La Clave de la Salud Psicológica: Descubrir Dónde está el Amor
- Tomás de la Fuente

- 12 dic 2025
- 9 Min. de lectura
Actualizado: 12 dic 2025
Una de las cosas que más nos enloquece son las cosas que aparentemente no pueden juntarse.
Y hay tantas, que vivimos con el alma partida por la mitad.
Por ejemplo, tus padres separados no pueden verse la cara y tú los amas a ambos. O sientes que quieres gritarle toda tu furia a la persona que más amas. O el político de izquierda acusa al de derecha de autoritario y el de derecha acusa al de izquierda de totalitario. O quieres que todo el mundo te deje en paz, pero tienes miedo de estar solo. O quieres dormir, pero tienes mucho por hacer. O quieres seguir haciendo cosas, pero necesitas irte a dormir. O agradas a los demás o te complaces a ti mismo.
Sentimos que el alma se nos parte en dos porque nuestra alma es amor, pero cuando las cosas se oponen no parece en absoluto que hay amor, sino dos bandos enemigos que se quieren destruir. Nuestra alma no tolera la guerra. Y cuando la guerra dura demasiado tiempo, el alma ya no quiere estar aquí. Se nos quitan las ganas de vivir. Se nos pierde la sonrisa cuando las cosas no se pueden juntar y pasamos a ser una suerte de maldición viviente. Con nuestra mirada apesadumbrada podemos matarle la mirada a los otros.
La verdad es que la oposición entre las cosas es sólo aparente. No logramos ver donde se tocan porque no estamos despiertos a nuestra verdadera naturaleza. Lo que nos tiene rotos no son las cosas que no se juntan, sino que no nos hemos percatado que el unificador universal lo tenemos en nosotros. Cuando algo está más cerca de nosotros mismos que nuestra propia nariz, entonces nos resulta muy difícil verlo.
Afortunadamente, la miopía espiritual tiene remedio. Desafortunadamente, en lugar de que nuestra respuesta instintiva sea intentar corregir nuestra ceguera, corremos a pelear con el bando contrario. Afortunadamente, esto tiene remedio. Desafortunadamente, requiere cierto esfuerzo salir de este embrollo y la mayoría de las personas o no quiere, o no sabe que se puede, o tiene miedo de intentar resolverlo. Afortunadamente, hay muchas personas que igual que yo, estamos trabajando para compartir este conocimiento. Desafortunadamente, somos bien pocos, pero las cosas buenas florecen porque nuestro sistema nervioso está diseñado para querer lo que le hace bien. Afortunadamente, cada día hay más interesados, y, si estás leyendo esto, es una prueba de esto.
Pelear con el bando contrario significa que cada vez que hay dos cosas en conflicto, te atrincheras en una y le haces la guerra a la otra. Por ejemplo, si tus padres separados no pueden verse la cara, tomas partido por alguno de los dos y así acabas traicionando a la mitad de tu corazón. Si no puedes descubrir cómo juntar el desear gritar a la persona que amas con el amor que le tienes, entonces podrías ser leal al amor que le tienes y traicionar los motivos -seguramente válidos- de tu enojo, o bien le gritas, traicionando el amor que le tienes y así, de todo modos te acabas traicionando. Si decides que eres de izquierda cada vez que el político de derecha abre la boca, tu cierras los oídos y acabas traicionando algunas cosas que te hubieran hecho sentido si no te hubieras atrincherado y así, te traicionas a ti y quizás a toda la mitad de un país también. Si quieres que todo el mundo te deje en paz pero te atrincheras con tu miedo a estar sólo, juzgas cada intento de independencia y autonomía como egoísmo y te sientes culpable de tu irritación, o si te pones de lado de tu deseo de que todo el mundo te deje en paz te sientes después sólo y te avergüenzas de tu supuesta “dependencia” de los otros.
La batalla puede terminar si descubres el unificador universal. La mayoría de las personas o no cree que algo así exista, o no está dispuesta a hacer lo necesario para descubrirlo. Les parece que es más seguro vivir atrincherado en alguno de los dos lados, aunque así la vida se sienta horrible. Renunciamos a la mitad de la existencia sólo porque nos parece que el amor está en uno solo de los lados. Por un motivo muy simple, porque nuestro amor es tan apasionado que acabamos rechazando de plano todo lo que nos parece que está vacío de amor. No es falta de amor el problema, es amor fanático. Amor miope. De verdad, a nadie le falta amor, es que lo pone en una sola vereda.
Así, si me parece que mi madre es más amorosa que mi padre, lo lanzo a él por la borda, y aunque lo sienta igual que arrancarme un brazo, me autosometo a ello en nombre del amor. O bien si he aprendido que el amor es solamente agradar a los demás -porque de hecho, los amo-, todo impulso a agradarme a mi mismo lo lanzo por la borda, sin importar si vivir en eterno sacrificio hace que me sea imposible respirar, sin importar si mis niveles de estrés están a punto de acabar con mi sistema cardiovascular, o si eso significa desarrollar cualquier enfermedad autoinmune, porque me diré a mi mismo que es más decoroso enfermarse que ser egoísta y complacerse a uno mismo.
Vemos las cosas en términos demasiado dicotómicos: Sólo podemos ver amor a un sólo lado de la realidad. Es un problema de visión, vemos el amor con un sólo ojo y con el otro no vemos nada y toda la región que queda oculta a nuestra visión la llenamos de fantasías de monstruos... y acabamos viendo monstruos donde no los hay. Donde sea que miremos vemos que hay un sólo lado correcto por el cual caminar y del otro ni hablar, ojalá a ese otro lado de la realidad lo pudiéramos destruir. Si nuestro problema visual se apoderara del mundo, desaparecería la mitad de la población en un abrir y cerrar de ojos. Lo digo en serio, ¿has notado la brutal violencia con la que te tratas a veces? Y si lográramos deshacernos de la mitad del mundo, eso dolería y nos perjudicaría mucho, porque si no tuviéramos un ojo malo, nos daríamos cuenta que a esa otra mitad también la queremos y la necesitamos. La buena noticia es que no nos falta amor, es que nos falla un ojo. Y en realidad ese ojo no nos falla, sólo lo tenemos cerrado. Es un problema muscular, y la musculatura, no importa cuán atrofiada esté, se puede recuperar.
Después de 20 años de hacer terapia he descubierto cuál es el secreto de la salud mental: ayudarle a la personas a descubrir el amor donde creían que no estaba. El amor siempre está en todos lados, sólo que ese ojo que tenemos cerrado nos impide darnos cuenta de esto. Y para abrir el ojo, es necesario meterse por un rato en ese lugar que parece despojado de toda la bondad. Esta es la parte difícil, nos da bastante miedo entrar en ese territorio que parece tan oscuro. Y ese es el arte del terapeuta, invitar al otro a meterse justo donde no quiere. Si alguien se queja de que se siente triste, le ayudo a estar triste con sus dos ojos bien abiertos, sin parpadear, para que llegue hasta el fondo del asunto, es decir, hasta el amor. Si alguien se queja de que se siente deprimido, le ayudo a estar deprimido con sus dos ojos bien abiertos. Si alguien se queja de su pareja, le ayudo a mirarla con sus dos ojos bien abiertos. Al principio todos forcejeamos con una invitación tan radical. nos defendemos porque el alma sin amor se muere y por eso nos da tanto miedo entrar ahí donde creemos que no hay amor. Pero cuando uno se atreve a abrir bien los dos ojos -que sobretodo sirven para ver el amor-, al final descubre tantas cosas buenas en el supuesto lado oscuro que poco a poco se anima a colaborar con la medicina que se le ofrece.
Por ejemplo, a la persona que siempre complace a los demás la invito a jugar a ser indiferente y egoísta, entonces en ese juego descubre que la indiferencia con los otros no es maldad, sino amor a sí mismo y que este amor no se opone al amor a los otros, porque el amor nunca se opone a sí mismo. Acaba por descubrir que puede amarse a sí misma y también amar a los otros. O al que lucha por ser independiente y autosuficiente le invito a expresar su dependencia a los otros y a confesársela a sí mismo, hasta que acaba descubriendo que su supuesta “dependencia” de la cual se avergüenza, es su capacidad de amar a los otros y que además no se opone a su independencia. Descubre que puede ser independiente y también dependiente, cada cosa en su lugar y su momento.
Cuando miras cada lado de la vereda con profundidad te das cuenta que siempre a ambos lados hay amor a algo. El amor tiene una inteligencia intrínseca, sabe cómo darse lugar a sí mismo. Este arte nos lleva a descubrir soluciones que estaban completamente fuera de nuestro mapa de posibilidades.
El amor no está nunca en contra del amor, todas las partes de la realidad pueden tener su lugar. Por ejemplo, la furia que sientes hacia tu pareja, es amor a ti mismo, y si no rechazas tu furia, descubres que puedes amarte a ti también -me tomó años hacer este descubrimiento porque yo antes no podía enojarme-. Cuando ves que no se trata de amar al otro o a ti mismo, sino que se trata de amar al otro y a ti mismo, el momento y el tiempo para cada cosa siempre está disponible.
El amor sabe hacerse camino, siempre y cuando lo puedas ver, por supuesto. Porque si sólo ves tu ira, pero no el amor que hay en ella, entonces podrías acabar destruyendo algo que en realidad valoras. O si sólo ves tu depresión pero no el amor que hay en ella, entonces puede que acabes postrado en una cama en lugar de vivir un profundo proceso de transformación.
Llevo varios días escuchando a gente pelear en las redes sociales. Debates sobre batallas culturales y posiciones políticas, muy interesante por cierto. Y hace un par de días me encontré con una conversación de un hombre siendo entrevistado por una mujer. Ella estaba muy atrincherada en una posición que podríamos considerar como feminismo radical. El, no tenía trinchera. Después de ver cientos de videos con gente atrincherada en algún lado, me llamó profundamente la atención que alguien no tuviera trinchera. Ella quería destruirlo y era abiertamente agresiva con él. El no se defendía y, si bien no cambiaba sus opiniones, no invalidaba a la mujer en absoluto. ¿Cómo hacía esto? Evidentemente la respetaba porque veía que sin importar cuán radicales y violentos eran los ataques hacia él, lo hacía por una buena razón: porque sentía amor profundo a algo. Y al mismo tiempo, sentía hacia sí mismo el mismo respeto que le podía dar a ella. Impresionante.
Este hombre, evidentemente ha podido crecer más allá del amor fanático, puede verlo con los dos ojos. Por cierto, este hombre ha sido psicólogo clínico durante muchos años de su vida -seguramente su profesión ha sido un buen entrenamiento-. Tiene los dos ojos bien abiertos y evidentemente no sentía necesidad de hacer pelear una mitad del amor con la otra. Fue hermoso, al final de la entrevista ella ya no quería pelear con él. Fue esperanzador ver a un terapeuta conversar con una persona tan atrincherada sobre temas que le interesan a la política. Yo creía que los psicoterapeutas no tienen nada que aportar en el ámbito público y político, pero ver esto me hizo ver lo que tenemos para aportar.
Necesitamos vivir un proceso profundo para aprender a ver el amor en todas las cosas, sólo así va a ser posible ponernos de acuerdo, hoy en día que hay tantos buenos argumentos para decir que todos los demás están tan equivocados. Por eso enseño a otros a convertirse en terapeutas, necesitamos que muchas personas aprendan este arte, hasta que se vuelva algo tan natural como aprender matemática.
Cuando miras con tus dos ojos, puedes ver el amor en todos lados y no necesitas hacer que un lado pelee con el otro. Porque el amor no combate al amor, porque sabe que amor + amor = Más grande Amor.
Y bueno, ¿cómo se hace para descubrirlo? Explora la vereda que tienes al frente. ¿Tienes miedo de tu ira? Conócela hasta descubrir qué es lo que tu ira ama. ¿Tienes miedo de tu depresión? Explórala hasta descubrir que es lo que tu depresión ama. ¿Tienes miedo de otra persona? Explórala hasta descubrir qué es lo que esa persona ama. Deja que ese amor toque tu corazón y abra tu mente, valida al otro su amor y verás cómo ésa persona se abre al tuyo. Cuando miras con los dos ojos ves en tres dimensiones y dejas darte de golpes con cada cosa que encuentras en tu camino.
Cuando el amor se reconoce a sí mismo, la batalla termina.
Cuando reconoces que tu naturaleza es el amor, ya no tienes enemigos.
Tu eres amor.
Todo lo que hay en ti, ahora mismo, es amor a algo, si no lo puedes ver así, hace falta entrenar unos pocos músculos.
Y lo más interesante de todo es que ese amor que hay en tí, es el mismo amor que hay en el otro. No hay una cosa como tu amor y el amor del otro. Hay El Amor, que se manifiesta de formas particulares en cada persona. Y mientras más ojos tiene una persona abiertos, entonces más abierto y brillante se vuelve el amor y mejor puede ver que el otro es lo mismo que él... ¡amor!
Es doloroso no ver el amor por una razón muy sencilla. Porque SOMOS amor. No ver el amor en todas las cosas, es no poder verte a ti mism@. Esto es lo que más nos enloquece, es el único y verdadero trauma, desconocer lo que somos.
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