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Despertar de la Consciencia y el Florecimiento del Corazón

Tú Puedes Terminar con la Maldición Familiar: Sanar Heridas de Infancia para Criar Conectando con tus Hijos [Segunda Parte]

¿Sientes que repites con tus hijos las heridas que te marcaron? A menudo, nuestro pasado actúa como un laberinto invisible de moldes y mandatos que nos impide conectar.

En este artículo, desde la mirada de la terapia Gestalt, te invito a descubrir cómo se puede sanar heridas de infancia y deshacer la maldición familiar conectando con tus hijos: El camino más directo para que tu crianza sea un espacio libre y sano.


Con profundo amor, dirigido a Padres, Madres y Terapeutas.


**Si no leíste la primera parte de este artículo, puedes hacerlo dando click aquí.**

Tatiana: Del Autoritarismo y el Terror a Mamá al Derecho a Jugar, Expresarse, Ser Niño y Mostrarse

Dos mujeres enfadadas tras un cristal roto; una señala y grita ¡BAÑATE! ¡LIMPIA! ¡TAREAS! ¡RÁPIDO! con una tablet de juego.

Tatiana: [Se cubre la boca con la mano, ríe nerviosamente y baja la mirada, pensativa] Me gustaría trabajar con mi hijo. Eric Junior es como muy pequeñito. Siento como que no lo conozco. Tiene diez. [Su tono de voz se vuelve más suave, ladea la cabeza] Lo veo muy pequeñito. [Niega con la cabeza, parpadea rápidamente] Ay, no sé, creo que no lo voy a saber hacer bien esto...

Tomás: A ver, espera. Tienes un hijo hace diez años, te deben pasar mil cosas con tu hijo, ¿no? 

Tatiana: [Se ríe nerviosamente, intentando contener el llanto] Yo creo que es un niño al que no le he prestado mucha atención. He estado muy envuelta en Laura. [Hace un gesto con las manos para equilibrar un peso imaginario] Y él ha estado ahí como expectante, sin llamar mucho la atención, sin crear problemas. Me gustaría conectar más con él. Siento que no lo conozco. No sé si es porque es chico y yo soy chica, o... no sé.

Tomás: Ya me puedo ir haciendo la idea de que esto de verlo chico es como una forma de no verlo. [Refuerza la idea con las manos] Es como si le pusieras un rótulo: "ah, él es chico, no existe". No sé si tiene sentido, no sé si tienes una sensación así.

[Es una característica bastante típica de los escenarios autoritarios ver a los niños como si no fueran personas. Muchos adultos tratan a sus hijos como personas menos válidas que ellos mismos porque «son niños». Esta es una forma muy efectiva de cerrarles la boca para que no se sientan en el derecho de expresarse. Y aquí indago para ver si Tatiana se siente aludida. Yo todavía no estoy seguro de que esto sea así; sin embargo, el desarrollo del trabajo acaba dándome la razón. ]

Tatiana: [Pone la mano en su pecho, enfatizando] No, yo no lo siento como que no existe, porque yo siento necesidad de verlo. Siento que Laura ha necesitado tanto y se me hace extraño que él no necesite mucho. Siento que estoy haciendo algo mal porque él no necesita tanto. Tenemos una simbiosis muy intensa con Laura.

Tomás: [Asiente] Ajá. Me imagino que ella es intensa como tú también, ¿no?

Tatiana: Sí.

Tomás: Y a lo mejor ella expresa mucho lo que le pasa, entonces te demanda harto. En cambio tu hijo parece que es como que dijera "bueno, es tanta la intensidad que no tengo mucho que decir aquí", y se retrae.

Tatiana: Sí, exacto, es eso [asiente con la cabeza]. Entonces, cuando yo sé que a él le pasa algo, porque a veces hace comentarios pasivo-agresivos, muy cortitos, muy "pim" [hace un chasquido o gesto rápido con la mano], es muy bueno para hablar sarcásticamente, que supongo que lo ha sacado de mí [sonríe levemente y se lleva la mano al pecho]. Pero cuando él dice algo, así sea pequeñito, yo me giro y quiero que me siga diciendo más. Por ejemplo, se le acaba el tiempo de jugar en la tablet. Entonces él en vez de decirme "mamá, ¿me pones más tiempo?", él diría: "Ay, claro, ya se me acabó porque llegué muy tarde porque hoy tuve fútbol". Pero lo dice así, calladito y solo como para él, como al aire. Lo escucho y siento esa necesidad de hablar con él y que me lo pida. Le digo: "¿Qué dijiste?". Y él: "Nada". Entonces yo le digo: "No, mi amor, dime qué dijiste". "No, pues que la tablet...", no sé qué. Y yo le digo: "Mi amor, si necesitas algo, dímelo. Si tú me dices: 'mamá mira, necesito esto', o 'tengo esta necesidad', yo bien te digo sí, o bien te digo no, pero hablamos". Y él, "No, bueno, da igual, da igual".

Tomás: ¿Cómo te sientes con que te pida tan poco?

Tatiana: Siento que lo tengo abandonado, olvidado, no lo he visto, no le he dado atención [baja la mirada con expresión de tristeza].

Tomás: Sientes culpa.

Tatiana: Claro [asiente con firmeza].

Tomás: Me da la impresión de que también te sientes triste.

Tatiana: Claro, porque siento que no le doy lo que debería pedir... ay, no sé [expresión de confusión y leve angustia].

Tomás: Te gustaría poder darle más, ¿no?

Tatiana: Me gustaría que fuera más equilibrado, porque sé que a Laura le doy mucho y a él le he dado poco [junta las manos en el regazo, mirada reflexiva].

Tomás: ¿Cómo lo sientes a él cuando mira de lejos como interactúas con Laura?

Tatiana: Yo siento como que él también tiene mucho que decir, pero no lo dice [se lleva la mano al pecho].

Tomás: Ah, ya, como que estuviera contenido, conteniendo...

Tatiana: Yo siento que él se contiene mucho.

Tomás: Y parece que ustedes sí se desbordan mucho. Es que es como un clásico, que cuando hay algunos que se desbordan mucho, hay otros que dicen "bueno, me tengo que contener mucho". Se genera una polaridad.

Tatiana: Sí, él se contiene mucho, no se queja... Para que él se queje yo le tengo que dar mucho espacio. Y entonces hablo, y hablo, y hablo, invitándolo a que me diga qué le pasa y al cabo de un rato, de pronto sí me habla y me cuenta la sospecha que yo tenía, que está triste o molesto o lo que sea.

Tomás: ¿Qué edad tiene Laura?

Tatiana: 16.

Tomás: Ya. Veamos qué descubrimos. ¿Cómo se llama tu hijo?

Tatiana: Eric.

Tomás: Eric. Ya, conozcamos a Eric, ¿te parece?

Tatiana: [ríe nerviosamente, se frota la cara] No... no, pero sí. Sí, pero es que no sé qué voy a hacer. Es que ya te digo, no lo conozco. Ay, qué mal, ¿cierto? [se lleva la mano a la frente con expresión de agobio].

Tomás: Te aseguro que sabes más de tu hijo de lo que tú imaginas. Vas a tener tres lugares para sentarte, ¿ya? En uno va a estar Eric, en otro tú, y en otro después, va a estar tu mamá.

Tatiana: [se levanta y se sienta en otra silla].

Tomás: Imagínate que eres Eric. Busca una postura corporal que te ayude a se- ntir que entras en su energía, en su forma de ser.

Tatiana: [se sienta en la silla destinada a Eric. Entrelaza las manos en el regazo, adopta una postura más rígida y contenida, baja la mirada y cierra los ojos, entrando en el rol].

Tomás: Cuéntanos, Eric, todo lo que puedas sobre ti. 

[Tatiana, con su lenguaje corporal, lo dice todo: Eric es un niño que está completamente replegado sobre sí mismo. Mi impresión es que su expresión está paralizada, se siente impotente y se defiende de esto intentando hacerse creer a sí mismo que en realidad no le importa. Esto se llama resignación. Asumo que tendré que tomarme mucho tiempo entrevistando a Eric para llegar a sus emociones. Así que me preparo para escucharlo con toda la compasión posible para que pueda abrir su corazón. En realidad, ya estoy sintiendo ternura hacia ese niño, me parece de inmediato que es un tipo genial. Internamente hago una alianza con él, algo así como una alianza de hombre a hombre en medio de tantas mujeres. Siento que de ese modo podré llegar a él.]

Tatiana (como Eric): [Largo silencio de aproximadamente 18 segundos. Tatiana mantiene la postura quieta y contenida.] ¿Cómo es ser yo? ¿Tengo que decir cómo es ser yo? Tengo 10 años. Vivo con mi mamá y con mi hermana. Y... voy al cole todos los días. Los fines de semana no voy al cole, pero mi mamá siempre quiere hacer cosas. Yo siempre quiero estar en la casa, pero ella quiere salir. Y como a mí nadie me cuida, entonces yo tengo que salir... a donde vaya mi mamá, tengo que ir yo [habla con un tono de voz notablemente más suave y monótono, frotándose las manos levemente].

Tomás: Suenas fastidiado con eso a pesar que no sea evidente.

Tatiana (como Eric): Sí [sonríe de forma muy leve y sutil].

Tomás: Cuéntame más qué te fastidia.

Tatiana (como Eric): Que Laura y la mamá siempre toman las decisiones. Siempre mandan. Todo el mundo manda [el tono refleja cierta resignación]. Yo solo quiero estar aquí. Quiero estar aquí en la casa, tranquilo, jugando al Brawl Stars, o leyendo [hace movimientos pequeños y limitados con las manos]. Y Laura y la mamá siempre están hablando.

Tomás: ¿Cómo hablan entre ellas?

Tatiana (como Eric): Empiezan a hablar y luego empiezan a gritar y luego se ríen. Luego hablan, luego gritan, se ríen.

Tomás: Y cuando gritan, ¿es porque se pelean, se enojan entre ellas?

Tatiana (como Eric): A veces sí. [Mirando hacia abajo, con los hombros ligeramente caídos y postura encorvada, habla con voz desanimada] Laura es muy pesada.

Tomás: ¿Con tu mamá?

Tatiana (Como Eric): [Levanta levemente la mirada, con expresión de hastío] Laura es muy pesada y quiere hablar todo el rato... y hablan, y hablan, y hablan... y yo ya ni las escucho. [Vuelve a bajar la mirada, acomodándose en la silla]

Tomás: Como que siempre están entre ellas prestándose mucha atención, hablándose, sintiendo muchas cosas entre ellas, como algo así como bien intenso, ¿no?

Tatiana (Como Eric): [Mirada baja, voz apagada] Sí.

Tomás: [Tono directivo pero suave] Fíjate en tu postura corporal y cuéntame qué emoción es esa que estás sintiendo. A mí me suena como a resignación o algo así.

Tatiana (Como Eric): [Se encoge un poco de hombros] Sí... no tengo nada que decir.

Tomás: [Tono de confrontación suave] Tengo mis dudas de que no tengas nada que decir.

Tatiana (Como Eric): [Con ligera frustración] Es que da igual. Si digo algo, da igual, porque ellas siempre están hablando.

Tomás: [Aclarando y reflejando el discurso] O sea, no es que no tengas nada que decir, es que sientes que da igual lo que digas.

Tatiana (Como Eric): [Tono de derrota] Sí, ¿para qué?

Tomás: [Tono empático, elaborando el significado de la emoción] Claro, por eso te dije que me da la impresión de que lo que sientes es algo así como resignación, o impotencia. Como que no importa lo que hagas, total igual no tiene ningún efecto, ¿no? Da igual si el fin de semana te quieres quedar en la casa, igual salen. No importa si quieres que dejen de hablar o te tomen en cuenta, igual no lo van a hacer porque están tan enganchadas en su dinámica que... da igual.

[Esta es una clásica intervención rogeriana: simplemente describir a la persona lo que me ha descrito para ayudarle a darse cuenta de su propia vivencia. Poco a poco voy sintiendo cómo el corazón de Eric comienza a despertar. Siento mucha ternura hacia él. Y me encantaría verlo hacer un escándalo y gritarles a todos. Para conectar con las personas me doy mucho permiso de sentir lo que me gustaría que ellos hicieran, lo que mi propio cuerpo siente que sería placentero hacer. Así que me dejo guiar por este deseo y sigo conversando con Eric.]

Tatiana (Como Eric): [Asiente con la cabeza] Sí. Y además, cuando no es Laura, es la mamá o el papá, y todos deciden y yo solamente tengo que ir donde ellos digan. Yo hago lo que ellos digan.

Tomás: ¿Tu papá vive con ustedes también?

Tatiana (Como Eric): [Niega con la cabeza] No. Pero encima el papá ni vive aquí y cree que manda más.

Tomás: Parece que eso tampoco te gusta. Cuéntame un poco más... ¿Qué es lo que no te gusta de que tu papá crea que manda más?

Tatiana (Como Eric): [Con tono de queja, moviendo las manos] Porque él no vive aquí. Él solo habla también; habla, habla, habla... y quiere que yo vaya al fútbol. Y yo no quiero ir al fútbol, pero no importa. O si no, me quiere llevar a la iglesia, pero yo no quiero ir a la iglesia tampoco. O me quiere llevar a su casa y llego tarde a mi casa y ya no puedo ver la tablet... pero no importa nada porque no… [Se detiene, la respiración se agita levemente, cambia el tono a uno más intenso] Tengo mucha rabia, siento mucha rabia.

Tomás: [Con firmeza] Sí. Toda la razón. Yo también me sentiría así. ¿Qué es lo que te da mucha rabia?

[Comienzo a sentirme activado y me da mucho placer que Eric esté enojado. Con toda mi fuerza lo acompaño.]

Tatiana (Como Eric): [Hablando más rápido, gesticulando con indignación] Que todos hacen lo que quieren y yo no puedo hacer lo que yo quiera. Nadie me escucha, nadie me escucha... da igual.

Tomás: [Reflejando el sentimiento central] Es injusto.

Tatiana (Como Eric): [Voz triste pero firme] Es injusto, sí... Es injusto. Nadie me pregunta nada.

Tomás: Y parece que tú nunca explotas, ¿no? O sea, me cuesta imaginarte haciendo un ataque de furia y diciéndoles que son todos unos malditos. Parece que más bien te quedas resignado y te refugias en tus libros o en tu tablet, ¿algo así?

Tatiana (Como Eric): [Asiente] Sí.

Tomás: Por lo menos con tu tablet y tus libros no te enojas.

Tatiana (Como Eric): Pero tampoco me puedo enojar con la tablet.

Tomás: [Con curiosidad] ¿Ah, no? ¿Por qué?

Tatiana (Como Eric): Porque si me enojo con la tablet, mi mamá me regaña y no me deja jugar.

Tomás: O sea, sí te enojas con la tablet, pero no tienes permiso para enojarte con la tablet.

Tatiana (Como Eric): No, porque cuando me enfado porque pierdo, mi mamá me mira y me regaña, entonces no me deja jugar. Entonces no me enfado... no me enfado.

Tomás: [Tono comprensivo] Eso se siente más injusto todavía, ¿no? Por último que te dejen enfadarte con la tablet. [Tras un breve silencio reflexivo] Da la impresión de que son todos muy directivos. Todos te dan órdenes... Tu mamá te da órdenes, tu hermana te da órdenes, tu papá te da órdenes.

Tatiana (Como Eric): [Frustrado, haciendo ademanes con las manos] Todos, todos, todos. En el cole, la yaya... todo el mundo, todo el mundo. [Cambia de tema bruscamente, mirando hacia sus piernas] Hoy me caí. [Voz infantil y quejumbrosa] Y me dolía la rodilla. Le dije al profesor de fútbol que me dolía la rodilla y no me escuchó. Y tuve que jugar, y jugué todo el partido y me duele mucho la rodilla ahora.

Tomás: [Tono suave, conectando los patrones relacionales] Claro. Parece que nadie te escucha. Tú te has resignado a que nadie te escuche y como que se te quedó la voz metida ahí adentro, y cuando hablas tampoco te escuchan porque parece que tampoco hablas muy fuerte. [Cambiando el foco al aquí y ahora, bajando el ritmo] ¿Qué estás sintiendo ahora, Eric?

Tatiana (Como Eric): [Mirando sus manos, comienza a frotarse y rascarse los dedos con evidente ansiedad] Me estoy... me estoy arrancando las uñas.

Tomás: [Directivo pero acogedor, validando la fenomenología] Eso. Ponle atención. Siente, siente y cuéntame más. Te estás arrancando las uñas. Cuéntame... ¿Cómo se siente arrancarte las uñas?

Tatiana (Como Eric): [Se lleva las manos a la cara, cubriéndose los ojos, con voz ahogada y angustiada] Y mi mamá me va a regañar porque me arranco las uñas… Como que está mal. Y no me puse la crema, nunca me pongo la crema, se me olvida, y me pica y me arranco la piel. Y mi mamá siempre me pone la crema, pero yo... yo no me pongo la crema.

Tomás: [Validando a través de la auto-revelación terapéutica] Sí. Entre nosotros, Eric, yo siempre he odiado las cremas. Pero parece que no tienes derecho a odiar las cremas tampoco, ¿no? Y creo que las odias, igual que yo.

Tomás: [Preparando el encuadre para un experimento gestáltico de la silla vacía] Dale. Entonces ahí al frente está tu mamá. Te invito a que le digas cuánto odias la maldita crema, cómo te hace sentir que te mire con esa cara si te haces eso en las uñas, y que te enfada que te esté dando órdenes todo el rato. Cuéntale todo esto a tu mamá.

Tatiana (como Eric): [Mirando hacia la silla vacía que representa a su madre, frunciendo levemente el ceño y con tono de queja] Es que siempre me hablan como si fuera una orden. Siempre me dan órdenes todo el tiempo: "Báñate, límpiate, recoge, guarda la mochila, el termo, el agua, todo".

Tomás: [Tono alentador y directivo] Dile qué es lo que te da rabia de la forma en que te lo dicen.

Tatiana (como Eric): [Gesticulando con las manos, levantando un poco el volumen de la voz] No me gusta que me habléis como si fuera un esclavo y me mandarais todo el tiempo. Ni siquiera me preguntáis si quiero, o qué quiero, o qué siento. Solo me mandáis y ya está.

Tomás: [Tono suave e indagador] ¿Qué estás sintiendo en tu cuerpo, Eric?

Tatiana (como Eric): [Llevándose una mano al pecho/cuello, mostrando cierta agitación física] Mucho calor.

Tomás: [Validando la emoción] Bien, bien, estás muy enojado. Siente el calor y te voy a invitar a que observes qué te dan ganas de hacer al sentir todo este calor.

Tatiana (como Eric): [Hace un gesto de tensión con los brazos] Me gustaría gritar... gritar mucho.

Tomás: Dale, eso, haz ese movimiento con los brazos. Grita todo un rato, haz que tu mamá sienta tu grito.

Tatiana (como Eric): [Se inclina hacia adelante, imitando las garras con las manos y haciendo un movimiento de rasgar el aire hacia abajo] ¡Grrr!

Tomás: [Animando con entusiasmo] Bien, bien. Hazlo más, más, más.

Tatiana (como Eric): [Continúa con los movimientos de rasgar, con más fuerza] Eso. Quiero arañar. Quiero arañar el suelo. [Aumenta la intensidad del gesto, como si estuviera destruyendo o tirando cosas] Quiero no doblar la pijama. Ni tender la cama. ¡No quiero, no quiero! No quiero ir al fútbol todos los días. No quiero ponerme zapatos de fútbol. No me gusta el fútbol. Me gusta jugar con mis amigos, no me gusta ir al fútbol.

[Este momento fue muy poderoso, la transcripción no logra transmitir por completo la intensidad del momento. Durante varios minutos Tatiana, representando a Eric, expresó su furia con intensidad visceral y animal. Mientras yo miraba, sentía una mezcla de ternura, dolor por toda la furia y los sentimientos reprimidos de Eric, y un placer totalmente visceral al ver tal despliegue de intensidad en un niño que minutos atrás no se sentía persona. Fue hermoso. Con esto yo supe que todo lo que vendría a continuación iba a salir bien. Con este acto de expresión, Eric se liberó por completo de la enfermedad familiar.] 

Tomás: ¿Qué sientes, Eric? ¿Qué está pasando en tu cuerpo?

Tatiana (como Eric): [Se endereza en la silla, apoya las manos en su regazo y exhala profundamente, mostrando una visible relajación y soltura corporal] Me siento como... como en silencio.

Tomás: [Tono de alivio empático] Bien, bien. Ah, yo siento un alivio infinito. Sacaste eso que tenías ahí guardado. Derecho a decir "no quiero", ¿no?

Tomás: Bien. Cámbiate de silla. Ahora vas a ser Tatiana.

[Tatiana se levanta de la silla, se estira un poco, se recoge el cabello hacia atrás con ambas manos y se sienta en la silla de enfrente]

Tomás: Entonces ahí al frente está tu hijo. Escucha todo lo que dijo. Y cuéntale qué te pasa al escucharlo. Háblale a él.

Tatiana: [Mirando fijamente a la silla vacía donde estaba Eric, con un tono de voz mucho más suave, maduro y reflexivo] Yo sé que tú te sientes así, se te nota como en el aire. Y sé que yo te digo que lo expreses, pero en realidad no, porque luego te regaño cuando te enfadas. Entonces es como... como una trampa. Quisiera que no vivieras así, pero no sé cómo hacerlo diferente.

[El estallido de Eric permitió a Tatiana ver con mucha claridad algo del problema. Fue hermoso. Siempre que escuchamos a nuestros hijos comenzamos a encontrar el camino.]

Tomás: A lo mejor tendrías que preguntarle a él qué quiere que hagas. Porque una cosa es que se queje y otra cosa es que te diga qué quiere. Qué quiere él, ¿no? Cámbiate, vuelve a ser Eric. [Tatiana regresa a la primera silla, retomando la postura y el tono de Eric] Cuéntale a tu mamá qué quieres.

Tatiana (como Eric): [Mirando a la madre imaginaria, con una voz más firme y una actitud de reclamo vulnerable] Yo quiero que... Yo quiero que cuando llegues me saludes un rato, o te sientes conmigo. Pero no solo como cuando llegas y dices "hola, mi amor" así como con la voz, sino que te sientes conmigo de verdad... [Hace un gesto con la mano indicando proximidad física] así a mi ladito, a mi ladito.

Tomás: Eso. Y cuéntale qué quieres que haga cuando esté a tu lado.

Tatiana (como Eric): [Con tono de anhelo y ligero reproche] Sí, que vengas aquí conmigo de verdad. Siempre estás con Laura con sus cosas de mujeres, siempre. Me gustaría también que leyéramos juntos. Siempre dices que vamos a leer y es mentira, no lees de verdad conmigo. Y me gustaría que me hables de verdad... es que no me hablas de verdad, hablas como en el aire, como así como... "hola mi amor", pero por allá lejos, lejos de mí. Así me gustaría. Y luego ya me puedo ir a bañar y eso, porque claro... Pero llegas y ya estás dando órdenes o peleando con Laura, desde que llegas.

Tomás: [Asintiendo lentamente] Y así tú no quieres nada, obviamente.

Tatiana (como Eric): [Moviendo las manos para enfatizar, en tono de reclamo] Además, a mí sí que me gusta hablar contigo y tú no me escuchas cuando te explico mis juegos de mesa.

Tomás: [Con voz suave, guiando la atención] ¿Te gustaría que tu mamá le preste atención a lo que le estás diciendo… que se concentre de verdad en lo que dices?.

Tatiana (como Eric): [Frunciendo el ceño, mirando a la silla] Sí. No que te diga "hola, mi amor" solamente.

Tomás: [Voz reflexiva, modelando la intervención] Prueba decirle a tu mamá “Además que tú crees que yo no sé, pero yo sí sé cuándo tú estás de verdad conmigo y cuándo no estás. Yo sí sé.”

Tatiana (como Eric): [Asintiendo, con el rostro serio] Yo sé cuándo estás de verdad escuchándome y cuándo no me estás escuchando.

Tomás: Parece que tu mamá cree que te puede engañar.

Tatiana (como Eric): [Con una leve sonrisa irónica, ladeando la cabeza] Sí, porque cuando ella me dice que me ve como tan chiquitito, debe pensar que soy estúpido y que no me doy cuenta.

[Se han confirmado mis sospechas de que ver a Eric como tan "pequeñito", y que por lo tanto no entiende las cosas, es una forma de no escucharlo. Ya que al inicio Tatiana no parecía darse cuenta de esto, dejo anotado para mí que debo ayudarla a ver esto con mucha claridad durante el trabajo. Por esto le pedí a Eric que dijera «Yo sé cuándo no me escuchas». Y Eric lo dijo con tanta convicción que ya no me quedan dudas. Ya veremos de qué forma Tatiana no era escuchada ni validada por su mamá. ]

Tomás: [Fomentando la expresión directa] Le puedes explicar...

Tatiana (como Eric): [Inclinándose hacia adelante, subiendo el tono y la intensidad] Yo sé cuando me dices "Hola Eric, mi amor", pero en realidad estás haciendo la cena o preocupada por el táper, por poner la lavadora, con el teléfono, y tus mantras y tus cosas. Y solo tienes tanta prisa por que nos durmamos, y por hacer tus meditaciones y tus cosas, pero no quieres estar conmigo de verdad tanto como dices. Yo sé que estás con prisa siempre, siempre. Entonces, ¿para qué te voy a hablar? Si es mentira lo que dices.

Tomás: [Validando la emoción] Claro. Por último, que si no está contigo, no haga como que está, ¿no?

Tatiana (como Eric): [Exhalando con resignación] ¡Si! Solo quieres la ducha, la mochila, la tarea, el termo del agua, el táper, el pijama, la oración y duérmete. Solo quieres eso.

Tomás: [Voz directiva, indicando el cambio de rol] Cámbiate.

[Tatiana se levanta de su silla, suspira profundamente, se frota el rostro mostrando agobio y se sienta en la silla de enfrente]

Tomás: Contéstale.

Tatiana: [Con voz entrecortada, mirando hacia abajo y llevándose las manos al rostro, con evidente culpa] Ay, mi pequeñito, lo siento tanto. Tienes toda la razón. [Suspira cerrando los ojos e inclinando la cabeza] Ay, mi niño... Quiero hacer tantas cosas... [Baja la mirada, consternada] Yo pensé que lo estaba haciendo bien, pero no. Tienes razón, yo no te escucho de verdad.

Tomás: ¿Qué estás sintiendo?

Tatiana: [Mirando a Tomás, con expresión de vulnerabilidad] Siento un poquito de vergüenza. Me siento como si me hubieran pillado. [Pausa, con la mirada perdida y un tono de resignación] Siento que no llego a todo.

Tomás: [Con tono empático] Sí. Y parece que a pesar de que él te dice lo que quiere, como que igual hay una parte de ti que de todos modos no quiere dárselo. ¿Te pasa un poco eso? O quizás quieres, pero también quieres tantas otras cosas, ¿no?

[En este punto se me vuelve evidente la dificultad que tenemos padres y madres para conectar con nuestros hijos. A pesar de que nos dicen con total claridad lo que necesitan, somos incapaces de dárselo porque aún no estamos libres de la enfermedad familiar. Escuchamos pero todavía estamos lisiados, incapaces de pasar a la acción. Decimos «Sí, pero...». Perls decía que el «Sí, pero...» era una frase asesina. Ha llegado el momento de explorar qué pasa entre Tatiana y su madre. Sé que tendremos éxito, porque Eric ya pudo estallar y expresar lo que necesita, de modo que el recurso de expresarse con potencia podremos reutilizarlo luego cuando Tatiana, como niña, le hable a su madre. Mi expectativa es que para Tatiana será aún más difícil que para Eric expresarse con su madre. Sospecho que Tatiana es una mamá mucho más amorosa de lo que su madre fue con ella.]

Tatiana: [Asintiendo levemente, frotándose las manos con nerviosismo] Sí, es que también quiero... siento como que... [Mirando hacia un lado, buscando palabras, hace una larga pausa] O sea, estoy sintiendo ahora como no llego a todo. Quiero hacer tantas cosas, pero no lo logro. Entonces, creo que me estaba inventando esta ilusión de que él no me habla o no llama mi atención. Pero no, en realidad es que yo no tengo más energía. Ay, no sé…

[Gracias Tatiana, ¡tu valor para ser honesta es una de tus mejores cualidades! Tus hijos te lo van a agradecer, garantizado.]

Tomás: [Afirmando de manera cálida] Sí, sí, sí. Creo que es importante eso que estás diciendo. En realidad sí sabes lo que le pasa pero has elegido creer que no sabes porque no sabes si puedes darle lo que quiere. Dale, vamos a ver qué pasa con tu mamá. Gírate en 180 grados para imaginar a tu mamá frente a ti.

Tatiana: [Señalando hacia la parte de atrás de la habitación] 

Tomás: Te voy a invitar a que te imagines que ahora eres tú a los 10 años, la edad que tiene Eric hoy en día. Imagínate que eres la Tatiana de 10 y ahí al frente está tu mamá. Y dile sobre todo, tus quejas.

Tatiana: [Pensativa, mirando al vacío, la expresión se torna más infantil pero a la vez distante] Ay, Tomás, yo no me acuerdo de mi mamá. [Con gesto de extrañeza] Es que yo a los 10 años… solo recuerdo a mi hermana. [Explicando con seriedad] Sí, porque cuando yo tenía 10 años, mi hermana tenía cinco. Y yo estaba con ella todo el rato, cuidándola. 

[Tatiana se quedó mucho tiempo en silencio, paralizada. Lo mismo que Eric, pero mucho más tiempo. Y luego dice no recordar nada. Cuando los niños borramos nuestra memoria, eso solo significa una cosa: las cosas fueron horribles. Borrar la memoria nos permite seguir sin desear morirnos ante situaciones que son infernales.]

Tomás: ¿Qué recuerdos tienes de estar con tu hermana? Tú tienes 10, ella tiene cinco. ¿Cómo es la escena?

Tatiana: [Frunciendo el ceño, cerrando los ojos levemente, con tensión creciente en la voz] Se me está viniendo una escena, pero no sé si es a esa edad, porque no me acuerdo. Yo estoy muy preocupada porque va a venir mi mamá y yo no encuentro a mi hermana. No sé si estaba donde una amiguita o donde la otra, entonces yo estoy yendo a las casas de las vecinas a preguntar dónde está mi hermana, porque ya va a venir mi mamá.

Tomás: ¿Y por qué te da miedo que llegue tu mamá?

Tatiana: [Con la voz un poco más aguda, conectando con la emoción] Porque no encuentro a mi hermana.

Tomás: ¿Y por qué tendrías que encontrarla tú?

Tatiana: [Moviendo las manos, relatando con urgencia] Porque yo estaba jugando con mis amiguitas y ella estaba en la casa de otra amiguita, pero ya no me acuerdo dónde es que estaba. Algo así. Sí tengo varios recuerdos así, como que estamos jugando en el barrio, entre amigas, a las muñecas o en la cocinita de otra, y ya va a llegar el momento de que va a venir mi mamá y se me perdió esta hijuemadre muchachita.

Tomás: No me parece que sea responsabilidad tuya. Pero a tu mamá le parece que es responsabilidad tuya saber dónde está tu hermana.

Tatiana: [Asintiendo con la cabeza, mirando fijamente, validando la intervención] Sí.

[Estoy sintiendo el terror abismal que Tatiana le tiene a su mamá. Le quiero ayudar a ver qué violenta fue y qué injusto es que ella se sienta aterrorizada por no saber dónde está su hermana. Los niños debiéramos sentirnos seguros con nuestros padres, no en peligro de muerte. Además, somos los padres quienes debemos saber dónde están nuestros hijos, y si algo les sucede ¡es responsabilidad nuestra y no de sus hermanos! Me estoy sintiendo francamente indignado con su mamá. Quiero aclarar que mi indignación no es subjetiva o personal contra su mamá; no he dejado de sentir compasión por la mamá de Tatiana. La indignación es el deseo de cuidar a esta niña que ha sido severamente maltratada por su mamá. Sé que mi indignación le va a ayudar a Tatiana a defenderse de ella y curar algo de la herida por el maltrato recibido.]

Tomás: ¿Qué es lo que va a hacer tu mamá cuando llegue si no te encuentra?

Tatiana: Me va a pegar... [Tatiana está sentada frente a la cámara, con las manos apoyadas sobre sus muslos. Al mencionar el castigo, su mirada se desvía ligeramente hacia abajo y su cuerpo se encoge de forma sutil como si estuviera recibiendo un golpe.]

[Ahora sí estoy indignado hasta el tope, estoy viendo, literalmente, a la mamá de Tatiana golpeando a su hija frente a mis ojos, a una niña preciosa que el único deseo que tiene es que su mamá la cuide y la quiera. ES MUY DOLOROSO LO QUE VEO y se me parte el corazón.]

Tomás: Ajá, te va a pegar. [Asiente lentamente, validando la afirmación.] Sí. O sea, tu mamá cuando se enoja, pega.

Tatiana: ¡Buh! Mi mamá es tremenda. [Suelta una risa nerviosa, corta, y sacude ligeramente la cabeza. Su postura se mantiene tensa a pesar del gesto de humor.] Mi mamá me daba terror. [Utiliza el tiempo pasado automáticamente.]

Tomás: Sí. Métete en el presente. Sé la Tatiana niña. Tu mamá te da terror. [Intervención para trabajar en el "aquí y ahora". Su tono es firme pero protector.] ¿Cómo es cuando te sientes asustada con tu mamá? ¿Qué sientes en tu cuerpo?

[Silencio prolongado. Tatiana se queda inmóvil durante varios segundos. Poco a poco, comienza a bajar la mirada. Sus manos se cierran levemente sobre sus rodillas. Inclina el tronco hacia adelante, hundiendo el pecho. Su respiración se vuelve más superficial. El cuerpo de Tatiana comienza a "hablar" por sí mismo, cerrándose sobre su propio eje.]

Tomás: Eso, siéntelo. Dale espacio a eso, Tatiana. [Habla en voz muy baja, casi en un susurro, para no interrumpir el proceso orgánico.] Es muy importante que puedas recordar. Cuéntame qué estás sintiendo, cómo es la sensación.

[Tatiana continúa en silencio, con la cabeza gacha. Se observa un ligero temblor en sus hombros. Mueve las manos hacia su abdomen, como protegiéndose. La tensión en su cuello es evidente.]

Tomás: ¿Qué sientes en tu cuerpo? [Tatiana levanta una mano frente a ella, con la palma hacia afuera, como haciendo una señal de "alto" o de distancia, y luego vuelve a bajar la cabeza.] Ajá, sí.

[Tatiana respira profundamente, un suspiro con un dejo de sollozo contenido.]

Tatiana: Sentí como... sentí como muchas ganas de desaparecer. [Su voz suena pequeña, quebrada.] Pero de... de implosionar para adentro, ¿sabes? Como... [Hace un gesto con las manos cerrándose hacia su pecho de forma repetida.]

Tomás: Ganas de no existir para que tu mamá no te golpee, ¿o no?

Tatiana: Para que no me vea. Sentí el latido del corazón por todo el cuerpo, así muy grande, muy grande, muy grande... [Abre los brazos de par en par, extendiéndolos hacia arriba, describiendo la magnitud de la sensación física.] Y chiquitito, chiquitito, chiquitito... [Cierra sus manos y encoge los hombros hasta quedar casi ovillada.]

Tomás: Sí.

Tatiana: Y ya, desaparecí.

Tomás: Eso es pánico. Es querer desaparecer para que no te vea el monstruo que te va a atacar. ¿Sí? 

Tatiana: Pero desaparecí... y me pasó algo que me suele pasar, que yo suelo hacer cuando estoy muy triste o cuando me pasa alguna emoción así. [Gesticula con las manos frente a su cara, tratando de explicar un proceso interno complejo.] Yo me desaparezco y aparece otra yo. ¿Sabes? Como un movimiento así, como... [Hace un movimiento fluido con las manos, indicando un cambio de estado.]

[Brutal; este es el tipo de violencia que puede conducirnos a no querer seguir viviendo. Sospecho que para Tatiana ha sido posible seguir viva y vital gracias a que se logra desconectar del dolor y el pánico. Eso que describió, que de pronto aparece otra yo, me parece que es un lograr disociarse de lo que siente para luego volver a armarse. Bien, muy buen mecanismo de defensa; sin embargo, para lograr una total conexión con su hijo, sospecho que este mecanismo de defensa habrá que dejar de usarlo para siempre —quizás me equivoco, habrá que verlo en el trabajo real—. Eso podría tomar un tiempo de terapia. Sé que Tatiana va a estar dispuesta a hacerlo, tengo mucha fe en ella por el amor que tiene a sus hijos.]

Tomás: Qué interesante eso. [Se inclina un poco más hacia la cámara, mostrando curiosidad genuina.] Sí. Entonces te invito a imaginarte a tu mamá ahí al frente. Tú eres la niña. Y dile: "Mamá, te tengo mucho miedo". Dile lo que sea que te salga.

Tatiana: [Baja la mirada de nuevo. Su voz es apenas un susurro.] Mamá, te tengo mucho miedo. [Se produce un silencio donde ella parece estar conectando con la imagen interna de la madre.] Te tengo mucho miedo... eres muy violenta. eres muy violenta conmigo, mamá. [Su respiración se acelera. Se lleva las manos a la cara, cubriéndose los ojos por un momento. Su voz se vuelve más cargada de dolor.] Y eres muy grosera. Eres supergrosera y superviolenta. Me das muchísimo miedo. [Empieza a llorar de forma más abierta, aunque contenida.] Me das mucho miedo. No entiendo cómo me puedes dar tanto miedo. Yo me pongo tan dura... [Aprieta los puños y tensa los brazos.] Tan dura para que no me duela, pero... [Se desinfla físicamente.] Pero me duele. No entiendo por qué me duele.

Tomás: [Escucha en silencio, manteniendo el campo terapéutico con su presencia silenciosa.]

Tatiana: La próxima vez no me va a doler. [Intento de defensa o de introyección de dureza.]

Tomás: No. Mejor dile: "No puedo hacer que no me duela. Me encantaría que no me doliera, pero no puedo hacer que no me duela. Eres mi mamá". [La guía para que abandone la resistencia y contacte con la vulnerabilidad real.]

Tatiana: [Se lleva las manos a la cabeza, entrelazando los dedos sobre la coronilla, en un gesto de agobio.] Me encantaría que no me doliera cuando me pegas o cuando te enfadas... me encantaría tanto que no me doliera, no sentir nada... nada, nada, nada. Y no tener miedo. Pero me das tanto miedo... ¿Cómo se te ocurren esas cosas? [Cambia el tono, pasando del dolor a una queja incipiente, un reclamo.]

Tomás: Eso. Ahí hay una queja. "¿Cómo se te ocurren esas cosas?".

Tatiana: ¿Cómo se te ocurre pegarme así? No... [Llora con más fuerza, su cuerpo se sacude levemente por los sollozos.] Es superinjusto cómo me pegas y cómo me tratas. Y a Kimi nunca le pegas así, solo a mí. [El reclamo se vuelve más específico y cargado de resentimiento.] A Kimi no le pegas así... y lo peor es cuando dices que le vas a pegar así y no le pegas, te ríes. [Tatiana se tapa la cara con una mano, abrumada por la injusticia percibida.]

Tomás: [Observa la expresión de Tatiana.] Es casi como si sintiera placer en hacer esa diferencia. Es un poco cruel eso, ¿o no? Dile: "Mamá, eres cruel". A ver qué te dan ganas de decirle si vas por ahí.

Tatiana: Mamá, eres muy cruel. Yo no sé si lo sabes, pero eso es muy cruel. Espero que no lo sepas. [Se corrige a sí misma, reflejando una lucha interna entre el reclamo y la protección de la imagen materna.] Eso es muy cruel, eres superinjusta conmigo, eres violenta... eres muy cruel conmigo... y yo te quiero tanto. [Llega al punto de la ambivalencia afectiva, el dolor de amar a quien la agrede.] No sé cómo puedes ser así. No sé cómo puedes ser así conmigo.

Tomás: Te voy a invitar a que te defiendas un poco de ella. Dile: "Me tienes harta". Y hazle una lista de todo lo que te tiene harta. 

Tatiana: [Sentada en una silla en el centro de la habitación. Mantiene la mirada baja, los hombros levemente caídos y las manos entrelazadas sobre su regazo. Silencio prolongado de más de 10 segundos] No se me ocurre nada.

Tomás: [Tono de voz calmado, pausado y directivo] Te ayudo. "Me tiene harta que me golpees".

Tatiana: [Aún mirando hacia el suelo, repite con voz suave y sumisa] Me tiene harta que me pegues.

Tomás: "Me tiene harta que me desprecies".

Tatiana: [Comienza a frotar suavemente sus pulgares, sin levantar la vista] Me tiene harta que me desprecies.

Tomás: "Me tiene harta que te burles".

Tatiana: [Voz monótona, casi en un susurro] Me tiene harta que te burles.

Tomás: Eso. Sigue tú.

Tatiana: [Suspira levemente, levanta un poco la cabeza y su voz adquiere un matiz de queja] Me tiene harta que hables con tus amigas de mí y de lo mal que me comporto. [Vuelve a bajar la mirada, aprieta un poco las manos] Como si yo no estuviera ahí escuchándote. [Silencio de unos segundos. Acomoda su postura] Me tiene harta que me hagas avergonzarme. Me siento muy avergonzada.

[«Como si yo no estuviera ahí» —esto es justo lo que Eric siente—. Los patrones disfuncionales se repiten; aunque no siempre es del todo evidente, hay variaciones, cambia el barniz, pero la esencia del problema es que uno no es persona: frente a su mamá, se siente invisible y sin derecho a hablar.]

Tomás: Eso. Esto es muy importante, porque recién cuando tu hijo te dijo lo que le pasa contigo, sentiste vergüenza… pero yo creo que es ella la que te enseñó a sentir vergüenza de ti misma. Dile: "Tú me has hecho sentir vergüenza toda la vida. Me tienes harta".

Tatiana: [Se paraliza levemente, traga saliva y mira hacia la pantalla] Es que no sé si eso es verdad.

Tomás: Sí, es verdad.

[Me siento totalmente seguro al hacer esta afirmación y siento que incluso tengo que empujar un poco para que Tatiana no niegue el maltrato de su mamá. Un poco antes ella dijo: «eres supergrosera». Y las groserías son humillaciones y las humillaciones crean vergüenza: el deseo de borrarse y no ser visto. La vergüenza me parece clave recalcarla y mostrarla ya que el problema de Eric es precisamente no poder mostrarse y hacerse ver frente a los demás, desde su mamá hasta su profesor de educación física. Estoy ayudando a Tatiana a unir las piezas de su experiencia.]

Tatiana: [Entrelaza los dedos con fuerza, mira hacia abajo y guarda un largo silencio, denotando bloqueo]

Tomás: Dilo y luego chequea. Díselo y veamos qué registra tu cuerpo al decirlo. Yo creo que tu cuerpo va a decir que es verdad. Dile: "Tú hiciste que yo sintiera vergüenza toda la vida".

Tatiana: [Lleva ambas manos entrelazadas a la altura del pecho, como en un gesto de ruego o contención. Mantiene los ojos cerrados por un momento y respira profundo. Silencio denso de casi 40 segundos] Me tienes harta. Me tiene harta que me avergüences. [Abre los ojos y mira al frente] Estoy cansada de que me avergüences. Tú me has hecho sentir vergüenza desde muy pequeñita.

Tomás: Eso, sí, es verdad. Dale, dile.

Tatiana: [Con un poco más de volumen y firmeza en la voz] Me has hecho sentir vergüenza por cosas que no tendría que avergonzarme.

Tomás: Claro que no. "A ti te debería dar vergüenza", dile. "A ti te debería dar vergüenza".

Tatiana: [Mueve la cabeza asintiendo levemente, asumiendo la frase] A ti te debería dar vergüenza tratarme así. [Se detiene, busca las palabras] Me has hecho sentir vergüenza. Me tiene harta que me compares con mi hermana. Me tiene harta que me compares con mi hermana. ¿Cómo me puedes comparar con un bebé? Obvio que ella se porta bien, ella es más pequeñita. [Lleva ambas manos a su rostro, cubriéndose los ojos. Comienza a llorar, su voz se quiebra] Me tiene harta que me avergüences y que hables de mí con tus amigas. Me da muchísima vergüenza. [Se frota el rostro, intentando contener el llanto] Y que hables de mí con desprecio cuando estás enfadada.

Tomás: Eso, dile: "Te debería dar vergüenza despreciar a tu hija".

[Aquí estoy ayudando a Tatiana a "dar vuelta" la retroflexión de la vergüenza. La retroflexión es hacernos a nosotros mismos lo que en realidad quisiéramos hacer a otros. Perls decía que la regla de oro para trabajar la retroflexión es "haz a otros lo que te haces a ti mismo". Si uno no trabaja de esta forma con la retroflexión es totalmente imposible que la persona deje de autoagredirse. Por cierto, sentir vergüenza de uno mismo es una autoagresión.]

Tatiana: [Aún llorando, con la voz temblorosa] Debería darte vergüenza despreciarme, porque yo soy tu hija y te quiero.

Tomás: [Tono validador] Exacto. [Silencio de 5 segundos] ¿Qué está pasando en tu cuerpo al decirle todo esto?

Tatiana: [Se limpia las lágrimas del rostro con ambas manos. Su respiración es un poco agitada] Me siento como... bueno, me imagino como que no me escucha. O sea, como que no vale, como que no me ve. Como que no existiera yo.

Tomás: Bien. Como que no existieras y como que no te ve. Es lo mismo que le pasa a Eric, él también siente que no existe, se siente invisible. Cámbiate de lugar y vas a ser tu mamá.

Tatiana (como su mamá): [Se cambia de silla] Lo que se me viene aquí es como mucha calma. Silencio. [Baja un poco el tono de voz, adoptando una actitud cansada y desprendida] Pues yo tengo tantos problemas, tantas cosas que hacer, que no sé qué decirle.

[Eso fue indiferencia gélida. Me dolió.]

Tomás: ¿Qué son todas esas cosas y problemas?

Tatiana (como su mamá): [Con tono agobiado y justificativo] Tengo que generar dinero, tengo que mantener a estas niñas. Estoy sola, todo lo tengo que hacer yo. Estoy cansada. Todo es tan injusto.

Tomás: [Con tono reflexivo y analítico] Todos se quejan de injusticia. Y todos tienen razón. Sí. Es lo mismo que Tatiana le dijo a Eric. "Es que tengo tantas cosas". [Pausa corta] Vuelve a ser Tatiana niña.

Tatiana : [Se levanta sin dudarlo, toma la silla, la regresa a su posición original y vuelve a sentarse, asumiendo su rol primario con las manos nuevamente entrelazadas en el regazo]

Tomás: Te voy a invitar a que le hables a tu mamá un poco como Eric te habló a ti. Eric se permitió tener un estallido y fue maravilloso escucharlo.Te voy a invitar a sacar la voz. Vas a ser la Tatiana niña y vas a imitar lo que hizo Eric, con esa misma intensidad que Eric te pudo hablar a ti, lo que le quieres decir a ella. ¿Te das cuenta que después de todo lo que le dijiste ni siquiera se le movió un pelo? Qué nivel de indiferencia tiene tu mamá. "Ay, es que yo tengo muchos problemas, así que tú te vas a tener que morir y te voy a seguir pegando". ¡Quién se cree que es! Dale.

Tatiana: [Asiente lentamente con la cabeza, manteniendo la mirada baja. Hay un silencio de unos segundos mientras asimila la instrucción] Mami, yo te quiero mucho. Vale, yo te quiero mucho. Pero yo no tengo la culpa de que tú hayas tenido hijas. No es mi responsabilidad. Tú estarás muy joven y la vida es muy injusta y todo lo que tú dices... pero yo soy más joven que tú y soy una niña. Tú no tienes derecho a exigirme que yo cuide a Kimi y que no se me caiga un vaso y se me rompa cuando esperas que yo lave la loza, o que no se dañen los juguetes, o que los juguetes estén desordenados. Porque claro, obviamente voy a jugar. ¿Qué quieres que haga? Y tú no tienes derecho de enfadarte conmigo cuando Kimi se va con las amiguitas, porque yo también soy una niña y yo también quiero jugar. Y me da igual que la vida sea injusta para ti. Me da igual. No me importa. No es mi problema.

Tomás: [Afirmando con la cabeza] Sí, porque tú también quieres cosas.

Tatiana: [Eleva un poco el tono de voz, hablando con más soltura y gesticulando levemente con las manos] Yo también quiero estar despreocupada, y jugar, y no pensar: "Ay, qué miedo, viene mi mamá y me va a regañar. Ay, mi mamá me va a pegar. Ay, mi mamá...". Tengo miedo todo el tiempo. Hasta cuando no estás, te veo por todas partes. Estoy cansada de vivir así. Estoy cansada. Y no es justo, porque estoy pequeña y ya estoy cansada. No quiero estar más así. [Baja la voz y la mirada, y detiene el movimiento] Yo no sé qué más decir.

Tomás: [Observando atentamente la pantalla] ¿Qué estás haciendo con tus manos?

Tatiana: [Mirando sus propias manos entrelazadas y frotándolas] Es que no sé... quisiera tener algo... como agarrarme de algo.

Tomás: [Asiente y gesticula con las manos abiertas] Ajá. Dile a tu mamá: "Mamá, quisiera poder agarrarme de ti. Quisiera que seas una mamá que me haga sentir segura". A ver, prueba eso.

[La indiferencia de nuestra madre nos deja sin el derecho a necesitarla. Esto es muy doloroso y nos hiere en lo más profundo del alma. Al invitarla a expresar su necesidad de su mamá, la estoy ayudando a rechazar la indiferencia de su madre, a validar la necesidad de conexión y contacto que Tatiana necesita y que Eric le pide. Este momento es importante porque hará la diferencia cuando Tatiana vuelva a mirar a su hijo. Ya no le dirá «Sí, pero...», le podrá decir con todo su amor: «Sí, hijo, me importas».]

Tatiana: [Junta ambas manos cerca del rostro, entrelazando los dedos, con voz un poco entrecortada] Quisiera poder agarrarme de ti... y quisiera sentirme segura cuando estoy contigo. Pero nunca sé qué va a pasar contigo. Quisiera poder acercarme a ti. [Baja las manos y las apoya en el regazo, cambiando el tono a uno de frustración] Y encima luego te quejas de que no soy cariñosa. Uy, no... [Se cubre el rostro con ambas manos por un instante]

Tomás: [Con tono empático y pausado] Sí. Se parece a lo que te dijo Eric también, ¿te fijas? Que él quiere que tú estés con él, y tú y tu mamá siempre trabajando, en su vida, en sus cosas. [Cambia a un tono indagatorio] ¿Qué está pasando en tu cuerpo, Tatiana? ¿Qué estás sintiendo? ¿Qué sensaciones tienes?

Tatiana: [Con las manos sobre el regazo, hace un gesto moviendo los dedos como amasando el aire] Pues ahora me siento como… Como de un material así, como el slime. Como así... [Repite el gesto de amasar lentamente]

Tomás: Ah, ¿como blanda, como lacia? ¿Una cosa así?

Tatiana: Como flácida, sí. Como laxa.

Tomás: [Acomodándose en su asiento] Sí, sí, eso. Eso muchas veces pasa cuando nuestra respuesta de defensa y ataque se desactiva y colapsa y quedamos en la impotencia y eso a veces puede sentirse como un slime en el cuerpo. Eric también se sentía impotente y resignado, menos que tú en todo caso. Te voy a invitar a que probemos algo que te active. Te voy a invitar a que le hagas una protesta con el cuerpo. [Se aleja un poco de la cámara y escenifica un pataleo exagerado con brazos y piernas] Mira un segundito, hazle algo así: ¡Ahhh! Una protesta intensa. Todo esto que le has dicho lo vas a convertir en una protesta con todo tu cuerpo. Con fuerza.

Tatiana: [Comienza a patalear rápidamente contra el suelo, moviendo los brazos de arriba a abajo y sacudiendo la cabeza con intensidad, imitando una rabieta infantil]

Tomás: [Animándola, con voz enérgica] Eso. Eso, muy bien, muy bien, hay mucha energía. Dale.

Tatiana: [Continúa el pataleo y el movimiento agitado del cuerpo durante varios segundos]

Tomás: Eso, qué maravilloso. Dale. Fíjate qué te dan ganas. A lo mejor te dan ganas de pegarle también.

Tatiana: [Lanza unos golpes al aire frente a ella, luego se detiene riendo levemente y frotándose la cabeza] ¡Ay, me mareé!

Tomás: Fíjate, ¿le quieres hacer algo a ella? Si dejas que este movimiento sea contra ella...

Tatiana: [Moviendo los brazos extendidos hacia adelante, como empujando] No, pero como alejarla. Así, lejos.

Tomás: Eso, échala. Bien, bien. Aléjala. Mándala lejos con toda tu fuerza.

Tatiana: [Comienza a hacer movimientos bruscos y repetitivos empujando el aire hacia adelante y hacia arriba con ambas manos, mientras su respiración se agita]

Tomás: [Acompañando el movimiento con su voz] Eso. Siente esas ganas de que se vaya, de que deje de estar encima de esa manera, ¿no? "¡Basta! Quiero ser libre. Vivir, jugar, respirar. Déjame en paz".

Tatiana: [Continúa empujando el aire vigorosamente, respirando de forma pesada] [Detiene abruptamente el movimiento. Deja caer los brazos, se inclina ligeramente hacia adelante apoyando las manos en las piernas, y respira profundamente con la mirada fija en el suelo]

Tomás: [Rompiendo el silencio suavemente] Cuéntame qué está pasando en tu cuerpo.

Tatiana: [Levanta la mirada y se acomoda en la silla, con una expresión más tranquila y la voz calmada] Vale, ahora me siento como muy grande. Sí, como adulta.

Tomás: Bien. Me gusta. Siéntelo. Cuéntame qué más ocurre. Cómo es sentirte adulta, cómo es la sensación física.

Mujer gris toca un muro roto mientras dos mujeres coloridas lo atraviesan con la mano, en un fondo rosa y dorado.
Hemos atravesado el infierno. Ha cambiado por completo el clima emocional. Hemos llegado hasta el amor. Me gusta decir que la mayoría de las veces, para llegar al amor, es necesario movilizar toda nuestra agresión, muy opuesto al sentido común religioso o a las prédicas moralistas. No es posible amar si no podemos odiar con todas nuestras fuerzas. Porque cuando expulsamos con toda nuestra fuerza a eso que nos hace daño, entonces, y solo entonces, podemos sentir que merecemos el amor y nuestra dignidad.

Tatiana: [Lleva ambas manos al pecho y cierra los ojos por un instante] Siento que el corazón ya no está en todo el cuerpo, sino que ya está aquí, donde tiene que estar. Siento que no tengo vergüenza. Siento como que está bien estar aquí. Está correcto. Como que no estoy haciendo nada malo. Siento esa sensación, como cuando a uno la mamá le está pegando y entonces le dices: "¡Ay no, no me pegues, no jodas!". [Cierra los ojos, asiente lentamente, y se lleva las manos al rostro frotándose las sienes y mejillas con suavidad]

Tomás: Bien. Eso. Muy bien. Dale, entonces te vas a girar hacia Eric.

Tatiana: [Se levanta a medias, mueve la silla y gira su cuerpo ciento ochenta grados, cambiando la dirección de su mirada para mirar hacia la silla de Eric]

Tomás: Siente esta sensación de que eres adulta. Tu corazón volvió a su sitio. Y al frente está tu hijo. Y él quiere que tomen en cuenta lo que él quiere. No es tan distinto a lo que le decías a tu mamá, ¿no? Entonces háblale ahora, fíjate qué sientes ahora al verlo ahí al frente, y cuéntale, háblale.

[Percibirnos como adultos es uno de los síntomas de haber roto la maldición familiar. Un adulto puede ver a sus hijos. Cuando estamos poseídos por la maldición familiar, nos sentimos pequeños.]

Tatiana: [Mira hacia adelante con ternura, su voz es suave y compasiva] Ay, mi pequeño... Tienes razón, mi amor, tienes toda la razón. Yo a veces finjo que estoy contigo, pero no estoy contigo, porque no tengo tiempo y tengo muchas cosas. Pero no es tu problema. Tú te mereces mi tiempo. Igual que tu hermana, tú te mereces mi tiempo. Y sabes, me he dado cuenta de que a veces yo hablo de ti con tu hermana y tú estás ahí. Y yo sé que a ti te molesta eso. Yo sé que te molesta. Me he dado cuenta de que te molesta ahora. Discúlpame por no escucharte. De ahora en adelante voy a escucharte. Voy a mirarte más.

Tomás: [Haciendo un gesto aclaratorio con la mano] Sí. Y si en algún momento no le puedes escuchar, le puedes decir: "Eric, ahora no puedo, después". Así no lo estafas, ¿no?

Tatiana: [Asintiendo repetidamente con la cabeza y mirando hacia el frente] Claro... sí, sí, claro. Tú eres muy inteligente. Tú eres muy inteligente. No te voy a engañar más. Cuando no pueda atenderte te lo diré. Voy a ser más honesta contigo. Más coherente.

Tomás: ¿Qué sientes al decirle todo esto?

Tatiana: [Relajando levemente los hombros, con una expresión de alivio] Me siento muy bien, de verdad. No siento que él sea una carga más, una cosa más que hacer. No, al contrario, es como más real, como muy claro. Muy obvio, ¿no? Muy obvio, pero no lo había visto antes.

Tomás: [Asintiendo con interés] Ah, qué interesante. Claro, tu mamá se quejaba de que tú eras una carga. Pero ahora no estás sintiendo tú a tu hijo como una carga. ¿Cómo lo sientes ahora en vez de que sea una carga? ¿Qué es?

Tatiana: [Mirando hacia el frente, moviendo sutilmente las manos en gesto de dimensionar algo] Lo siento más grande. Lo siento, no sé, me lo estoy imaginando más grande. Como... como un hijo. Sí, es mi hijo, está ahí a mi ladito.

Tomás: [Con voz pausada y cálida] Ya. Ahora no es una carga, es una persona. ¿Tiene sentido si lo digo así?

Tatiana: [Asintiendo de forma afirmativa y rápida] Sí, tiene sentido, tiene sentido.

Tomás: Eso. Explícale esto a Eric. Dile: "Ahora te percibo...".

Tatiana: [Inclinándose ligeramente hacia adelante, abriendo las manos en un gesto receptivo] Te percibo como un niño que está ahí con toda su alegría, esperando a compartirse conmigo, a escucharme. No eres un "tengo que hacer esto", "tengo que acostar al Eric", "tengo que leerle"... No. Eres Eric. Y estás ahí, mi amor. Sí.

Tomás: [Reforzando la idea con tono explicativo] Claro, es una persona, no un deber. Por eso le dabas tantas órdenes, porque él para ti era un deber. ¿no?

Tatiana: [Asintiendo con la mirada reflexiva] Sí. Como "tengo que hacer esto", "tengo que hacer lo otro".

Tomás: Sí. ¿Qué ocurre en tu cuerpo al percibir a tu hijo de este modo?

Tatiana: [Levanta las cejas con ligera sorpresa y se lleva una mano al pecho] Me siento ligera, sorprendentemente. Me siento acompañada. Qué interesante.

Tomás: O sea que no solo no es una carga, sino que su presencia te trae algo bueno también a ti.

Tatiana: [Sonriendo con serenidad] Claro, no es como un peso más. Es una bendición en realidad estar... verlo, verlo crecer.

[¡Esto fue poderoso! Tatiana no podía estar disponible para Eric porque con su mamá aprendió que todo era un deber. Su mamá la obligaba a cuidar a su hermana, y para una niña de 10 años, eso solo puede ser una obligación y un peso horrible. Así, ella no se sintió vista como niña y no tenía permiso de jugar. Luego, al ser mamá, veía a su hijo del mismo modo en que sentía a su hermana y del modo en que su mamá la sentía a ella: un deber. Pero en el momento en que ella ve a su hijo como una persona, ella ya no se siente pesada. Lo que hacemos a otros es lo mismo que nos hacemos a nosotros, de modo que en el momento en que Tatiana puede ver a su hijo como persona, se puede percibir del mismo modo a ella misma. Y las personas no somos una carga para nadie, a menos que estemos sosteniendo el rol de un mártir o un obediente soldado.]

Tomás: Dile: "Eres una bendición". A ver cómo se siente.

Tatiana: [Con voz emotiva y mirada profunda hacia el frente] Eres una bendición, Eric. Eres una bendición. [Gira un poco el rostro hacia la cámara para hablarle al terapeuta, gesticulando con las manos para explicar la anécdota] Es muy curioso, porque él siempre me dice que... A él le gustan mucho los juegos de mesa. Y él inventa juegos de mesa. Y cuando él ya sabe hacer un juego de mesa, él busca la manera de hacerlo nuevo, y eso a mí me molesta. Porque cuando yo ya aprendí a jugar algo, él me quiere enseñar otra cosa para seguir jugando y que el juego no se acabe. Y eso para mí es una carga. Y a veces por pequeños instantes yo me doy cuenta de que no es una carga. Entonces yo le digo: "Mi amor, es que tú eres mi niño interior que me está enseñando que sí puedo jugar y que el juego no tiene que acabarse". Entonces lo estoy sintiendo realmente así, es una bendición porque es… inteligente, es interesante, es súper divertido, hace chistes, escribe historias y me las quiere leer.

Tomás: Lo puedes sentir así ahora porque lo que acabas de quitarte de encima es la falta de permiso para ser niña y jugar.

Tatiana: [Con los ojos iluminados por la comprensión, haciendo un gesto de conexión] Claro. ¡Y él quiere jugar conmigo!

Tomás: Tú eras un deber para tu mamá de 27 años y por eso tu mamá no te dejaba jugar. Y ahora que reclamaste tu lugar de niña, puedes jugar y también puedes jugar con tu hijo.

Tatiana: [Hablando con fluidez y certeza] Puedo conectar con él como una niña. Como si fuéramos niños los dos. Exacto.

Tomás: Dale. Siéntate al frente y sé Eric.

Tatiana (como Eric): [Mirando al frente, suelta una leve risa y se cubre el rostro con las manos por un instante en un gesto travieso e infantil] Me estoy acordando que yo siempre le digo lo de los dientes que no sé qué... y antes cuando estaba de niña, una de las cosas que quería decirle a mi mamá era como "¡Estoy harta de que me mandes a lavarme los dientes!".

Tomás: [Riendo] Ah, lo mismo. Siempre me impresiono de la exactitud con que repetimos las actitudes de nuestros padres sin darnos cuenta. Sé Eric y háblale a tu mamá.

Tatiana (como Eric): [Mirando hacia arriba, con una sonrisa dulce y voz muy tierna] Tan linda mi mamá. Te amo mucho mamá, te amo mucho. Estoy muy contento porque creo que vamos a poder jugar más. Y obvio que sí voy a hacer lo que debo hacer, pero... no quiero que sea una orden, sino como... puede ser como un juego también. Como cuando a veces me dices: "El último que se cambie la ropa es un huevo podrido". Y es tan divertido así. [Asintiendo enérgicamente] Es divertido. Quiero que sea divertido. Debería ser divertido. La vida debería ser divertida.

Tomás: [Sonriendo con calidez] Estoy completamente de acuerdo contigo, Eric. Eres la voz de la sabiduría. Sí, la vida debería ser divertida. ¿Qué sientes, Eric, al ver a tu mamá así, mirándote de esta forma? ¿Qué ocurre en tu cuerpo?

Tatiana (como Eric): [Lleva ambas manos a la frente y se echa el cabello hacia atrás, despejando su rostro, con una expresión de vulnerabilidad] Pues mira. Estoy sintiendo ganas como de... porque yo siempre voy con el pelo largo así como despeinado. Como de cuando mi mamá me hace el pelito así para atrás y me quiere ver, pues estoy sintiendo como que me hubiera hecho el pelito así para atrás y como que estoy aquí muy expuesto a ella. Así como muy "mírame, aquí estoy".

[¡Ahora Eric quiere mostrarse! ¡Ya no tiene desesperanza ni vergüenza de ocupar espacio! En este momento estoy muy conmovido. El encuentro está siendo realmente hermoso y amoroso.]

Tomás: Sí. Te puedes dejar ver. Te dan ganas de ser visto y salir y mostrarte y estar, ¿no? Se me ocurre que hasta se te pasa la vergüenza. Quizás eso de estar tapado también es vergüenza. Tu mamá también tenía vergüenza.

Madre llorando conversa con un niño en su habitación; él sostiene un dragón de juguete. Pósters de naves y dragones en la pared.

Tatiana (como Eric): [Conectando profundamente con la intervención] Ay, sí. Sí. Bien.

Tomás: Cámbiate por última vez y sé Tatiana.

Tatiana: [Se levanta, toma la silla y vuelve a su ubicación inicial, retomando su rol adulto]

Tomás: Entonces mira a Eric con su rostro destapado mirándote. Y siéntelo. Simplemente míralo y fíjate qué sientes, siente tu cuerpo y fíjate qué pasa. Esta imagen es muy bonita porque es una imagen de cómo pueden estar conectados. Y cuéntame qué sientes tú.

Tatiana: [Sentada, con las manos juntas, la postura alineada y mirada suave] Siento como una pequeña vibración por todo el cuerpo. Como cuando uno está enamorado. Como ilusión. Siento ilusión.

Tomás: Eso, siéntelo. Ah, es como lo opuesto a la desesperanza. Tú y Eric estaban desesperanzados antes. Es como que volvió la esperanza. ¿Tiene sentido?

Tatiana: [Sonriendo de forma contenida pero clara] Sí. Sí. Me siento expectante. Así. Como si nos estuviéramos conociendo por primera vez. Como si fuera un encuentro, como una cita, así, como esa sensación de... sí. [Mirando fijamente al frente con ternura] Y siento que puedo ver sus ojos. Él tiene unos ojos preciosos, como amarillo como con verde como con marrón. Y yo siempre le quiero ver los ojos, pero él no... se va. Pero ahora siento como que puedo ver sus ojos. Qué bonito, qué sensación más…

Tomás de la Fuente: [Voz pausada y tono directivo. Mantiene contacto visual con la cámara para conectar con la participante] Dile lo último que le quieras decir.

Tatiana: [Sentada de perfil en una silla, en un entorno de habitación. Tono emotivo y vulnerable. Respira hondo antes de hablar] Gracias, mi amor. Gracias por enseñarme tanto. Cada día aprendo algo bonito de ti. Me siento muy orgullosa de ser tu mamá y de verte crecer. Me siento súper, súper orgullosa. [Hace una breve pausa, asintiendo levemente] Súper orgullosa. Cada día contigo es increíble.

Tomás: [Asiente con la cabeza] Sí. Y se me ocurre que un gran favor que le puedes hacer a tu hijo, y que va a hacer que le den ganas de mirarte, es que le digas a su papá que ustedes han decidido que él ya no va más a ir a fútbol.

Tatiana: [Ríe abiertamente, liberando tensión, y lleva sus manos a la cabeza] Sí.

Tomás: [Mantiene el tono propositivo] Y que él podría escoger a dónde le gustaría ir con su papá y que van a tener que ir a donde Eric diga.

Tatiana: [Aún riendo, con expresión de alivio y confirmación] Sí. [Gesticula con las manos, asintiendo efusivamente] Claro. Si hace dos meses ya le dije...

Tomás: [Interrumpiendo suavemente para reforzar la intervención clínica] Que se sienta respaldado por ti.

Tatiana: [Con convicción] Hace dos meses le dije a Eric Junior: "Mi amor, vamos a tener que hablar con tu papá para que deje de comprarte equipaciones de fútbol". Porque el papá por su cumpleaños le compró el último uniforme del Barça completo, original. O sea, se gastó un pastón. Y a Eric Junior no le gusta vestirse de fútbol, no le gusta.

Tomás: [Hace gestos con las manos, enfatizando el punto] No, tu hijo es más creativo, es más intelectual, es más espiritual. Hay que llevarlo a donde pueda desarrollar eso.

Tatiana: [Junta las manos frente a ella] Y fuimos, hablamos con el papá y se lo dijimos. Y lo guay es que el papá no se impone, o sea, no es autoritario. Le dije: "Mira, el niño no quiere más fútbol, díselo tú también". Se lo dijimos, y él respondió: "Ah, vale papi, ya está".

Tomás: [Asiente, satisfecho con la dinámica descrita] Ah, bien, bien. Entonces claro, ese superyó autoritario... Esto es lo que yo les decía antes: los hijos le obedecen a nuestro superyó. Y tu superyó es como tu mamá. [Señala a la cámara para remarcar la confrontación] Tú no eres exactamente como tu mamá y tampoco su papá -ustedes podrían darle más espacio para ser él-, pero Eric responde a tu superyó y acaba inhibiéndose casi tan fuerte como lo hacías tú de niña frente a tu mamá, Por eso es tan importante lo que les explicaba antes. Cuando nos quitamos el superyó de encima, ahí conectamos con nuestros hijos y ahí les damos espacio. [Hace un gesto de expansión con las manos] Si tú estás libre de eso, lo liberas a él. Sólo así él realmente se libera. Y como él tiene 10 años, está totalmente a edad de ser salvado de esa mamá que has cargado dentro… es una especie de militar; da órdenes, reparte sanciones y no mira a nadie más que a los que están por sobre ella, los que están por debajo son invisibles, sólo deberes.

Tatiana: [Sonríe aliviada, acomodándose en la silla] Sí, sí. Pero esto fue increíble, Tomás. Muchísimas gracias. Qué fuerte. Muchas, muchas gracias.

Tomás: Sí, gracias a ti también.

También envié el borrador a Tatiana y me compartió sus palabras al leerlo. El trabajo terapéutico no termina cuando se acaba la sesión; la verdadera integración ocurre en el eco de los días siguientes.

"Esta experiencia terapéutica fue una verdadera montaña rusa. Llegué con dudas y resistencias, pensando que tal vez no lograría entregarme al ejercicio. Sin embargo, cuando mi mente se nubló, mi cuerpo habló: tembló, recordó y volvió a sentir cosas que yo había sepultado. Lo más profundo fue habitar el deseo genuino de poder VER a mi hijo. Dejar de sentirlo como una carga para descubrir a ese niño que simplemente me invita a jugar y a disfrutar. Conectar con él de niña a niño fue profundamente liviano, un alivio inmenso. Hoy puedo decir que lo escucho de verdad, no de mentiras... lo escucho y lo veo. Seguiré trabajando en mi proceso para romper ese traje tan pesado que me construí en la niñez, y que tanto daño nos hace a mí y a mis hijos. Gracias, Tomás."

Nuestros hijos no necesitan que alcancemos la perfección. Si podemos ser brutalmente honestos con ellos y nosotros mismos, ¡es más que suficiente!

Conversación en clases

En clases, siempre que terminamos un trabajo terapéutico doy la palabra a quién quiera compartir sus experiencias o hacer preguntas. Porque la mayor parte de las veces, ver el trabajo de otra persona resulta profundamente removedor y sanador para los testigos. Para terminar dejo algunas palabras que compartimos ése día.

Patricia: [Tono de voz quebrado, visiblemente conmovida. Se toca el rostro cerca del auricular] Estoy conmovida. Mi hijo ya tiene 35 años, y esto me tocó profundamente. Yo me iba a mis ensayos, a mis giras, a mis presentaciones. Todo ese tiempo no pude estar ahí. [Hace una pausa y respira hondo, procesando el dolor emocional] Me impactó mucho esta terapia y comprendí muchas cosas. Yo soy una persona que, como mecanismo de defensa, opero bajo el "yo no necesito de nadie, voy para adelante y todo lo resuelvo". [Hace un gesto de empuje hacia adelante con la mano] Pero conectarse de esa manera tan profunda, tan verdadera... No, pues, gracias Tatiana, Tomás, gracias. Me dejó el corazón arrugadito. Porque es ver cómo uno ha repetido cosas. [Desvía la mirada, reflexionando] Mi mamá también me puso a mí a cuidar a mis hermanos. Eso es una cosa que nos pasa mucho a las mujeres: que nos ponen a hacer tareas que no nos corresponden.

Tomás: [Interviene con voz empática y analítica] Es algo que te podría haber pasado si hubieras tenido más hijos. Porque como salías harto, si hubieras tenido una hija mayor, seguro que la ponías en esas. 

Patricia: [Asiente lentamente, aceptando la observación] Sí, no. Muchas gracias.

Tomás: [Gesticula con las manos para enmarcar el concepto teórico] Gracias, Patricia. Por esto es tan potente conectar con los hijos. Nuestros padres en cierto sentido ya son parte de nuestro pasado, pero nuestros hijos son nuestra vida, son nuestro corazón vivo caminando en otro cuerpo por el mundo. [Pone la mano en su propio pecho] Es con nuestros hijos con quienes realmente estamos dispuestos a quitarnos la coraza, porque los amamos. El poder de este amor permite desarmar la estructura de nuestro ego y aceptar sin vacilar nuestra disfunción, sin defendernos. Es muy difícil que nuestro ego esté dispuesto a tanto si lo que está en juego no es algo que realmente nos importe. Entonces podemos decir cosas tan radicales como: "¿Sabes qué? Es verdad que tengo un montón de cosas que hacer, pero mejor voy a conectar contigo. Y voy a jugar contigo". Es decir, me voy a dar el permiso que yo no tuve y también te lo voy a dar a ti. Sólo cuando vemos el daño que le hacemos a nuestros hijos y esta comprensión nos parte el corazón podemos comprender el calibre de nuestro problema. ¿Sí? [Pausa dramática] Conectar con los hijos nos trae los pies a la tierra. Es maravilloso. Cuando trabajamos con nuestros padres es muy difícil ver la verdadera dimensión de nuestro problema porque las consecuencias, a pesar que están destruyéndonos la vida, no nos duelen tanto porque hemos anestesiado nuestro propio dolor. Sin embargo la compasión hacia nuestros hijos nos quita la anestesia asesina que nos envenena el alma. Cuando vemos que herimos a nuestros hijos, eso sí que nos toca y si tenemos el coraje de oír, tenemos la posibilidad de liberarnos.

Patricia: [Con tono seguro y compasivo] Claro, es un amor incondicional. Y me parece genial que Tatiana, con ese niño de 10 años, tenga esta herramienta que yo no tuve. Yo por mucho tiempo creí que había sido la mamá más abnegada y completa, y luego poco a poco me fui dando cuenta de los vacíos. Hice muchas cosas bien por mi hijo, pero dejé muchos vacíos. Y también porque me tocaba todo, me tocaba salir a cazar el bisonte. [Sonríe levemente ante su propia metáfora] Yo no hacía teatro solamente por placer; era lo que sabía hacer y lo que me daba la manutención de él, su colegio y todo. ¿Sí? Él tuvo llaves de la casa a los seis años. Imagínese. Eso es muy fuerte para las mujeres.

Tomás: [Asiente con la cabeza, concluyendo la idea con suavidad] Sí. Yo diría una cosa más: es verdad que muchas veces hay que hacer muchas cosas, pero el verdadero motivo de la no conexión no es solamente tener que hacer muchas cosas. Es que uno está formateado para funcionar de cierta manera. Eric dijo: "Mira, si igual me puedes mandar a lavar los dientes, pero hazlo jugando". [Gesticula con ambas manos para enfatizar la idea] Eso no requiere más tiempo. Simplemente requiere dejar el funcionamiento introyectado de la infancia. No requiere más tiempo, no requiere más energía. De hecho, es más energía darle órdenes a Eric que pedirle que se lave los dientes jugando.

Patricia: Sí. [Asiente lentamente con la cabeza]

Tomás: ¿Se entiende? Y Tatiana también lo dijo: "Ahora que me saqué la coraza, ya no siento a mi hijo como una carga, es una bendición, todo lo contrario, se siente como algo que me aliviana.” El problema no es que tengamos que trabajar. Es que seguimos funcionando con el introyecto de nuestra infancia, con ese superyó, vivimos dentro de un personaje que nos pesa. Basta con salir del personaje para que nuestra vivencia y la de nuestros hijos cambie dramáticamente. Y es difícil salir de nuestro personaje porque nos sentimos obligados a representarlo debido a que tenemos miedo de perder el amor del superyó de mamá y de papá. Por eso no conectamos. De modo que es verdad que hay circunstancias difíciles en la vida, pero lo que hace que repitamos la historia no son las circunstancias, es la estructura de nuestra personalidad. [Mueve las manos formando un marco imaginario] Son las limitaciones que nuestro superyó nos impone.

Patricia: [Asiente con la cabeza mientras escucha atentamente]

Tomás: Eric no tiene ningún problema con que Tatiana tenga que cocinar o lavar ropa. Solo tiene un problema con que Tatiana le mienta: "Hijo, estoy contigo", mientras en realidad está lavando la ropa. Entonces, si Tatiana le dice: "Hijo, ahora estoy lavando la ropa, no estoy contigo", Eric no tiene ningún problema con eso si Tatiana también puede jugar con él de vez en cuando. Coas que además a Tatiana le gustaría hacer, no es tanto esfuerzo hacer algo que uno quiere hacer. Pero si tu superyó te dice que no debes jugar, entonces evidentemente jugar lo vas a sentir como un esfuerzo que te pesa. No es que él necesite que ella esté todo el día mirándolo. ¿Se entiende? [Eleva las cejas y gesticula con las manos abiertas] Entonces, no es más tiempo. Es sacarse la coraza Sacarse el introyecto, dejar de representar el personaje que apaciguará al superyó de mamá y papá. Por esto es que para quitarnos el personaje necesitamos defendernos visceralmente del tirano interno. No podemos ser nosotros mismos si no conquistamos nuestra libertad y damos una buena pelea contra el enemigo. Cuando éramos niños no podíamos ganar, nuestros padres eran más fuertes. Pero ahora si podemos ganarles por dos motivos: Ya no los necesitamos para sobrevivir y tenemos mucha más fuerza. Por esto es que siempre en estos trabajos tenemos un momento visceral de gritar, golpear y expulsar a nuestro padres de nuestro cuerpo. La mayoría de los terapeutas le tiene miedo a la intensidad y a la agresión, creen que puede ser malo permitirla. No es verdad, como decía Claudio Naranjo, los adultos necesitan recuperar la furia y la tristeza infantil.

Tomás: Sí. Gracias. Gracias, Patricia. Estas cosas solo se pueden entender cuando uno hace un trabajo así. [Mueve las manos cerca de su rostro] Es imposible explicar esto a alguien y que lo entienda si no tiene la experiencia o al menos la puede presenciar. Esto sólo se puede entender con todo el cuerpo, con todo el desgarro de nuestro corazón y el éxxtasis sublime de nuestro amor. Hay que hacer ese proceso que es súper profundo, el trabajo que hicimos, ¿se dan cuenta? Ni en mil años habríamos podido lograr lo que Tatiana logró si yo le hubiese intentado explicar lo que sucedía. Así que yo voy a escribir un artículo en donde cada gesto y palabra queden registrados, con la sesión que tuvimos con Laura y la que hemos tenido ahora. Así que va a quedar para que lo puedan leer y revivir. Y Eric va a ser el mayor beneficiado. [Sonríe ampliamente y ríe] Laura. [Hace un gesto con la mano dándole la palabra]

Laura: [Se acerca a la cámara, se toca la frente y ajusta sus audífonos] Sobre este trabajo y también el mío, es que justo esta semana estaba leyendo una partecita de terapia que le pregunta Perls a la paciente... [Mira hacia arriba, recordando] Ella está hablando de la mamá y él le pregunta: "El asunto más importante es, ¿para qué necesitas a tu madre? ¿Para qué la llevas contigo todavía?". Entonces ella le dice: "¿Quieres decir que por qué la llevo a cuestas?". Y él le dice: "Sí". Entonces ella le dice: "Supongo que porque quiero hacerlo. Debo querer quedarme con su existencia". Entonces me surgían muchas preguntas porque, al sentirlo uno en la experiencia, es como... sí, claro, ¿por qué sigo llevando... de alguna forma hay una parte de uno que sigue llevando a sus papás, como la forma en que uno se tiene que comportar como sus papás? No sé si eso es lo que significa llevarlo a cuestas. [Mira fijamente a Tomás, esperando confirmación]

Tomás: Sí, significa eso. y para ser más preciso, llevar a cuestas a los papás es llevar a cuestas el superyó de ellos y representar el personaje que éste nos obliga a ser. Es seguir obedeciendo y complaciendo a la parte violenta de nuestros padres. A veces le llaman a eso lealtad. Yo a eso le llamo miedo. Es decir, hemos aprendido que si no obedecemos al superyó de nuestros padres, vamos a morir. [Lleva una mano al pecho] La estructura del superyó es siempre la misma “Debes ser de tal modo y no ser de tal otro o la consecuencia será la  muerte”. Si dice que tengo que ser el más eficiente del mundo, entonces no puedo dejar de ser eficiente porque si no, siento que me voy a morir. Si dice que yo no me tengo que enojar, porque si me enojo me van a dar una golpiza, entonces yo no me tengo que enojar. Algunos teóricos le llaman a esto lealtad. Pero no me gusta llamarle así porque porque la lealtad es una cualidad esencial que surge de la profundidad del corazón cuando uno se siente amado y toma la radical decisión de amar. Con el superyó somos obedientes, no leales, porque le tenemos miedo. Por esto es que siempre que le obedecemos, nos sentimos también heridos y resentidos. Cuando somos leales con algo que amamos nos sentimos orgullosos, no resentidos. [Baja las manos y se reclina levemente] Para un niño es casi imposible decir “basta” al superyó de sus padres. Si nos peleamos con el superyó de nuestros padres todos los días, nuestros padres se van a volver locos y van a terminar odiándonos. No podemos hacer eso, los necesitamos. Pero cuando somos adultos ya no necesitamos al superyó de nuestros padres metido adentro nuestro como un introyecto. Nos podemos deshacer de eso. Y eso nos permite ser libres y ser nosotros mismos. En el caso de Tatiana, jugar. [Sonríe] Jugar y poder estar más en sintonía con sus propios deseos. también tenemos miedo de deshacernos de nuestro superyó porque creemos que eso va a hacer que dejemos de querer a nuestros padres. Pero es to no sucede, los puedo querer más incluso ahora su superyó ya no me tortura. Lo que hacemos no es deshacemos de nuestros padres. Nos deshacemos de la enfermedad de nuestros padres que se ha convertido en la nuestra. Así es como se transmite el karma familiar. [Hace un gesto circular con el dedo índice] Es una cadena que se transmite generación tras generación porque todos le tenemos miedo al tirano interno. Lo que hacemos en Terapia Gestalt, al movilizar toda la agresión posible contra el introyecto, como hacer la protesta de Eric o los empujones de Tatiana, es dar permiso a la persona de defenderse del agresor por primera vez en su vida. [Alza las manos a la altura de los hombros en posición de defensa] Y descubrimos que en realidad el enemigo no era tan terrible, ni tan fuerte, y que las amenazas que nos hacía no eran reales. Nos podíamos defender, no pasaba nada. Cuando niños no podíamos, pero ahora sí. Entonces, ¡pum! [Hace un gesto corto de empujar con la mano] Lo expulsamos. Y no pasa nada. Solo pasan cosas buenas.

Tomás: Maldición, voy a estar escribiendo todo el fin de semana. [Se ríe y apoya la cabeza en la mano] Tatiana.

Tatiana: En el momento en que me dijiste que hiciera así... [Imita un movimiento de empuje con la mano] pues yo lo hice por fe, no porque quisiera. Entonces yo hice así, y hubo un momento en que algo en mi cabeza me dijo: "Pero ya no soy esa niña pequeña, ya me la puedo quitar". [Gesticula con la mano afirmando] Y entonces fue cuando me preguntaste y yo te dije: "No, yo lo que quiero es hacer así: ¡quítese de aquí, no me pegue más!". Así. [Levanta la mano y hace el gesto de empujar con fuerza] Como ese cambio de "ya no soy esa niña pequeña, estoy aquí yo, grande y fuerte". Eso fue muy bonito, fue muy bonito. [Sonríe con ternura]

Tomás: Sí, maravilloso. Y el movimiento permitió que la energía se empezara a mover, porque había mucha energía. [Mueve las manos en círculos hacia adelante] Entonces bastó con que te empezaras a mover y de pronto algo conectó, y conectaste con tu impulso y tu deseo. Y ahí tú pudiste decir: "Esto es lo que quiero hacer. ¡Chao!". [Hace un gesto resuelto de despedida con la mano]

Tatiana: Sí. [Asiente con la cabeza]

Tomás: Entonces a veces el movimiento muchas veces genera algo mágico. Mover lo que está congelado permite que algo se empiece a desarrollar en la dirección correcta. Si no te hubiera propuesto que comenzáramos un movimiento más agresivo, todavía estaríamos conversando con tu mamá y tú llorando ahí... y tu mamá estaría más enojada, ya te estaría pegando. [Se ríe abiertamente]

Tatiana: Sí, si tú no me propones eso el curso cambiaría de nombre, sería "Salvemos a Tatiana". [Ríe a carcajadas junto con Tomás y otros participantes] Ay, muchas gracias a todos. De verdad, chicos, muchas gracias, muchas gracias. [Junta las manos en señal de agradecimiento]

Tomás: Maravilloso. Yo tengo muchas ganas de enseñarles a ustedes a trabajar de esta forma. Cómo sanar heridas de infancia para criar y liberarnos de la maldición familiar. Quiero enseñarles a ustedes y a otros alumnos, para que podamos ayudar a muchos padres y madres que quieren de verdad criar a sus niños desde una conexión hermosa. Esta forma de trabajar es una herramienta potente y hasta ahora no he visto a otras personas hacer algo así. Es una joya que hay que compartir, porque hay muchos padres y madres interesados en conectar de verdad y que están dispuestos a todo por lograrlo, que ya se leyeron todos los libros de crianza respeutosa pero todavía se dan cuenta que algo les falta. Ayuda leer todos esos libros, creo que es un paso, pero no basta. Porque mientras nuestro superyó y nuestra estructura siga ahí, no vamos a conectar. [Señala su cabeza] Y vamos a repetir igual, quizás en una versión un poco más soft, pero seguimos repitiendo el mismo patrón hasta que nos quitamos esa estructura de encima. Y eso solo sucede si esto pasa por el cuerpo. 


La sanación que acabamos de explorar es solo el comienzo. En junio de 2026, inicio una nueva formación en Terapia Gestalt, diseñada para quienes desean profundizar en la consciencia, el trabajo corporal y el encuentro auténtico. No es requisito tener experiencia previa, si es requisito tener la intención de convertirte en terapeuta.

Si ya eres terapeuta, desde el día 1 verás cómo mejora tu técnica y tu trabajo se vuelve más profundo y efectivo.

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