdonar. [Niega repetidamente con la cabeza y gesticula con las manos en clara señal de rechazo]

Tomás: Ok, hagamos un trabajo con tu mamá, y también con tus hijos. Creo que va a tener valor para tí, sobre todo porque no te gusta tratar mal a tus hijos y creo que ordenar la relación con tu mamá va a abrir posibilidades nuevas con tus hijos. Siempre aquello que estuvo mal en la relación con nuestros padres se interpone en la relación con nuestros hijos, así que vamos a mirar de frente el problema con tu mamá. Te invito a cerrar tus ojos. [Pilar cierra los ojos inmediatamente] Imagina a tu mamá como era ella cuando tú eras adolescente o más chica. A la mamá de ésa época, no a la de ahora. Descríbela.

Pilar: Está muy bien vestida como para ir a trabajar. Bien peinada. O sea, la veo igual a como vi ayer a mi propia tirana interna. La veo con gafas, con una blusa, con una falda. [Mantiene los ojos cerrados, habla con un ritmo pausado e introspectivo]

Tomás: Ah, entonces sí que es igual a tu tirana interna.

Pilar: Sí. No me había dado cuenta. [Abre los ojos levemente, asoma una pequeña sonrisa de sorpresa e insight]

[Siempre digo que es muy difícil descubrir algo útil solo hablando acerca de lo que nos pasa. La terapia Gestalt nos invita a una experiencia, porque sabemos que es a través de la experiencia que sucede el verdadero darse cuenta. A un segundo de comenzar el trabajo experiencial, la comprensión rápidamente comienza a hacerse paso y Pilar comienza a tomar consciencia de las semejanzas entre su tirana interna y su mamá de la infancia.]

Tomás: Sí, qué interesante. Es impresionante cómo a veces no nos damos cuenta cómo nuestro tirano interno es igual al de nuestros padres -al menos en la mayoría de las personas sucede así-. Y como no nos damos cuenta, repetimos con nuestro hijos las mismas cosas que ellos nos hicieron y, a pesar de que es muy obvio, no tenemos consciencia de que lo hacemos. Este es uno de los mayores puntos ciegos de las personas, por eso digo que si uno quiere ser mejor padre que los propios, necesita hacer terapia… ¿si no cómo diablos uno va a poder ver sus puntos ciegos? Bien, entonces sí se parece a tu mamá. Te voy a invitar a que te sientes al frente - en la otra silla- y te conviertas en esta mamá, vestida para ir a trabajar, bien peinada y con gafas. 

[Pilar se levanta, ajusta la cámara y cambia de asiento, asumiendo físicamente el rol de su madre en la silla vacía] 

Tomás: Cuéntame cómo eres tú. Cómo es esto de estar tan peinada, vestida para el trabajo.

Pilar (como Mamá): [Cambia drásticamente la postura corporal, sentándose más erguida. Su tono de voz se vuelve más firme y formal] Sí, me toca siempre estar bien arreglada. El trabajo me lo exige. Me gusta que la gente tenga una muy buena impresión mía. Tengo que ir muy bien arreglada.

Tomás: ¿Por qué es tan importante que tengan una buena impresión tuya?

Pilar (como Mamá): Porque quiero que me vean. Y cuando me vean, quiero que se den cuenta de que yo soy alguien importante. Que yo no soy menos que nadie. [Mueve la cabeza de forma afirmativa y contundente al hablar]

Tomás: ¿Te has sentido menos que alguien alguna vez?

[En este punto me parece que hemos descubierto una de las principales causas de la violencia de la mamá de Pilar; Cada vez que se siente menos que alguien, ataca. Le pregunto cuando se ha sentido menos que alguien para comprender quién la hirió y así entender mejor la estructura de su superyó.]

Pilar (como Mamá): Sí. Varias veces. Con mi esposo. Con mi suegra. Y mi mamá.

Tomás: Cuéntame cómo tu mamá te hacía sentir poco importante.

[Elijo pedirle que me hable de su mamá (la abuela de Pilar) por un motivo simple: suele ser nuestra madre quién más determina la estructura de nuestra personalidad]

Pilar (como Mamá): Yo nunca le importé. Ella siempre me mandó donde mi abuela. Y allá me ponían a hacer aseo todos los días para ganarme el almuerzo o la comida, como decía ella. [El tono de voz desciende y se vuelve más sombrío, la mirada se endurece cargada de resentimiento]

Tomás: Te trataba como a la cenicienta y parece que tú hiciste lo mismo con tus hijos… les hacías hacer aseo todos los fines de semana.

[Le ayudo a ver las similitudes entre generaciones. A pesar de que estas cosas son muy obvias para quienes presencian el trabajo, suelen ser puntos ciegos para la persona.]

Pilar (como Mamá): Algo así.

Tomás: Te trataba casi con odio, ¿sí o no?

Pilar (como Mamá): Es que yo nunca he sentido que ella me quiera. Ni a mis hijos, ni a nadie. Que sea algo mío, no. A ella nunca le ha interesado cuidar a mis hijas. A ella solo le importan los hijos de mis hermanos. [Habla con amargura, entrecerrando los ojos en señal de un dolor muy antiguo]

Tomás: Entonces me imagino que tú debes ser también muy crítica contigo misma. Muy exigente contigo, a un nivel casi como que te llegas a odiar. ¿Tiene sentido?

Pilar (como Mamá): Sí. [Asiente de forma corta y seca]

Tomás: Y parece que a Pilar también la miras con ese mismo odio muchas veces.

[Aquí le estoy ayudando a ver un hecho universal aplicado a su realidad particular: nos tratamos a nosotros mismos del mismo modo en que nos han tratado, y tratamos a los otros del mismo modo en que nos tratamos a nosotros. ]

Pilar (como Mamá): Es que ella siempre me está llevando la contraria. Siempre al lado de los demás, nunca está conmigo. Siempre me está criticando, ella prefiere a todo el mundo menos a mí. [Frunce el ceño profundamente, el tono denota gran frustración y un reclamo infantil latente]

Tomás: Sí. ¿Qué sientes hacia Pilar?

Pilar (como Mamá): Siento que yo la quiero, pero es que me molesta mucho todo lo que hace y todo lo que me dice. [Pausa, mira hacia abajo con el ceño fruncido; su tono es de irritación contenida] No se da cuenta de nada.

Tomás: ¿Pilar te irrita?

Pilar (como Mamá): Sí, no se da cuenta de que trabajo mucho y de todo lo que hago por ella. La ropa que tiene es gracias a mí. Todo es gracias a mí. Los colegios... El papá se va a tomar y ella, ¿a quién tiene? A mí. Pero ella nunca me da la importancia que merezco. [Gesticula con las manos de forma tajante, enfatizando sus sacrificios. Su postura es rígida y a la defensiva]

Tomás: Ah, sí, ahora entiendo por qué Pilar siente tanta culpa. Dile por qué es tan mala hija. 

[Suelo hacer este tipo de comentarios cuando tengo claridad de por qué la persona siente emociones que no comprende bien. De este modo, le estoy diciendo implícitamente a Pilar: «La culpa que sientes con tu mamá se debe a que ella te hizo responsable del resentimiento que tenía por sacrificarse». Y a estas alturas ya se me hace obvio el personaje que su mamá representó toda la vida: una mártir santa que se sacrifica por todos... que son unos malagradecidos, especialmente Pilar. Este tipo de personajes necesita hacer que todos se sientan culpables en venganza por su sacrificio —que nadie les solicitó, por cierto—. ]

Pilar (como Mamá): ¿Por qué eres tan mala hija? [Se inclina hacia adelante, mirando fijamente a la silla vacía] Nunca me apoyas, siempre estás en contra mía, no valoras todo lo que yo he hecho por ti. Tú eres una muy mala hija. Nunca me has valorado, nunca me has correspondido en todo lo que yo he hecho por ti. Siempre me dejas a un lado. Prefieres a tu papá, cuando yo soy la que estoy siempre ahí. Cuando él se va a tomar, ¿quién queda contigo? Yo. Nunca he sentido apoyo tuyo. [Apunta con el dedo índice repetidas veces, su voz adquiere un tono acusatorio y duro, cargado de resentimiento, venenoso]

[Aquí dejé pasar una oportunidad, pero lo hice porque hubiera significado abrir demasiados flancos. No le hice notar a Pilar que su madre se quejaba de un marido alcohólico... del mismo modo que le sucede a ella con su esposo (más adelante en esta sesión, cuando Pilar representa a su hijo, él se lo dice muy enojado). En una sesión futura la invitaré a explorar este asunto que, al parecer, se repite de generación en generación en su familia. ] 

Tomás: ¿Qué emoción hay en ese tono de voz, mamá de Pilar?

Pilar (como Mamá): …rabia. Tengo mucha rabia con ella. [Responde de forma seca y directa]

Tomás: Dile qué te dan ganas de hacerle al sentir esta rabia.

Pilar (como Mamá): Ya ni siquiera me dan ganas de pegarte, porque no vale la pena, tú nunca entiendes. Quiero ignorarte. A ti hay que ignorarte. Si tú no valoras lo que yo te doy, pues es mejor dejar así y no cuentes conmigo para nada, nunca. [Mueve la mano restándole importancia, desviando la mirada con absoluto desdén]

Tomás: Sí. ¿Qué sientes al decirle esto a Pilar?

Pilar (como Mamá): No me siento tan bien. Aunque me incomoda y sé que ella se lo merece, porque en verdad es tan difícil llevarla a ella... pero igual es mi hija, ¿no? [Suaviza ligeramente el tono, la tensión en sus hombros disminuye, mostrando un atisbo de vulnerabilidad]

Tomás: Sí. No llegas al extremo de ser una mala persona, pero no puedes no sentirte furiosa con ella, ¿no? Es como que te ella supera.

Pilar (como Mamá): Sí. Es que ella todo lo que hace es para molestarme. Todo. [Vuelve a fruncir el ceño, cerrándose de nuevo]

Tomás: Bien. Cámbiate, siéntate al frente.

[Pilar se levanta, cambia de asiento y vuelve a su posición original, abandonando el rol de su madre]

Pilar: … [Se queda como paralizada]

Tomás: A mí, si me hablaran con esa voz tan cargada de odio y resentimiento, me darían ganas de, por lo menos, gritarle cincuenta insultos a la otra persona. Pero podría entender que te diera culpa o miedo también. 

[Cuando se cambió de asiento y se sentó frente a su mamá, quedó paralizada de miedo y de culpa por varios segundos. Le di mis palabras de apoyo para ayudarla a descongelarse y hacer la única cosa que puede acabar con la culpa: expresar el resentimiento. Como dice Perls, la culpa injusta suele ser resentimiento no expresado.]

Pilar: [Respira profundamente, frotándose las manos con nerviosismo] No, es que me siento muy incómoda.

Tomás: ¿Cómo es la incomodidad en tu cuerpo?

Pilar: La siento en el pecho otra vez. [Lleva ambas manos a su pecho, presionando suavemente] Es como si tuviera algo atrapado. Como que hasta respirar me cuesta.

Tomás: Deja que cueste respirar, siente eso atrapado ahí. Busca una postura corporal que intensifique la sensación… Eso. A ver qué más hay ahí, a ver qué descubres y se lo dices a tu mamá.

Pilar: [Se encorva ligeramente, cubriendo su rostro con las manos. Su voz se quiebra y comienza a llorar]  Mamá, me da mucha culpa saber que tuviste una infancia muy difícil. Me da mucha culpa saber que mi papá fue muy difícil contigo y que tu mamá fue tan dura contigo. Y que por más que tú gritaras y amenazaras pidiendo mi atención, yo hacía todo lo contrario. Más rechazo he sentido hacia ti siempre. Y eso me genera mucha tristeza.

[Aquí se aclara que uno de los principales problemas de la mamá de Pilar fue que ella buscaba una mamá que la reconociese; esperaba que su suegra hiciera lo que su propia madre no pudo hacer por ella, y también esperaba que lo hiciera su hija. Pero cuando los adultos pedimos a los hijos que nos curen las heridas, los dejamos en una posición muy difícil: les robamos la posibilidad de ser niños. Como terapeutas es muy importante tener claro que este tipo de pedidos de un adulto hacia un niño son totalmente inadmisibles. ]

Tomás: Convierte esas culpas en algún resentimiento hacia ella.

Pilar: Pero también tengo mucha rabia de que, cuando yo te he necesitado, nunca estás en realidad. [El llanto cede un poco, la voz toma fuerza] Siempre que te llamo estás ocupada, estás lavando, en tus cosas. Y en realidad nunca escuchas, solamente empiezas a hablar mal de mi papá. Me da mucha rabia que, cuando yo estaba pasando por mi peor situación en el matrimonio, nunca tuve un apoyo tuyo. Es más, creo que nunca he tenido apoyos tuyos reales cuando te he necesitado. Me molesta cómo eres con mi esposo, toda querida, toda hermosa, cuando él a veces ha sido tan cretino. [Aprieta los puños, la tristeza da paso a una profunda indignación]

Tomás: Nunca se pone de tu parte…

Pilar: No. Ni siquiera te entiendo. Nunca te he entendido. Nunca sé qué quieres. [Niega con la cabeza, moviendo las manos en señal de confusión y hartazgo]

Tomás: Cuéntale cómo te hace sentir no entenderla.

Pilar: Me frustra, me frustra un montón no entenderte. Me frustra la mujer en la que te has convertido, en esa mujer tierna y buena, porque yo nunca conocí a una mamá así. Entonces mis hijos te aman y te adoran porque eres la mejor abuela, lo más bello, lo más querido. Y ellos se ponen bravos conmigo por la manera en que yo te hablo. Eso me frustra muchísimo. [El tono de voz se eleva, cargado de impotencia y sensación de injusticia]

Tomás: Ah, como que los termina poniendo en tu contra y tu pierdes…

Pilar: Pero no directamente. Porque ellos te ven tan bonita, tan querida y tan débil, que ellos te cuidan. Y llego yo y te contesto mal... [Baja un poco el tono, encogiéndose de hombros con resignación]

Tomás: O sea, no se pone de tu parte cuando tu marido ha sido un cretino, y a tus hijos los pone en tu contra. Y haciéndose la linda. Y pierdes.

Pilar: Sí, porque cuando yo hablo, hablo seca, dura. Entonces me miran como: "Mamá, ¿tú por qué eres así con mi abu?". Y eso me da rabia, me molesta mucho. [Frunce el ceño ligeramente, asintiendo con la cabeza]

Tomás: Mhm. ¿Qué estás sintiendo?

Pilar: Decir eso me dio nervios y empecé como... como que las manos se empezaron a mover. [Gesticula levemente frotando sus manos frente a ella, acompañando con una sonrisa nerviosa]

Tomás: Sí. Dile qué es lo que te da miedo. "Tengo miedo de que tú...".

Pilar: Tengo miedo de que mis hijos me traten como yo te trato a ti. [Baja el tono de voz, mirando fijamente al frente con una expresión seria y vulnerable] Tengo miedo de que ellos no me quieran. Tengo miedo de verme débil como te ves tú.

Tomás: Ella juega a ser víctima, ¿no?

Pilar: Siempre. [Asiente de forma rápida y categórica]

Tomás: Sí. ¿Qué sientes al decir todo esto?

Pilar: Me sigo sintiendo incómoda. Y vuelvo a sentir el calor en el pecho. [Lleva una mano a la zona del pecho, respirando de manera un poco más pesada]

[Pilar ha identificado un miedo muy profundo que se arraiga en la culpa que tiene por sentir resentimiento hacia su mamá: el miedo a que sus hijos se sientan igual con ella. Esto nos permite pasar al momento que me resulta más emocionante del trabajo terapéutico: ¡hacer hablar a los hijos! De este modo podremos descubrir si su miedo tiene fundamentos. Y, si los tiene, podremos descubrir cómo resolver el problema, ya que cuando reparamos con nuestros hijos lo que estuvo mal con nuestros padres, todo comienza a estar en orden.]

Tomás: ¿Hay alguno de tus hijos que sea particularmente peleador contigo?

Pilar: El mayor.

Tomás: ¿El mayor? ¿Qué edad tiene?

Pilar: Veintiuno.

Tomás: Veintiuno. Ya, te voy a invitar a que seas tu hijo. Ahora tú vas a ser tu hijo mayor y al frente tuyo está Pilar. Dile a tu mamá qué es lo que te molesta de ella. ¿Cómo te llamas, hijo mayor?

Pilar (como Pablo): [Se cambia a la tercera silla y toma un tono de voz más grave y relajado, cambia la actitud corporal hacia una más desestructurada] Mamá, me molesta cuando te haces la boba. Me molesta cuando quieres verte débil cuando yo también te conozco y sé cómo eres. Me molesta que, si estuviste mal con mi papá, no te hubieras separado. O sea, también tenías la opción de separarte. Y me molesta también cómo tratas a mi abuelita. O sea, mamá, tú ya estás grande, y pues mi abuelita ya está viejita, y ella siempre nos cuida cuando tú necesitas... O sea, me parece que a veces eres abusiva. [Gesticula abriendo las manos, denota franqueza y un reclamo directo]

Tomás: Sí. Y dile algo más personal, algo que te moleste entre tú y ella, sin incluir a otros. Quizás hay cosas que sientes que ella te hace a ti que te irritan también.

Pilar (como Pablo): Me molesta que a veces eres muy dura conmigo, mami. Siempre me estás exigiendo. Me estás diciendo qué debo hacer, cómo hacerlo, ser bueno. Eso me molesta. A veces no lo quiero hacer y ya. Y también me molesta que a veces quieras hablarme mal de mi papá, ¿sabes? Eso me molesta. Porque no quiero meterme en esa relación. [Mira hacia abajo por un instante, su expresión refleja establecimiento de límites personales]

Tomás: Y se llama Pablo, más encima. Tu papá se llama Pablo, ¿sí?

Pilar (como Pablo): Sí. [Asiente esbozando una leve sonrisa]

Tomás: Háblale más de cómo te molestan sus exigencias, y cómo te han molestado también cuando más pequeño. Háblale más de eso.

Pilar (como Pablo): Sí, me molesta, mami, que tú siempre me exigías en el colegio, que yo podía más, que estudiara más. Ah, eso también me cansa. Yo también por eso te dije: "Fresca, mamá, si pierdo el año, yo asumo". Entonces tú déjame tranquilo. Porque eras tan exigente que en verdad prefería no hacerlo. Desde que hicimos el pacto, como que pude liberarme de ti. [Mueve las manos como sacudiéndose algo de encima, su rostro muestra alivio]

Tomás: Mm. Sí. ¿Qué sientes, Pablo, al decirle todo esto a tu mamá? ¿Qué ocurre en tu cuerpo?

Pilar (como Pablo): No la quiero lastimar. [Lleva una mano al pecho, baja la mirada]

Tomás: De nuevo lo mismo, nadie quiere lastimar a nadie, esto es un problema.

Pilar (como Pablo): Sí.

Tomás: Ahora estoy empezando a entender qué pasa en esta familia, están todos enojados con su mamá y nadie se atreve a expresar su enojo abiertamente por miedo a lastimarla… es que todas las mamás en esta familia son muy débiles y muy víctimas y no se les puede decir nada. Mira Pablo, permítete enojarte un poco más con tu mamá. Yo creo que a ti te cuesta un poco menos enojarte que a tu mamá con su mamá. Tómate la libertad de estar furioso con ella sin culpa, por un rato al menos, y dile abiertamente lo qué te molesta tanto. No te preocupes por un rato de ella. Preocúpate solo de ti. ¿Puedes hacerlo?

[Hemos llegado al punto de quiebre en esta sesión. Muchas veces no tenemos la fuerza de oponernos a las conductas violentas de nuestros padres, pero cuando representamos a nuestros hijos en la silla vacía, somos capaces de oponernos a nuestras propias conductas violentas. Cuando, a través de nosotros, permitimos a nuestros hijos denunciar nuestras violencias, entonces sucede el milagro: el patrón enfermo que hemos heredado comienza a perder fuerza. Al fin el Ser se abre paso para que la Esencia brille libre y ordene lo que está fuera de orden.]

Pilar (como Pablo): Sí.

Tomás: Dale, dale.

Pilar (como Pablo): [Alza el tono, moviendo las manos con firmeza hacia adelante. Su postura es recta y decidida] Me molesta cuando te pones en la posición de víctima. Cuando yo sé que tú te puedes hacer cargo y puedes hacer lo que tú quieras. Te he visto hacer muchísimas cosas en la vida. Entonces a mí no me cargues con eso, ¿ya? Me aburres, mami. Me aburres cuando te pones así. Y también me molesta que trates mal a mi abuela. Por favor, respétala. 

Tomás: Qué interesante. ¿Qué sientes al decirle esto de la forma que se lo dijiste?

Pilar (como Pablo): Pues no lo sentí tan mal porque es lo que me molesta a mí. Como que lo tenía guardado. [Pone la mano sobre su pecho, esbozando una sonrisa de desahogo]

Tomás: Ah, qué alivio sacar eso. ¿Y sientes que la quieres menos y que la odias más ahora que lo sacaste?

Pilar (como Pablo): No. No.

Tomás: No pasa nada, ¿no? No pasa nada si sacas lo que te molesta. No la dejas de querer.

Pilar (como Pablo): Sí. La quiero igual. [Sonríe de forma más amplia y genuina]

Tomás: Qué interesante. 

Pilar (como Pablo): Me siento bien. Y aparte, decirle que la quiero igual me hace sentir mejor.

Madre e hijo discuten en una sala; ella llora, hay fotos familiares y un jarrón roto. Globo: ¡No me cargues con tu victimismo!

Tomás: Conviértete en Pilar ahora.  [Pilar se cambia de asiento y mira a Pablo] Imagínate a Pablo al frente. Escucha lo que te dijo… Te dijo lo enojado que estaba y te sigue queriendo, está sonriendo. Qué interesante. Cuéntale qué te pasa al escucharlo.

Pilar: Sí. Y yo me siento... yo me siento orgullosa. Porque es que... como que en vez de mirarme mal, en vez de contestarme feo, me dijo lo que le molestaba. [Se ríe levemente, con una expresión de sorpresa positiva y ternura] Y eso me hace sentir como, uff... Tiene razón en algunas cosas, pero me siento bien porque cuando se pone bravo es muy agresivo en su manera de ser. Entonces, al decirlo de forma directa, no fue tan agresivo. [Gesticula con suavidad, se nota más relajada y receptiva]

Tomás: Exacto. Esta es otra cosa que todos tenemos que aprender como terapeutas. Que cuando la agresión se dice de forma directa, no es violenta. Pero cuando no se dice, es muy violenta. Cuéntale, dile lo que te den ganas de responderle. Y me doy cuenta que en tu familia Pilar, nadie se atreve a decir las cosas directamente porque todos se hacen la víctima, al menos la mayoría de las mujeres. Hacerse la víctima es la mejor forma de hacer que todos acaben resentidos con uno. Contéstale, contéstale a Santiago.

Pilar: Pues, hijo... siento mucho que a veces digo las cosas de una manera muy fuerte. [Mira al frente con suavidad y honestidad] Te pido disculpas por haber sido tan dura contigo, hijo. [mantiene un tono de voz suave y arrepentido] En verdad, yo nunca he sabido cómo acercarme a ti, porque cuando me acerco entonces ya estás molesto y ya me rechazas y prefiero dejar las cosas así. [Mueve levemente la cabeza mientras habla] En verdad yo te amo. Eres una persona muy importante para mí. Y al escucharte... escuchar lo que me acabas de decir... pues ya tengo claro que a veces me vuelvo muy, muy dura y a veces soy muy parecida a mi mamá. [Su voz denota vulnerabilidad y toma de conciencia] Lo que tanto la critico, yo también lo hago.

Tomás: ¿Qué sientes al decirle esto? Me encantó. ¿Cómo se siente en tu cuerpo?

Pilar: Pues mira que en el pecho ya no lo siento tan apretado. Siento que tengo más espacio como para respirar. [Su postura se nota más relajada]

Tomás: Eso. Dale, entonces te voy a invitar a girarte y ahora vas a mirar a tu mamá. [Pilar se levanta, gira su silla 180 grados y vuelve a sentarse, ahora mirando a su mamá] Eso. Te voy a invitar a que te permitas ser como acaba de ser tu hijo contigo, pero ahora tú con ella. O sea, le vas a decir lo que te molesta sin preocuparte por ella. Sin preocuparte nada por ella. Que no te importe nada. Y le vas a decir lo que te irrita igual como lo hizo tu hijo contigo. Y veamos qué pasa. Yo creo que lo que le necesitas decir es muy parecido a lo que te dijo él: "Mamá, odio que te hagas la víctima". Yo partiría por ahí. Y de ahí sigue con tus propias palabras..

[Cuando Pilar habló representando a su hijo, fue capaz de romper uno de los hábitos más nocivos que ha enfermado las relaciones en su familia: no tener el valor de expresar el resentimiento de forma clara y directa por miedo a herir a las «santas víctimas». Por lo tanto, aquí la invito a aprender de su hijo y a hacer con su mamá lo mismo que él hizo con ella. Es decir, le pido que se comporte de forma saludable con su madre; ya veremos qué sucede.]

Pilar: Mamá, odio que te hagas la víctima. Odio cada vez que te llamo y empiezas a hablarme mal de mi papá, de lo que hizo, de lo que no hizo. [Gesticula con las manos, su expresión es de hastío] Me cargas, me fastidias cuando empiezas con ese cuento.

Tomás: Mira, tu mamá también habla mal de tu papá, ¡de verdad que se parecen!

Pilar: Odio cuando estás pendiente más en las apariencias. Que si te arreglaste, te fuiste al salón de belleza... Ay, me estresas, me estresas muchísimo. Como que hay tantas cosas que mirar y tú solo estás pendiente de lo superficial. Odio cuando te haces la boba. Cuando tú sabes que hay un problema en el fondo y es como: "ay, no me di cuenta". Me parece... de verdad que me sacas de quicio. Odio cuando estás criticando a la gente y la acabas, pero lo haces como que: "ay, es que me pareció...". [Mueve las manos imitando el tono y los gestos de su madre, con evidente sarcasmo y molestia] Como que lanzas la puñalada y te haces... Odio eso, odio mucho eso.

Tomás: Sí. ¿Qué está pasando en tu cuerpo?

Pilar: Eh... no sé, me dio hasta risa. [Sonríe ligeramente, liberando tensión]

Tomás: Me encanta. Mira, vamos a movilizar más energía agresiva, ¿ya? Entonces, este es un movimiento de los brazos que tú ya conoces. Entonces vas a hacer así... [Tomás muestra con su cuerpo el movimiento de descargar energía con los brazos agitándolos hacia adelante y atrás con fuerza] Y mientras lo haces vas a sentir que con el cuerpo le expresas toda tu molestia y toda la irritación que te produce con sus estupideces. ¿Ya? Dale, varias veces. Que sea bien intenso, con todo tu cuerpo.

Pilar: [Empieza a realizar un movimiento enérgico con ambos brazos, lanzándolos hacia adelante repetidamente mientras grita con todas sus fuerzas a su mamá] ¡Odio cuando te haces la víctima!. ¡Odio cuando empiezas a hacer aseo y que nadie puede tocar nada, parece un museo y nadie puede entrar! ¡Odio cuando estás solo pendiente de los demás y te haces la loca! ¡Odio cuando hablas mal de mi papá! ¡Odio cuando me tratas con ternura después de tantos años! ¡Odio que todo el tiempo tenga en mi mente lo que me dijiste, que yo parecía una rata! [Su voz gana fuerza y ritmo, el movimiento corporal acompaña cada reclamo] ¡Odio eso, me molesta muchísimo eso! ¡Odio que me hayas tratado así por tanto tiempo! ¡Odio cuando estás con mi esposo y eres toda querida y toda bella haciéndome quedar a mí como una loca, como una mala persona! ¡Odio eso, mami!

Tomás: Eso. Y por eso a mi hijo voy a dejar de…

[En este momento de contacto, donde al fin está haciendo lo que es organísmicamente correcto —poniendo límites a la violencia de su mamá con toda su fuerza—, Pilar se ha liberado de las cadenas del patrón familiar. Por eso le pido que ahora declare cómo quiere relacionarse con su hijo de ahora en adelante, para que ella misma descubra cómo puede hacerlo de forma sana. Este momento es decisivo: Pilar está en total coherencia con sus sentimientos, en contacto absoluto con su sabiduría organísmica, y ahora puede descubrir cómo, desde esa profunda coherencia con su alma, quiere relacionarse con su hijo, libre ya de la enfermedad familiar.] 

Pilar: Y por eso a mi hijo voy a dejar de juzgarlo, voy a dejar de criticarlo, voy a dejar de estar pendiente en qué falló. Uf, creo que eso sí fue guau. [Se detiene un momento, impresionada por la conexión] Voy a estar con mi hijo, voy a acercarme de una manera diferente...

Tomás: Sí. Te devuelvo toda esta mierda, es tuya, no mía.

Pilar: [Retoma el movimiento de brazos con fuerza] ¡Te devuelvo toda esta mierda, es tuya, no mía! [Se ríe abiertamente, cruza los brazos sobre el pecho abrazándose] 

Tomás: Eso. Siente, siente tu cuerpo. Fíjate qué está pasando. Me encantó, te salió del alma. Fíjate lo que está pasando en tu cuerpo. Cuéntame qué estás sintiendo.

Pilar: Uf... [Respira profundamente y exhala] Puedo respirar… Siento como... es que no sé cómo describir. Como... ¿como cierta alegría? [Sonríe, su rostro está iluminado y relajado]

Tomás: Sí, sí. Es alegría. Es como cuando uno en vez de perder gana, ¿no? Es como la alegría de ganar un poco. O quizás como cuando te liberas del resentimiento guardado por años.

Pilar: Sí. Y me doy cuenta de que yo con el ánimo de no quedar mal y no ser tan mala hija, pues he sido más agresiva porque nunca le he dicho nada, pero con mis actitudes... O sea, fue lo mismo que hice con mi hijo. Sí, o sea, fue como que repetimos lo mismo. [Habla con claridad, procesando el insight] O sea, yo también fui muy violenta. 

Tomás: Sí, sí, sí. Siente esa alegría porque aquí te estás quitando todo eso de encima. Está buenísimo. Y gírate, gírate hacia tu hijo ahora. Y siente esa alegría, y mira a tu hijo desde este lugar. Fíjate qué te pasa al verlo a él y háblale. Lo que te den ganas de decirle. Háblale desde tu alegría…

Pilar: [Se gira hacia su izquierda, mirando al espacio donde ubicó imaginariamente a su hijo] Hijo, desde este lugar, siento como si hubiera soltado muchas cargas y siento que yo podría hacer mi propio camino. Y el camino que yo quiero hacer es contigo, desde una parte amorosa. En verdad siempre he sentido mucha admiración hacia ti. Has logrado tantas cosas... Y por mi miedo siempre te he criticado todo lo malo. Pero en realidad yo también veía las cosas buenas y también las veo. Y me siento supremamente orgullosa de ti. [La voz es dulce, llena de afecto sincero] Orgullosa de todas las cosas que tú has logrado, hijo. Y yo te amo demasiado. Eres tan importante para mí, hijo.

Tomás: Eso. Creo que eso es. ¿Qué estás sintiendo?

Pilar: No es tristeza, pero sí me dieron ganas de llorar y de abrazar a mi chinito. [Sonríe conmovida, con los ojos levemente cristalizados]

Tomás: Haz el gesto de abrazarlo. Abrázalo, sí. Siente ese abrazo…

Pilar: [Cruza los brazos sobre sí misma, abrazando imaginaria y tiernamente a su hijo mientras cierra los ojos, disfrutando el momento]

Mujer llorando abraza a un joven en un sillón; globo dice que está orgullosa de él.
Ahora que escribo el artículo caigo en la cuenta de la importancia de este orgullo que Pilar siente hacia su hijo. Ella por años se ha sentido maldecida por su madre desde que le dijo "vas a ser como una rata que todo el tiempo iba a estar en el piso". Y ahora Pilar puede decir a su hijo que está orgullosa de él, hermoso.

Tomás: Eso. Siente eso. Mientras estás en esto, yo voy a comentar algo para todo el grupo. Esto es lo que yo les explicaba hace unos días, cuando les hablaba del superyó. Cuando estamos obedientes con nuestro superyó o tirano interno, estamos en contra de nosotros y de nuestros hijos. Porque estamos aliados con el agresor. Entonces ahora que Pilar dejó de estar aliada con la agresión de su mamá, porque mandó a su mamá a freír monos al África, entonces ahora puede estar en sintonía con su hijo.

Tomás: ¿Te das cuenta, Pilar?

Pilar: Sí. [Asiente levemente, su semblante se nota mucho más relajado y tranquilo]

Tomás: Y en sintonía contigo misma también.

Pilar: Sí, se siente bien.

Tomás: Exacto. Por eso a mí me gusta decir que nosotros estamos sanos cuando estamos en sintonía con nuestros hijos. Cuando perdemos la sintonía con nuestros hijos, es porque estamos aliados con la agresión de nuestra historia. Entonces, un ser humano que está bien conectado con sus hijos, es un ser humano que está sano. Porque no es posible conectarse con los hijos si uno tiene su coraza puesta, porque los niños no tienen coraza, o al menos no una tan gruesa como la nuestra. Y nuestra enfermedad es, literalmente, nuestra coraza. Es de la única cosa que realmente estamos enfermos. Es muy importante. Yo creo que es más importante sanar la relación con los hijos que con los padres. Porque cuando sintonizamos con nuestros hijos es cuando se reparan realmente las heridas. Es decir, la única forma de conectar con nuestros hijos es quitarse la coraza, y quitarse la coraza significa dejar de autoagredirse, dejar de ser obedientes al superyó, y si te dejas de autoagredir, entonces tus heridas se disuelven ya que las heridas no provienen del pasado, sino de la agresión que tenemos hacia nosotros en el ahora. ¿Tiene sentido lo que estoy diciendo, Pilar, en este momento para ti?

Pilar: Sí, claro.

Tomás: Sí. ¿Qué estás sintiendo?

Pilar: Para mí, abrazar a mi hijo y tenerlo es tanto amor... Y también siento ese amor que él siente por mí. O sea, es súper sanador, ¿sabes? [Se abraza a sí misma nuevamente, cerrando los ojos por un instante; su expresión es de profunda ternura y conmoción]

Tomás: Eso, siéntelo. Respíralo por un rato en silencio. Démosle espacio a este amor, es muy importante. Es muy importante este amor, porque ha habido mucha energía odiosa y de resentimiento ahogando al amor. Y ahora que ya expulsaste lo que te hacía daño, el amor puede fluir con más nitidez, con más limpieza, ¿no? Siéntelo. La verdad es que hay amor. Este enredo con la energía agresiva te ha hecho creer que eres una mala persona, y no es verdad. Eres una persona amorosa, solo que no sabías qué hacer con tu enojo. ¿Tiene sentido lo que dije?

Pilar: Sí. [Su rostro refleja un profundo alivio y comprensión] Esa es la verdad.

Tomás: Y si estás enojada con tu mamá, no es porque la odies, es porque tu mamá tiene un montón de estupideces que son insoportables. [Sonríe levemente, hablando con un tono de complicidad]

Pilar: [Ríe de forma genuina y liberadora] Sí.

Tomás: Pero que te molesten sus estupideces no te convierte en mala persona; te convierte en persona normal, a mi también me molestarían esas cosas que ella hace.

Pilar: Sí, es verdad. Sí, hay que decir que es bien complicada mi mamá, hay que decirlo. Es más difícil porque es una paradoja con patas. "Ay, hija, te quiero", y al mismo tiempo sientes que te está agrediendo. Me vuelve loca. [Mueve las manos de un lado a otro ilustrando la confusión, su tono es mucho más ligero y desahogado]

Tomás: ¿Cómo te sientes en relación a ti misma al sentir al sentir el amor? ¿Cómo te ves, cómo te percibes a ti misma ahora?

Pilar: Me siento... me siento empoderada. Me siento con mucha energía. [Hace un ligero gesto de fuerza con las manos, su postura se torna erguida y segura] Como que quiero ir a llamar a mi hijo y decirle que lo amo. 

Tomás: Cuando nos quitamos al tirano interno de encima, nos quitamos al verdadero mal, al verdadero enemigo de la humanidad.

[Y recuperamos el poder, la vitalidad, el amor y las ganas de vivir… y mucho más.]

Pilar: Y es que en verdad yo sentía que era mala. Que eso no se podía hacer, era la mamá, cómo yo iba a sentir que no la quería. O sea, guau. Y para mí eso generaba muchísimo ruido. [Niega con la cabeza, asombrada por el peso de sus antiguas creencias]

Tomás: Sí. Lo peor que le podemos decir a nuestros hijos es: "Tú no te deberías enojar conmigo porque yo me he sacrificado tanto por ti". Es que con eso los ahogamos, no los dejamos ser. Si queremos ser papás decentes, tenemos que poder decirles: "Seguro que he cometido cien mil errores, y si me los quieres gritar, y si me quieres decir 'te odio' y que me muera, por favor... mínimo que me digas eso, puedo escucharte, no me voy a desarmar". Nunca vamos a ser padres perfectos, pero al menos los podemos dejar respirar, ¿no? 

Pilar: [Sonríe de manera amplia y asiente] Eso se escucha bien.

Tomás: Gracias, Pilar. Gracias ha sido hermoso.

Tiempo después de finalizar esta sesión de terapia, le compartí a Pilar el borrador de este artículo para que lo leyera. Su respuesta, enviada cinco meses después de aquel encuentro, es el testimonio vivo de cómo la consciencia sigue expandiéndose cuando hacemos un trabajo visceralmente experiencial:

"Releer el ejercicio me movilizó muchísimo. Recordaba que había marcado un hito para mí, pero repasar los detalles con tanta claridad me removió profundamente. Siento que hoy lo leo desde un lugar completamente distinto, y quizás por eso resonó con tanta fuerza. Es impresionante notar cómo ciertas dinámicas se repiten de forma inconsciente en mis distintos roles: como hija, como madre y también en mis relaciones de pareja. La parte donde se aborda lo de mi hijo me conmovió de una manera muy especial. Me impactó darme cuenta de que, más que sentir sus palabras como un ataque, hoy puedo percibir el amor profundo y la esperanza que había detrás de lo que decía. A la vez, la lectura me reflejó que hay heridas y patrones que siguen habitando en mí, con la gran diferencia de que hoy puedo observarlos y abrazarlos con mucha más consciencia que antes. Ese ha sido el gran regalo de este camino de formación y terapia: iluminar dinámicas internas que antes me eran invisibles. Aunque todavía estoy acomodando y entendiendo muchas piezas dentro de mí, confirmo que este proceso ha sido fundamental."

Conectar de Verdad con Nuestros Hijos es el Camino más Directo a la Sanación


Dos adultos frente a un laberinto gris con cadenas; una niña lee un mapa en el centro iluminado, con textos de culpa y vergüenza.

Si te has Perdido Mira a tus Hijos para Encontrarte


Suelo decir que, mejor que sanar las relaciones con nuestros padres, es sanar las relaciones con nuestros hijos. Es un camino más directo hacia la integración de la personalidad. Esto es así por dos motivos:

Primero: la historia con nuestros padres es asunto del pasado. Cerrar las situaciones inconclusas —o nuestros traumas— con nuestros padres es absolutamente necesario e ineludible para lograr la integración de la personalidad y la «sanación de las heridas». Sin embargo, cuando no incluimos a nuestros hijos en la ecuación, este trabajo queda demasiado abstracto, no aterriza ni transforma del todo nuestra realidad actual. Cuando somos adultos no vemos a nuestros padres todos los días, pero a nuestros hijos sí. Y es con ellos con quienes podemos poner en práctica, día a día, el fruto de nuestro trabajo terapéutico.

Segundo: nuestros hijos nos necesitan para crecer y desarrollarse, y son, literalmente, un pedazo de nuestra alma. ¿De qué sirve el trabajo terapéutico si no logra traducirse en una mejora para ellos, que son una parte de nosotros? Seguimos pensando de forma demasiado individual. Solo cuando logramos dejar nuestra coraza por completo y así conectar con nuestros hijos, el círculo de la salud se completa, porque ya no seguimos repitiendo las disfunciones del pasado. Nuestra alma solo puede respirar libre de su historia cuando dejamos de repetirla en el día a día con ellos. No basta con averiguar qué fue lo que anduvo mal con nuestros padres; nuestro dolor solo va a terminar si dejamos de hacer lo mismo con nuestros hijos en el laboratorio de la vida cotidiana: en la cocina, en el camino al colegio e, incluso, mientras pensamos en ellos. Lo que les hacemos sin darnos cuenta nos lo seguimos haciendo a nosotros mismos, porque ellos y nosotros somos una parte del mismo ser, del mismo corazón.

Para que este milagro tenga lugar, lo primero es que tú te conectes contigo mismo. No se puede tener una conexión verdadera y profunda con otra persona si primero no puedes hacer esto contigo. Suena a cliché, pero es la verdad. Cuando no hemos logrado esto, en el mejor de los casos, lo que llamamos «conexión» con nuestros hijos es una simple actuación. Una falsificación defensiva del ego. Y esto nos daña a todos sin importar lo bella que parezca la obra.

Para conectar con un niño se requiere tener una conexión totalmente radical con uno mismo porque ellos, mientras más pequeños son, menos coraza tienen: ellos son vísceras, sangre, dientes, pasión, amor total, odio desenfrenado, ternura radical y espíritu transparente. Un ser humano sin coraza es capaz de vivir toda la gama posible de experiencias humanas, animales y espirituales: es un ser entero. Tus hijos están enteros, pero tú, con tu coraza, estás cercenado en varias partes. ¿Cómo puede haber conexión real y total entre un ser humano plenamente vivo y otro que ha renunciado a su naturaleza y se ha robotizado?

El ego, la sombra y las corazas en el vínculo

Nuestro ego o coraza es un filtro que decide qué partes de ti pueden respirar y qué partes deben desaparecer. En psicología decimos que las partes prohibidas de la personalidad se envían a la sombra. Imagina la sombra como una mazmorra en donde están prisioneras y humilladas todas estas partes de tu ser. ¿Tienes prohibido enojarte? En la mazmorra está tu enojo. ¿Tienes prohibido ser débil? En la mazmorra está tu vulnerabilidad. Y así sucesivamente.

Por supuesto que los adultos casi no tenemos consciencia de eso que está en nuestra mazmorra. Padecemos de inconsciencia patológica; Freud lo descubrió a principios del siglo XX cuando comenzó a decir que las personas, en realidad, no son tan dueñas de sí mismas como creen, sino que su inconsciente las gobierna desde las sombras.

Los niños, mientras más pequeños son, tienen una mazmorra más pequeña; es decir, más partes de su ser son libres, respiran y se expresan sin ataduras. De modo que, lo sepas o no, cada vez que tu hijo exhibe una parte de su ser que se parece a una parte de tu ser que has enviado a tu mazmorra, de algún modo (normalmente inconsciente en los padres que tienen la intención de ser buenos padres), lo agredes. Si tú agredes a esa parte de ti que es vulnerable, cuando tu hijo se muestre así, también harás lo mismo con él. No importa si has leído muchos libros o eres terapeuta y piensas que hay que aceptar a los niños como son... de algún modo lo vas a castigar.

Y no solo eso: esas partes de tu hijo que no puedes aceptar —porque se parecen a las tuyas que no aceptas— tampoco las vas a comprender; será como si él o ella fuese un alienígena imposible de descifrar. Solo podemos comprender aquello que podemos ser. Este es uno de los motivos por los cuales los padres y las madres les dan tantas peroratas a sus hijos: es para intentar que se vuelvan menos extraños y más comprensibles. Les hacemos esto para que entiendan que lo más importante en la vida es enviar a la sombra a los mismos personajes que nosotros hemos enviado a la nuestra. Y lo hacemos con la mejor de las intenciones: nosotros nos sentimos seguros con nuestros mecanismos de defensa y queremos que ellos también lo estén. El costo lo pagan los niños perdiendo la capacidad de comprenderse a sí mismos y de vivir de acuerdo con su esencia.

Si no has hecho el trabajo radical y visceral de recuperar esas partes de ti que has enviado a la mazmorra, no importa qué tan buenas intenciones tengas o las técnicas de crianza respetuosa que conozcas. Cuando ellos tengan que lidiar con su furia, su miedo o su tristeza con la que tú no puedes lidiar, entonces los dejarás solos, los rechazarás, los juzgarás o los humillarás, aun cuando creas honestamente que no lo estás haciendo. Y no solo eso, al mismo tiempo te harás daño a ti mismo. Es impresionante ver cómo los adultos se vuelven capaces de superar los conflictos más profundos de su vida cuando se conectan con sus hijos.

Pronto vas a comprender mucho mejor lo que acabo de explicar, especialmente con las dos transcripciones que he hecho de sesiones terapéuticas con mis alumnas de Gestalt, en donde les he ayudado a conectar con sus hijos.

Mi ¡Eureka!; una Experiencia Personal

Llegué a este entendimiento después de una sesión de terapia con mi terapeuta Ben, en la cual hicimos un trabajo intensísimo con mi agresión. En medio de la sesión, poco a poco fui haciendo contacto con la necesidad de defenderme de diversos agresores. De pronto sentí que yo era una cobra negra que los quería matar a todos. Ben me invitó a atacar a las personas de mi imaginación y entré en una fantasía muy vívida en la que yo mataba a todos los habitantes de un pueblo, mordiéndolos y envenenándolos.

En algún punto del trabajo, en el cual yo ya había matado a niños, mujeres y adultos, a familias enteras, comencé a asustarme porque creí que me estaba convirtiendo en un asesino en serie y pensaba: «Tal vez soy el peor psicópata del universo, porque a pesar de todas las personas que he matado, todavía tengo ganas de seguir haciéndolo». Yo esperaba que mi terapeuta me dijera: «No, detente, ya fue suficiente». Pero, en lugar de eso, me decía: «Sigue, sigue, ¿a quién más quieres matar? ¡Hazlo!». Yo pensaba: «No, por favor, ¡detenme, me vas a convertir en un psicópata!». Pero él siguió alentándome a descargar toda mi furia asesina.

De pronto, espontáneamente, el impulso de matar cesó, no porque me estuviera conteniendo, sino porque en la fantasía ya había terminado de matarlos a todos. No quedaba nadie. Fue la primera vez en muchos años que no sentí ansiedad. Hasta ese momento de mi vida, nunca había sentido una paz tan profunda. Al fin había reclamado mi derecho a existir. Era una mezcla de paz, placer y poder. Fue hermoso.

Al día siguiente mi hija se enojó conmigo. Estábamos jugando, la interrumpí torpemente en su juego y se enfureció (y tenía toda la razón, por cierto). Comenzó a gritarme: «¡Muérete! ¡Quiero que te mueras!». Fue la primera vez que sentí tanto placer al verla gritándome. Todo mi cuerpo lo disfrutaba y me sentía profundamente feliz de que ella defendiera su existencia frente a mi interrupción inadecuada e innecesaria. Cuando ella vio que en mí no había rastro de defensividad, que asumí mi torpeza y sentí placer al verla libre, se calmó rápidamente y siguió jugando.

Yo la miraba, agradecido de que ella se sintiera tan segura conmigo que podía gritarme que me muriera. No estaba solo escuchando su enojo, estaba disfrutándolo. Ahí comprendí que esa fue la primera vez en mi vida que le di permiso a mi hija de enojarse —toda la vida yo he tenido grandes dificultades para enojarme, lo cual me costó casi 20 años de depresión y muchas otras consecuencias bastante nefastas—. En ese momento vi con nitidez que todas las otras veces que ella se había enojado conmigo, yo me tensaba. Por un motivo muy sencillo: la expresión de la agresión es algo que yo tenía muy guardado en la sombra.

En caso de que alguien piense que está mal dejar que los niños se expresen así, debo decir que mi hija, hoy a los 11 años, es una de las personas con mayor capacidad de empatía y respeto que conozco. No la hemos convertido en psicópata, todo lo contrario. Cuando tienes la experiencia de ser realmente escuchado y sentido, desarrollas la capacidad de hacer lo mismo con otros. Hacemos a los otros lo mismo que nuestros padres nos hicieron en la infancia; y esto funciona con precisión matemática. A la inversa, si les gritas a tus hijos para que se comporten, aprenderán a gritar a otros... se volverá evidente cuando leas la transcripción de las sesiones de terapia Gestalt que tuvimos con mis alumnas.

A pesar de que yo soy terapeuta y conscientemente siempre he dicho «por supuesto, los niños tienen que expresarse y tienen derecho a sentirse enfadados», cada vez que ella se había enojado conmigo, todo mi cuerpo siempre le había dicho a través de esa sutil tensión: «hija, no debes enojarte». Y los niños aprenden de cómo nos sentimos, no de lo que declaramos verbalmente.

Deberíamos dejar de creer que no se dan cuenta de lo que nos pasa; de hecho, lo perciben mejor que nosotros mismos. No es verdad que se puede engañar a los niños; cuando creemos que son estúpidos, les estamos diciendo que, en realidad, como personas no son válidos. Es posible que no puedan comprender secuencias complejas de ideas, pero perciben con total claridad lo que los otros sienten. Nos contamos la mentira de que ellos no entienden para que no nos duela darnos cuenta de que nos duele hacerles daño. Si nos diéramos cuenta nos detendríamos... y, bueno, para esto sirve la Terapia Gestalt, para darse cuenta de cómo uno se siente.

Mientras tenemos la coraza puesta, cercenamos a nuestros hijos. Si logramos conectar con nuestros hijos, es porque en ese momento nuestra coraza no se está interponiendo. Por eso es que esto nos sana. Nuestra coraza está, literalmente, hecha de la batalla que tenemos con esas partes de nosotros que enviamos a la sombra y de la obligación de comportarnos como si eso que está en la sombra no existiera en realidad. Vivimos atrapados entre lo que está prohibido ser y lo que se debiese ser.

Cuando nos quitamos todo esto de encima, nosotros y nuestros hijos podemos ser lo que somos. Esto cambia todo el destino trágico que hemos heredado de nuestros padres.

El Superyó (o el perro de arriba) y cómo se transmite el destino trágico familiar

¿Cómo se reproduce entonces la maldición familiar que vemos repetirse generación tras generación? Mi impresión es que el eslabón principal que hace que esta maldición se reproduzca no es el ADN, es el superyó o, como se le llama en Terapia Gestalt, «el perro de arriba».

El superyó es lo que le da estructura a la personalidad. ¿Y qué significa esto? Significa que es el superyó el que decide qué cosas quedan en la sombra y qué cosas se pueden permitir; define qué puede formar parte de tu personalidad y qué cosas deberías tirar a la basura. Es el código penal que estipula qué partes de tu ser pueden ser libres y cuáles deben ser encerradas en la mazmorra. Esto da forma también a las maniobras defensivas que debes sostener para que los presos no escapen.

¿Has notado al crítico que llevas dentro que evalúa constantemente si lo que piensas, sientes, deseas y haces está bien o está mal? Por supuesto que hace lo mismo con los demás. Este es el superyó. Cuando piensas, sientes, deseas y haces en conformidad con sus reglas, te sientes inocente y tienes la ilusión de estar seguro; pero si no logras estar a la altura de estos estándares sientes miedo, vergüenza o culpa, porque se encarga de castigarte y condenarte para que vuelvas a meter en la mazmorra eso que escapó a su vigilancia.

Y, aunque sus leyes parecen razonables, no lo son. Tenemos terror a sus castigos y estamos siempre dispuestos a obedecer, aun cuando en la realidad no nos convenga hacerlo o incluso nos haga daño. Es, literalmente, un mecanismo de autoagresión. Es el eslabón que hace que la violencia se herede generación tras generación.

Cuando somos niños, sentimos al superyó de nuestros padres y nos damos perfecta cuenta de que a quien tenemos que agradar no es a nuestros padres, sino a su superyó. Nuestros padres pueden muchas veces comportarse de modo mucho más razonable y amable con nosotros que su superyó. Pero le tienen miedo a su superyó y por eso, nosotros que somos niños y miramos a nuestros padres para orientarnos en el mundo, aprendemos que también debemos tenerle miedo.

Por ejemplo, podríamos encontrar a un padre tremendamente educado, un doctor, un ingeniero, un gran terapeuta con cincuenta posdoctorados, que ha logrado llegar ahí gracias a sus propios niveles de autoexigencia cósmicos impuestos por su superyó, pero que a sus hijos les dice: «Hijo, no importa si no eres el mejor de tu clase». Y nadie entiende por qué, a pesar de eso, ellos siguen obsesionados con ser el mejor. Posiblemente este padre leyó en un libro de crianza que es bueno no exigir a los hijos, entonces desde su discurso consciente no te exige... ¡porque él tiene que ser el padre perfecto! Te dice que no te exijas precisamente porque obedece a su crítico exigente, y tú, que no tienes un pelo de estúpido, sabes a quién obedecer: a su superyó.

Estamos biológicamente programados para esto cuando somos niños. Sabemos por instinto que hay que temer a eso que nuestros padres temen, a eso que es más grande y poderoso que ellos mismos: a ese superyó transgeneracional que también exigió a nuestros abuelos y a los padres de nuestros abuelos. Así es como la maldición familiar, disfrazada de virtud, viaja generación tras generación contagiándonos con sus patologías.

Si tu mamá te dice «vístete como tú quieras», pero ella misma no se permite salir a la calle sin maquillaje, tú ya sabes que no puedes salir sin maquillaje. Y si salieras a la calle sin maquillaje, lo harías sintiéndote mal contigo mismo —criticándote con la misma dureza con la que tu madre lo hace con ella misma—. No hará ninguna diferencia que tu mamá te declare su amor incondicional todas las mañanas. Va a ser muy confuso, porque vas a sentir que ella te dice una cosa pero tú sientes que hay algo malo en ti, y sus palabras dulces no te permiten ver que el origen del malestar viene, paradójicamente, de ella.

Frente al superyó de nuestros padres tenemos dos posibilidades: obedecer o rebelarnos. Si perteneces al grupo de los niños obedientes, te vas a parecer mucho a alguno de ellos... o a los dos. Si te rebelas, vas a sentir sus miradas de desprecio y desaprobación. Te dirán, verbal o no verbalmente: «Tú eres la oveja negra. Deberías ser como tu hermana». Ser del grupo de las ovejas negras —que podría parecer una dolorosa ventaja— no nos asegura nada. A menudo los rebeldes, en su empecinamiento por no ser como sus padres, hacen lo opuesto a ellos, lo cual no significa necesariamente que tengan la libertad de ser lo que realmente son. El problema con la rebeldía es que muchas veces es un intento desesperado por diferenciarse que termina en una suerte de autoimposición negativa, donde en lugar de hacer y ser lo que realmente eres, simplemente eres lo opuesto a otro. Es una pseudolibertad que muchas veces acaba siendo autodestructiva.

Cómo Sanar Heridas de Infancia para Criar Desmantelando al Superyó con la Técnica de la Silla Vacía

Entonces, la única forma de sanar heridas de infancia para criar a nuestros hijos y liberarnos a todos de esta locura familiar que viaja a través de generaciones es trabajar con su estructura: el superyó. Para explicar con detalle cómo se trabaja con el superyó, escribiré un largo capítulo en el futuro. En este artículo quiero mostrar una forma de trabajar con la silla vacía que se me ocurrió cuando intentaba ayudar a una alumna a comprender por qué su hija de 3 años hacía tantos berrinches. Obviamente, descubrimos que su superyó no le permitía entenderla. Y cuando lo hizo, pudo atender fácilmente las necesidades legítimas que su hija tenía y los berrinches pasaron. Tuvimos éxito.

Esta forma de usar la silla vacía permite descubrir con una precisión asombrosa qué disfunción aprendida de nuestros padres estamos repitiendo con nuestros hijos. Por supuesto, un cambio profundo no se logra con la aplicación de una técnica una vez en la vida. Sin embargo, esta forma de trabajo permite hacer un diagnóstico tan preciso, y al mismo tiempo encontrar salidas al problema tan hermosas y liberadoras para nosotros y nuestros hijos, que siento que es una joya que tengo el deber de compartir con el mundo.

El único requisito para poder hacerlo es que la persona con la que vamos a trabajar tenga hijos. Para los que no tienen hijos, no se preocupen, hay muchas formas de hacer este trabajo, esta es solo una de muchas posibles. De todos modos, recomiendo encarecidamente a las personas tener hijos; ellos son la oportunidad de avanzar en la evolución de la consciencia, ¿por qué privar al universo de esta posibilidad? Nunca he visto a otro terapeuta hacer algo similar a lo que presentaré aquí.

La técnica consiste, básicamente, en armar un ejercicio de la silla vacía con tres personajes: en una silla representaremos a nuestro hijo o hija, en otra silla te representarás a ti, y en la tercera vamos a representar a nuestra madre o a nuestro padre. Y por supuesto que podremos hacer el ejercicio muchas veces con distintos hijos, con nuestra mamá, nuestro papá e incluso una abuela o un abuelo. Siempre hay mucho más por explorar de lo que imaginamos. Y mientras más veces lo hacemos, más poderosa y profunda es nuestra transformación.

Lo primero que hacemos es representar a nuestro hijo o hija y, mientras somos él o ella, le hablamos a nuestra madre o padre (nosotros sentados imaginariamente en la silla que está al frente) y nos decimos todo lo que no nos gusta de esta relación. ¿Por qué hacemos esto? Porque nuestros hijos siempre tienen guardadas muchas palabras que han tenido que tragar porque deben obedecer a nuestro superyó. Cuando les dejamos sacar la voz, lo comienzan a desmantelar con una eficacia que rara vez veo en otras sesiones de terapia. Nuestros hijos, como son más flexibles y no tienen esas corazas, se dan cuenta rápidamente de cuál es nuestro problema y nuestra enfermedad, y la pueden denunciar con mucha precisión y contundencia. Lo más hermoso de este trabajo es que al hacer esto no solo te pones en los zapatos de tu hijo y al fin puedes comprenderlo, sino también en los zapatos de tu propio niño interno. Le empiezas a dar poder a ese niño interno que ha estado aplastado bajo los mandatos del superyó durante toda la vida.

Una vez que nuestro hijo ha hecho, a través de nuestra propia voz, todos sus descargos, te sientas en tu silla y escuchas a tu hijo. Mantendremos un pequeño diálogo y dejaremos que se desarrolle. En este punto, como terapeuta, se me hace muy nítido a través de qué mecanismos esa madre o padre evitan conectar con sus hijos. Y nosotros como terapeutas vamos a ayudar a que el niño sea escuchado.

Sin embargo, hasta ahora, en este punto del trabajo, no he visto nunca a una madre o padre ser capaces de escuchar realmente. Creen que lo hacen, pero no. Para eso necesitamos dar otro paso: pediremos a la persona que ahora se enfrente a su propia madre o padre y, como si ahora fuese él mismo cuando fue niño, les haga los descargos a ellos. Aquí es cuando ocurre lo que yo llamo el «milagro volador de sesos»: en el 95% de los casos, te das cuenta de que las quejas que la persona tiene hacia su mamá o su papá son, literalmente, las mismas que tenía su hijo con ella... con muy, pero muy pocas variaciones sustanciales. ¡Pero, a pesar de la obviedad, la persona no se da cuenta! De modo que yo le ayudo a la persona a ver todas las similitudes. Aquí, la repetición de los patrones ancestrales se vuelve tan brutalmente obvia que nadie puede no darse cuenta de la verdad. Y entonces comienza a suceder la liberación.

Insisto y ayudo a esta madre a hacer todos los descargos posibles con su padre o su madre, lo cual equivale a ayudar a la persona a dar voz a su propio niño interno que fue silenciado bajo la violencia del superyó de sus padres. Esto equivale a removerse la coraza del cuerpo. Cuando este proceso se completa, ahora la persona está en condiciones de conectar con sus hijos. El último paso es volver a tener un diálogo con el hijo o hija, ahora sin la coraza puesta. Esta parte del trabajo es tan dulce, visceral y amorosa que es casi imposible no llorar de emoción. De hecho, cada vez que leo las transcripciones y llego a este punto, los ojos se me humedecen. Hay pocas cosas más conmovedoras que ver a alguien recuperar su humanidad.


Tatiana: Del Autoritarismo y el Terror a Mamá al Derecho a Jugar, Expresarse, Ser Niño y Mostrarse


Este artículo continúa en la segunda parte.


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