top of page

Suscríbete a mi Blog

Recibe directamente en tu correo Ideasquesanan para el

Despertar de la Consciencia y el Florecimiento del Corazón

Sanar al Niño Herido sin sentir Lástima: Un caso real de Terapia Gestalt sobre Proyección y Furia Reprimida

El trabajo con Juan que hicimos durante esta clase con alumnos de primer año, comenzó a partir de una pregunta que me hizo él. Ese día quise hacer una clase “miscelánea”. Estas son mis clases favoritas, son clases en las que comienzo diciéndoles a todos algo así como “Hoy día tendremos una clase miscelánea, puede pasar cualquier cosa. Si alguien tiene alguna pregunta, o quiere trabajar algo personal y supervisar algún proceso de terapia con un consultante, adelante. También pueden compartir cualquier experiencia. Así que cualquier cosa puede pasar hoy.” 


Y son mis favoritas porque este es el sello de la Gestalt. Trabajamos con lo que hay en el presente y no planificamos nada. Entramos en contacto con lo que está más vivo para cada uno y de eso aprendemos. Estas clases deliciosas las podemos tener con alumnos que ya llevan cierto tiempo aprendiendo. Y este grupo ha sido uno de mis grupos favoritos yhan aprendido un montón en un año. 


De tarea durante la semana le había pedido a todos que se reunieran en parejas a terapearse. En mis cursos le pido a mis alumnos que practiquen entre ellos bastante a menudo, dos o tres veces al mes, porque es la única forma de desarrollar destreza con la técnica. La pregunta de Juan surgió a partir del ejercicio en el que él fue terapeuta de Tatiana.


Tomás: [Mirando a la cámara, tono relajado] Vamos a comenzar. Hoy día nuevamente me gustaría que tengamos una clase miscelánea en donde todo podría pasar. Si alguien quiere trabajar, puede ser; si alguien quiere supervisar, si alguien tiene preguntas sobre lo que sea... bienvenidos. Juan, tú me estabas preguntando unas cosas por whatsapp, tenías algunas dudas sobre el trabajo que hicieron con Tatiana. Es mucho mejor si me preguntas por aquí. Eran unas preguntas sobre un trabajo que hicieron contigo, Tatiana, y si está bien para ti, Tatiana, yo estaría feliz de que lo revisemos.


Tatiana: [Asintiendo mientras come algo] Ok, ya.


Juan: [Se acomoda en la silla, mirada algo dispersa, rascándose un poco la barba] Bueno, creo que el trabajo que hicimos con Tatiana fue muy emotivo, muy profundo. La verdad es que llegamos a heridas que están ahí desde hace muchos años. Y quedé un poquito preocupado porque en una sesión uno abre un espacio, pero en realidad hay muchas aristas. Siento que sólo tomamos una partecita, faltan cosas todavía... y Tatiana lloró mucho. Eso me dejó preocupado, aunque a la vez entiendo que estaba viviendo un proceso de sanación. Pero me hubiera gustado quizás explorar un poquito más otras aristas que vi. En el fondo, no es una terapia propiamente tal, sino que es un ejercicio. Entonces me quedé preocupado porque se abrieron cosas y no sé si logramos cerrar tanto. Le ofrezco a Tatiana también, si ella considera o quiere seguir explorando un poquito estas cosas que vimos, por mi parte estoy dispuesto.


Tomás: [Haciendo un gesto con la mano para detenerlo levemente] ¿Y qué es lo que te preocupa? No, espera, ésa pregunta sería para tu cabeza y hoy quiero ser más gestáltico, entonces dime: ¿Cómo es tu preocupación? ¿Cómo se siente esa preocupación en tu cuerpo? Y también, ¿qué es exactamente lo que te preocupa?


Juan: [Llevando la mano a su barbilla, pensativo] Me siento responsable de alguna forma de abrir procesos, explorarlos y cerrarlos. Creo que por ahí va el camino y el rol del terapeuta. Como fue poquito tiempo, siento que quedan cosas abiertas o podrían quedar cosas abiertas que no logramos explorar. Le escribí un día a Tatiana para saber cómo estaba, me contó un poquito y encontré increíble lo que me dijo, pero me quedé con la preocupación de que quizás debiéramos haber explorado un poquito más o de poder darle más apoyo.


Tomás: Ya, pero ¿qué es lo que te preocupa? ¿Qué te imaginas que le va a pasar a Tatiana?


Juan: Quedar con un proceso abierto y...


Tomás: [Interrumpiendo suavemente] ¿Y qué le podría pasar si queda con un proceso abierto?


Juan: Me siento responsable de alguna forma de eso.


Tomás: ¿Sientes culpa?


Juan: [Sonríe nerviosamente y se frota el rostro] Es que siento que es una responsabilidad enorme abrir un proceso de una persona y dejarla.


Tomás: Sí, pero... ¿cuál es el crimen? ¿Qué le va a pasar a Tatiana si se queda con el proceso abierto? ¿Qué te imaginas? ¿Se va a romper, se va a morir, se va a deprimir, se va a traumatizar? ¿Qué pasa?


Juan: [Frunciendo el ceño, ladeando la cabeza] Se me ocurre que podría estar muy triste, muy afectada. Eso ya es mío, ¿no es cierto? Es una suposición.


Tomás: Ya. Imaginas que ella podría estar muy triste. Y, ¿cuál sería el problema de que ella estuviera triste? ¿El problema sería que ella esté triste y sea tu culpa?


Juan: Sí, puede ser. Puede ser que haya una parte mía de culpa, de sentir esa culpa por abrir procesos y no cerrarlos.


Tomás: Ah, como si hubiera sido tu culpa abrir el proceso.


Juan: Claro.


Tomás: [Con tono más didáctico pero directo] Ya. Cuando uno se siente responsable de algo es culpa, se llama culpa esa emoción. ¿Y cuál es el problema de que ella esté triste? ¿Qué te imaginas? ¿Se va a romper, se va a morir, se va a deprimir, se va a traumatizar? ¿Qué pasa?


Juan: [Moviendo la cabeza de lado a lado] No, no le va a pasar nada, va a estar triste nada más. Va a hacer un proceso emocional de sacar cosas de adentro. Pero me gustaría acompañarla en ese proceso, no dejarla ahí tirada. Me siento responsable en ese sentido. Entiendo también el proceso...


Tomás: [Cortando la racionalización] Ya, mira, hagamos una cosa. Yo quiero saber más de tu culpa. Después le voy a preguntar a Tatiana qué opina de tu responsabilidad, pero me gustaría saber cómo se siente esto en tu cuerpo. ¿Me puedes decir cómo te sientes en tu cuerpo al imaginar que Tatiana se quedó con un proceso abierto y que podría estar muy triste?


Juan: [Largo suspiro, se lleva la mano derecha al centro del pecho] Sí, siento una cosa aquí en el pecho, como una sensación de angustia, de pena.


Tomás: Sí, me encanta. Ahí lo estás sintiendo. Me gustaría invitarte a que lo exploremos. ¿Te gustaría explorarlo más profundamente?


Juan: Sí, sí.


Tomás: Ya, buenísimo. Te invito a cerrar tus ojos y siente esta angustia. Imagínate esta escena: abrieron todas estas cosas, Tatiana está muy triste y sientes esta angustia ahí en tu pecho. Te quiero invitar a sentirla y a que me digas, ¿en qué otros momentos de tu vida has sentido esta misma angustia?


Juan: [Con los ojos cerrados, tono mucho más interno, bajando la voz] Creo que en la etapa de mi infancia también. Tuve el abandono de mis padres. Quizás no un abandono en el sentido de que se hubieran ido para siempre, sino que simplemente no estaban cerca. Como el niño que quiere a sus padres o quiere el amor de sus padres y no están. Sentía una gran soledad y angustia. Me conecto con eso. Con ese abandono.


Tomás: Bien. Entonces te invito a sentir esta angustia. Parece que te conecta con tu experiencia de sentirte abandonado, ¿no?


Juan: Sí.


Tomás: Eso. Siéntela e imagínate que eres este Juan niño. ¿De qué edad eres?


Juan: Cuatro años.


Tomás: Como cuatro años. Dale, entonces te voy a invitar a que te imagines que tienes cuatro, siente esta angustia y busca una postura corporal que sea coherente con esta escena, con esta sensación de ser niño.


Juan: [Se encoge visiblemente en la silla, juntando un poco los brazos]


Tomás: Eso. Y te voy a invitar a que nos cuentes, Juan de cuatro años, esta experiencia de sentirte solo. Cuéntame qué te angustia, cómo es la escena en la que estás.


Juan: Estoy en la casa de mis abuelos. Mis padres me dejaban ahí porque trabajaban mucho. Y yo no los veía...


Tomás: Cuéntamelo en tiempo presente.


Juan: Mis papás no están. Estoy en esta casa grande... solo. Necesito su afecto, su cariño, su amor y no están. Me duele, me siento solo, angustiado... [Suspiro profundo] ...no sé qué hacer, no sé dónde ir, no sé dónde estar. Es un miedo, un vacío.


Tomás: ¿Y estás solo en la casa? A pesar de que están tus abuelos ahí, ¿estás físicamente solo, no hay nadie en la casa?


Juan: Estoy solo. Mi abuela está haciendo labores en la casa, mi abuelo está fuera trabajando. Estoy con mi abuela y me siento solo, me siento como que no perteneciera ahí. A mis papás no los veo porque llegan tarde, no me van a buscar, me dejan ahí por varios días, semanas.


Tomás: Ah. Es como si sintieras que te dejaran ahí botado en la casa, y parece que tu abuela tampoco está contigo. Sigue haciendo sus cosas, casi como si no existieras, ¿no?


Juan: Así es. Sí.


Tomás: Y tú no sabes ni siquiera cuándo te van a venir a buscar.


Juan: Sí.


Tomás: Qué angustia. Siente todo esto... dale espacio. [Juan respira profundo, frotándose la frente] Da miedo, da terror, pánico, ¿no?


Juan: Sí. Sí.


Tomás: A lo mejor no es algo que podías hacer en el escenario real, pero lo que tal vez te hubiera gustado hacer era salir arrancando hacia los brazos de tu mamá. ¿Una cosa así?


Juan: [Abre los ojos, mirada perdida hacia arriba, recordando] Sí. Si eso hubiera sido posible... estoy recordando algunas cosas. En ese tiempo, para el año 73, para el golpe militar acá en Chile... yo era un niño de tres años más o menos y sentía balazos. Sentía ruido. Eso me aterrorizaba porque escuchaba en los techos cómo sonaban las ráfagas y eso me aterraba. [Juan suspira profundamente, visiblemente afectado] Sentía que me podía morir.


Tomás: Guau.


Juan: Sentía que...


Tomás: ¿Que te podías morir tú?


Juan: Sí.


Tomás: [Con tono empático y firme] Ya. Lo que sientes es pánico a que te llegue un balazo y te mate.


Juan: [Asintiendo levemente, con los ojos aún cerrados] Sí.


Tomás: ¿Y alguien sabe que tú estás ahí tan asustado escuchando esos ruidos?


Juan: [Niega con la cabeza, voz pequeña] No... estoy solo.


Tomás: [Pausa larga, acompañando el silencio] Sí. ¿Qué está pasando ahora en tu cuerpo?


Juan: [Traga saliva, abre los ojos, su mirada denota una toma de conciencia] No me acordaba de esto... logro entender este miedo. Recuerdo que mucho tiempo de mi niñez crecí muy triste. Me hacían muchos regalos, juguetes y cosas, pero yo no me conectaba con esas cosas. Siempre estaba triste. Nada me llenaba internamente. Yo lo único que quería era el amor de mi madre y no estaba. Crecí así, triste por la vida.


Tomás: Mmm. Y con esa pena, con esa angustia...


Juan: [Llevándose la mano al pecho] Logré entender esto ahora... lo veo.


Tomás: Sí. Bien, bien. Siente en tu cuerpo esas ganas de tener el amor de tu mamá. Cuéntame cómo se siente ese deseo. ¿Dónde está específicamente, en qué lugar de tu cuerpo? ¿Cómo es ese deseo?


Juan: [Baja la mano desde el pecho hacia la boca del estómago] Está aquí, en el estómago, en esta parte...


Tomás: Eso, siéntelo. Descríbemelo un poco más, ¿cómo es?


Juan: [Apretando la zona del abdomen] Me siento como un mendigo, mendigando algo que nunca llegó. Y en el estómago siento como un hoyo. [Presiona levemente su estómago] Como un hoyo.


Tomás: Eso, siéntelo. "Siento como un hoyo en mi estómago". Y te invito a que... tú eres ese niño, ¿no? Tienes cuatro años. Este niño de cuatro años tiene un hoyo en el estómago que quiere a su mamá. Quiero que te imagines a tu mamá al frente tuyo.


Juan: [Asiente lentamente, cerrando los ojos y bajando un poco el rostro]


Tomás: Y pon tu atención en ese hoyo en el estómago, sintiendo todo ese vacío, toda esa angustia. Y desde esa angustia, como si tu estómago le hablara a tu mamá, dile eso. "No te veo, te necesito y no estás". O lo que te salga.


Juan: [Larga pausa. Se frota la cara con ambas manos, respira hondo y profundo. Su voz es ronca] Te bloqueé por muchos años. [Se toca el pecho y el cuello] No quiero tenerlo más. Quiero devolvértelo. Ya no me corresponde a mí cargar este dolor. Te lo entrego.


Tomás: ¿Qué pasa en tu cuerpo al decirle esto?


Juan: [Suelta un suspiro] Siento un alivio.


Tomás: [Intentando adivinar lo que realmente Juan quiere decir a su madre] "Siento que no me lo merezco, como que... nunca me merecí ser tratado así, o nunca merecía esa distancia."


Juan: [Asiente con firmeza]


Tomás: Dile, dile todo lo que sientes que no te merecías.


Juan: [Con voz más adulta y estructurada] Yo no me merecía tu indiferencia. Tu frialdad. Tu crítica, tu falta de amar.


Tomás: Eso. Y hazlo en presente, ¿sí? Como si fuera presente. "Yo no me merezco tu falta..."


Juan: [Voz acongojada, el rostro se tensa] No me merezco tu falta de amor. Y el cariño, la comprensión. [Hace una pausa, le cuesta hablar] Solo recibo críticas constantes de ti. Todo lo hago mal, no valgo nada. Siento tus críticas y constantemente mi vida es tu frialdad, tu falta de amor, falta de sensibilidad.


Tomás: Eso. Siéntete así, tienes cuatro años, ¿ya? Y te voy a invitar a que le sigas diciendo todo esto, como lo hace un niño de cuatro años. A ver cómo te dan ganas de decírselo si lo haces como un niño de cuatro años, no como el adulto que eres hoy día, ¿sí? Deja que tu cuerpo encuentre la forma.


Juan: [Se lleva ambas manos a la cara, cubriéndose. Su voz se vuelve infantil, entrecortada] No me quieres.


Tomás: Bien. Sigue por ahí.


Juan: [Aún con las manos en la cara, comienza a llorar suavemente] Tú eres mala. No te importo.


Tomás: Solo me quieres dejar botado.


Juan: [Llorando de forma más evidente, con sollozos] Solo me quieres... [sollozo] Solo mi abuela me quiere. Tú no me quieres.


Tomás: [Validando la emoción] Eso. Si lo expresaras también con tu cuerpo, ¿qué le dan ganas de hacer a tu cuerpo? Me encantó. "¿Eres mala?". Eso me encantó. Si con todo tu cuerpo le dijeras "tú eres mala", ¿qué harías?


Juan: [Secándose un poco la cara] Me dan ganas de golpearle con un palo.


Tomás: ¡Eso! ¡Dale! Imagina que tienes un palo en tus manos y le vas a dar con el palo varias veces. Y dile... [Tomás levanta los brazos simulando agarrar un palo y golpear]


Juan: [Imita el gesto, pero hace un movimiento leve con los brazos hacia abajo] ¡Eres mala!


Tomás: [Aumentando la energía para empujarlo] ¡Eso! ¡Dale! ¡Más, más Juan! Que se mueva mucha energía. Hasta que sientas que la haces entender lo mala que es, ¿sí? ¡No te pares, no te pares!


Juan: [Levanta y baja los brazos con mucha más fuerza, descargando] ¡Eres mala!


Tomás: ¡Eso! Deja que tu cuerpo lo disfrute, tienes cuatro años. ¡Dale!


Juan: [Con más intensidad en el movimiento y en la voz] ¡Eres mala!


Tomás: ¡Eso!


Juan: [Continúa el gesto de golpear con fuerza hacia abajo varias veces en silencio]


Tomás: Eso, dale, más, más, más. No te pares.


Juan: [Sigue golpeando el aire unas cinco o seis veces más. Su respiración se agita. Finalmente se detiene, deja caer los brazos y bota el aire con fuerza] ¡Ah!


Tomás: ¿Eso estuvo mejor? Se soltó un poco tu pecho, ¿no?


Juan: [Asintiendo, aún recuperando el aliento] Sí.


Tomás: Dale, siente el cuerpo y descríbeme qué está ocurriendo.


Juan: [Respirando más tranquilo, su postura cambia, el pecho se abre y el rostro se relaja completamente] Siento que se mueve mucha energía... Me dio mucho calor. Estoy transpirando completo. Y me siento grande. Siento que ya no está el niño. Como grande de todo, soy otra persona. Ya no soy un niño, soy un adulto, y también crecí.


Tomás: Ah, qué interesante. Siente eso.


Juan: Sí, de otro tamaño...


Tomás: Busca una postura corporal que sea coherente con esta sensación de ser grande, ¿sí? Deja que todo tu cuerpo calce con esa sensación. Siente tu tamaño. Y dime, ¿qué sientes al verlo así?


Juan: [Enderezando la espalda, levantando levemente el mentón, respirando con calma] Siento mucha paz, mucha tranquilidad. Como una calma mental. Siento que ya no necesito eso.


Tomás: Ah, es verdad. Porque necesitabas eso cuando tenías cuatro. Hoy día no.


Juan: Sí. Creo que había una parte de mí que seguía siendo niño en realidad.


Tomás: Claro. Y fíjate... pregúntale a tu cuerpo: ¿qué es lo que hoy día necesito? Si es que hubiera algo, ¿no?


Juan: [Cierra los ojos un momento, luego los abre con una leve sonrisa] Siento que no necesito nada. Siento que estoy bien.


Tomás: [Sonriendo] ¡Nada!


Juan: Sí.


Tomás: Siente esa sensación de que no necesitas nada, siente la liviandad. Respírala por un rato. Siente esta sensación de ser grande.


Juan: [Relajando completamente los hombros y el rostro] Oh, es súper agradable. Es un estado de mucha paz, como que no tengo miedos. Puedo mostrarme tal cual como soy. Es bien bonito cómo me siento ahora.


Tomás: Esto soy yo.


Juan: Esto soy yo. Sí.


Tomás: Claro. Parece que esa soledad de niño te hizo sentir que había algo malo contigo, ¿no? Como si estuvieras mal por ser tú mismo. Como si hubieras concluído algo como "me abandonan porque debe haber algo que está malo conmigo y debiera avergonzarme de ser yo". Y ahora ya no está esa sensación.


Juan: Sí. Siento que construí una caparazón muy grande y siento que eso se cayó. Ahora puedo ser yo. Realmente soy muy tímido, me cuesta mucho enfrentarme a los grupos, a las otras personas... y ahora siento que soy yo, nada más.


Tomás: Ah, qué hermoso. Sí. Ya, hagamos un pequeño experimento. Siente esta sensación de ser tú, siente esta sensación de tener el tamaño que tienes. Y te voy a invitar a que, sin perder conexión con esta sensación, nos mires a todos nosotros. Y fíjate cómo se siente estar con nosotros desde esta sensación que tienes ahora. Tómate todo el tiempo que necesites, sin ningún apuro. Siente esta sensación de ser grande, de ser tú, y fíjate qué pasa si nos miras y nos ves mirándote también. Cómo se siente.


Juan: [Mirando la pantalla, recorriendo los rostros, sonríe sutilmente con los ojos un poco brillantes] Muchas gracias. Muchas gracias a todos. Gracias, Tomás.


Tomás: ¿Y cuéntame qué sientes? ¿Qué sientes si nos miras y te permites vernos mirándote, y sentir tu tamaño? ¿Cómo es la experiencia?


Juan: [Con voz emocionada, pero muy asentada] Me siento muy liberado, me siento muy bien. Y muy emocionado. Siento como un regalo. Me siento tan bendecido, no sé cómo llamarlo, pero me siento muy, muy bien. Muy agradecido.


Tomás: [Haciendo un gesto suave con las manos] Sí, y mira, entiendo que tu gratitud también tiene que ver con la sensación de que en realidad no te lo merecerías, ¿sí? Yo te diría que el que estemos todos poniendo atención es lo normal, es lo que haríamos con cualquiera. Tampoco es tan extraordinario, es lo normal. ¿Tiene sentido lo que te estoy diciendo?


Juan: [Asintiendo] Sí, total.


Tomás: Claro, porque cuando sientes tanta gratitud y nos agradeces de esa forma, tengo la sensación de que es como si nos estuvieses diciendo: "Ya, les agradezco y ya me voy". Como si agradecieras en exceso por ocupar un espacio que tienes tanto derecho a ocupar como los demás… y nadie siente que tenga que agradecer tanto.


Juan: [Ríe un poco]


Tomás: Y en realidad nadie quiere que te vayas. Estamos todos perfectos así, viéndote, y que tú estés ahí está perfecto. No necesitas darnos tu gratitud para que nosotros estemos bien con que tú estés ahí. ¿Se entiende? No es necesario que nos des nada. ¿Tiene sentido lo que estoy diciendo?


Juan: [Asiente lentamente] Total. Sí.


Tomás: ¿Qué pasa en tu cuerpo al ver esto que te digo?


Juan: Es que siempre, cuando estoy en situaciones así, sudo y está todo apretado adentro. Y ahora siento esa liberación, siento que soy yo, no soy nada más  ni menos... este soy yo. Y me siento bien. Me siento cómodo incluso.


Tomás: [Haciendo el puente hacia la preocupación original] Entonces, dime si tiene sentido esto otro que te voy a decir. A lo mejor tu sensación, a nivel emocional, era que si tú le abres ese proceso a Tatiana, a ella le podría terminar llegando un balazo.


Juan: [Abre un poco más los ojos en un gesto de profunda toma de conciencia] Claro... sí, sentí eso.


Tomás: En el fondo, lo que estabas proyectando en ella es tu experiencia de niño... esa escena de soledad en donde estás solo y asustado de que te llegue un balazo. Entonces es como si tú te imaginaras que si le dejas el proceso abierto a Tatiana, ella va a ser esa niña sola en esa casa inmensa en donde le podría llegar un balazo y está muerta de miedo. ¿Te hace sentido?


Juan: [Asintiendo repetidamente] Total, sí. No lo vi, pero claro... ahora lo entendí y lo vi claramente.


Tomás: Así es como funciona la proyección. Esas partes de nosotros que no podemos percibir, las proyectamos. Entonces claro, ahora fuiste reconociendo esa parte tuya y empezó a aparecer para ti. Al reconocer que ese niño eres tú, ya no necesitas proyectar esa parte de tí en Tatiana. Fíjate y mira a Tatiana ahora. Fíjate si tú crees ahora que, por el proceso abierto, ella se va a sentir triste y le va a llegar un balazo, o si tienes otra percepción.


Juan: [Mantiene la mirada fija en el recuadro de Tatiana] Tengo otra percepción.


Tomás: ¿Qué percibes al mirarla ahora?


Juan: [Con voz firme y segura] La veo... la veo una mujer inmensa, gigante. Íntegra, una tremenda bella persona. Y siento que ella va a poder con sus temas personales, va a poder enfrentarlos y trabajarlos. Fue como que abrimos un poquito, y claro, hay un mundo que ella va a explorar, y va a salir adelante. Estoy seguro de eso.


Tomás: ¿Y qué sientes en ti al verla así?


Juan: [Sonriendo serenamente] Siento paz.


Tomás: [Con tono relajado, riendo levemente] Ya, ahora bien, no hemos escuchado a Tatiana decir ni una sola palabra y podría ser que estemos delirando y pecando de ser demasiado optimistas y que en realidad Tatiana está sola, triste y cree que le va a llegar un balazo. Así que cuéntanos Tatiana si estamos percibiendo la realidad o si estás destruida después de la sesión y sientes que te va a llegar un balazo o algo por el estilo.


Tatiana: [Sonriendo ampliamente y gesticulando con las manos] ¡Ay no, Juan, nada más lejos de la realidad! A mí la sesión me pareció muy profunda. Ustedes ya me conocen, yo me meto al fondo, yo lo entrego todo. Y fue muy guay porque lo que trabajamos fue la culpa, precisamente. Yo siempre he vivido con culpa, ¿no? Pero con el ejercicio que hicimos con Juan, me di cuenta de que la culpa no es de mi yo de cuatro años, es culpa de mi yo en la barriga, o sea, culpa de haber nacido. Entonces fue muy profundo por eso, porque fue más hacia atrás.

Tatiana: [Hace una pausa, reflexionando, su expresión se vuelve más tierna] Sí me pareció muy lindo cuando Juan me preguntó cómo estaba. Yo le contesté... me acuerdo que tuve que pararme a pensar "cómo estoy", ¿no? Porque yo voy en el tren de la vida haciendo de todo. Entonces le dije: referente a la sesión, muy bien, porque vi una puerta más, un nivel de profundidad más. A mí este tipo de cosas me gustan. Estoy expectante de seguir metiéndome ahí porque cada vez que abro, me maravillo con la cantidad de cosas que hay que arreglar. O sea, da susto, pero para mí es muy excitante y muy emocionante poder tocar esas partes.

Tatiana: Para mí el ejercicio fue absolutamente completo, Juan. Vuelta entera de todo, fue súper completo, al contrario. Abrimos y cerramos, abrimos muchas cosas y las fuimos cerrando con tu guía. Entonces sí, lo que dice Tomás es cierto, eso ha sido una proyección tuya porque nada más lejos de la realidad. Yo estoy súper agradecida de cómo llevaste el ejercicio. Todo de lo que nos dimos cuenta fue increíble. Como si no me vuelves a hablar nunca más en la vida, que sepas que me has hecho un favor y me has acompañado de una manera brutal. No necesitaría nada más de ti para cerrar nada; al contrario, me has hecho un regalo, ¿sabes? Entonces, libérate, chico, lo has hecho súper bien. Muchísimas gracias.


Juan: [Llevándose las manos juntas a la boca, profundamente conmovido] Muchas gracias... muchas gracias a ti. Gracias, Tomás.


El Rol del Terapeuta: La Trampa de la Preocupación y el Permiso para Jugar para Sanar al Niño Herido en Gestalt


El caso de Juan nos proporcionó una viñeta clínica excepcional para comprender cómo los terapeutas —y los seres humanos en general— utilizamos la "preocupación por el otro" como un mecanismo de defensa para evitar contactar con nuestro propio dolor histórico. Y por otro lado, sanar al niño herido en gestalt no consiste realmente en "sanar" nada. Porque en Gestalt no "sanamos", cerramos situaciones inconclusas. Más adelante lo explico.


La Proyección y la Culpa como Puerta de Entrada


El trabajo comenzó con una "figura" muy clara: la preocupación casi culposa de Juan por el bienestar de su compañera Tatiana, tras una sesión donde ella contactó con heridas profundas. Juan sentía que había "dejado un proceso abierto" y temía que ella quedara devastada.


Aquí entra en juego uno de los mecanismos de evitación de contacto que mejor sabemos abordar en la Gestalt: La proyección. La proyección es un mecanismo de evitación que nos hace imaginar que una parte que es de nosotros mismos, en realidad no es nuestra, sino que está ahí fuera en el mundo. Si por ejemplo, proyecto mi enojo, no podré decir “yo estoy enojado” y diré “tú estás enojado”. Esto nos hace “delirar” y distorsionar nuestra relación con el mundo. Cuando uno proyecta, crea un gran enredo en su relación con el mundo. Si yo puedo decir lo que a mi me molesta, entonces será muy sencillo entenderse con la otra persona, basta con que le diga con toda franqueza lo que me sucede. Pero si yo creo -equivocadamente- que la otra persona está enojada conmigo -cuando en realidad no lo está-, reaccionaré al enojo que imagino que tiene conmigo de miles de formas que van a perturbar en extremo nuestra relación. Quizás me sentiré víctima de críticas imaginarias, o sentiré que quiere destruirme y me mantendré constantemente a la defensiva, destruyendo toda posibilidad de tener una conexión real con el otro.


En esta ocasión, Juan estaba proyectando a su niño herido por la frialdad de su mamá y el terror que sentía de los balazos. Cuando nos preocupamos excesivamente por el estado emocional de otro adulto, asumiendo que es frágil o que se va a romper si lo dejamos solo, rara vez estamos viendo al otro de forma objetiva y lo más seguro es que estamos proyectando nuestra vulnerabilidad y escenas de nuestra propia infancia que no logramos reconocer como propias. Lo que Juan estaba haciendo era mirar a Tatiana y proyectar sobre ella a su propio "niño herido". La persona que realmente se sentía "dejada tirada", triste y vulnerable frente a un proceso inconcluso no era Tatiana; era el Juan de 4 años en la casa de sus abuelos.


Al pedirle a Juan que localizara esa angustia en su cuerpo y la rastreara en su historia, lo que hice fue ayudarle a “integrar la proyección”, como decimos en Gestalt. Integrar la proyección es relativamente sencillo, consiste a ayudar a la persona a experimentar como un “yo” lo que cree que es un “tú” o un “eso”. Es decir, Juan creía que la soledad y el terror eran de Tatiana. Estaba experimentando a su niño interno en segunda persona. Cuando le pido que sienta en su propio cuerpo su angustia ha comenzado el proceso de reapropiarse de lo que es, en realidad, suyo. 


Desde la sensación corporal fuimos develando toda su vivencia de infancia y la pudo experimentar en primera persona y en su propio cuerpo. Y no sólo eso, pudo hacer lo que necesitaba hacer para completar su experiencia inconclusa. ¿Qué era lo que estaba inconcluso? Su necesidad de protestar con toda su furia a su madre por no darle más amor. Esa protesta estaba guardada y congelada. Una gran parte de lo que queremos hacer cuando hacemos Gestalt, es ayudar a la persona a completar situaciones inconclusas, es decir, ayudarle a hacer y decir lo que necesitó hacer y decir en algún momento de su vida, pero que la circunstancia no permitió que esto sucediera. 


Es muy tranquilizador saber que no hay ninguna necesidad de que nuestro pasado cambie. Si nuestra salud psicológica dependiera de eso, no habría ninguna esperanza para nadie y más nos valdría a todos matarnos ahora mismo. Sin embargo, la única cosa que nos tiene atados al pasado es que, después de muchos años, seguimos sin decir ni hacer lo que necesitamos. De modo que no importa si a los 4 años no estallé en furia contra mi madre, porque si lo hago ahora mismo, entonces la situación concluye y me libero. No es necesario que la historia cambie -eso es imposible-, basta con descongelar lo que quedó congelado:


Hay que descongelar y experimentar por completo y en el ahora, la acción, el sentimiento, el pensamiento y la palabra que quedó interrumpida. 


Y en Gestalt lo hacemos de un modo muy sencillo y esto es lo que me fascina de la Gestalt, es la técnica más simple de todas y la más eficiente que conozco: Le pedimos a la persona que actúe y hable como si el pasado estuviera sucediendo ahora mismo. Por eso le pedí a Juan que le hablase a su mamá como lo haría un niño de 4 años y no como un adulto imitando a un niño de 4 años. En ese momento pudo expresar realmente lo que pensaba y sentía el niño de 4 a su mamá. Le dijo “Eres mala”, así es como los niños de 4 años hablan.


Ese momento, para mí como terapeuta fue un elixir; ese niño al fin recuperó su verdadera voz, ya no estaba el adulto interponiéndose entre él y su mamá, ya no estaba el adulto poniendo paños fríos a la furia infantil con sus intelectualizaciones. Fue un momento, para los que tenemos experiencia haciendo Gestalt, milagroso y delicioso. El niño de 4 años salió del calabozo, expresó con toda su potencia toda la furia que estaba contenido en su sagrado cuerpo de niño y pudo hacer lo que cualquier niño sano haría con una mamá fría y abandonadora: golpearla para llamar su atención. 


Niño enfadado grita "¡Eres mala!" a una bruja que camina de espaldas. Jardín colorido de fondo, ambiente de tensión.
En Gestalt descongelamos y experimentamos por completa y en el ahora la acción, el sentimiento, el pensamiento y la palabra que quedó interrumpida

Mi impresión es que el primer golpe que dio Juan a su madre con el palo imaginario fue tan intenso que Juan llegó a asustarse o quizás sintió un poco de culpa. Preferí no preguntarle y opté por insistir en que no se detuviera, no había tiempo que perder para dejar que adulto se inmiscuyera en ese momento cerrandole otra vez la boca al niño y volviendo a reprimir la furia que al fin estábamos liberando. Juan fue valiente en ese momento hermoso. Y animado por mí, descargó toda su furia sobre su mamá. 


Y eso era todo lo que hacía falta. 


Sucedió toda la alquimia con ese simple acto. Lo que estaba inconcluso -darle la paliza a su mamá, que por supuesto que desde la perspectiva del niño la mamá se merecía- se pudo completar. 


Y cuando uno no le ha dado la paliza que merece a quién se la merece, se pone en marcha otro mecanismo de evitación de contacto, la retroflexión. Dirigimos la agresión contra nosotros mismos. De ahí la sensación de Juan de no tener derecho a ocupar espacio. Y por eso le pedí que no nos agradeciera tanto, le quería ayudar a no volver a retroflectarse desviviendose por expresarnos su gratitud. En ese momento me pareció que si le permitía seguir dándonos las gracias iba a volver a darse la paliza a sí mismo. Me llegaba a doler que nos agradeciera. Perdón, no es del todo preciso expresarlo así, me molestaba que se humillara frente a nosotros, no estaba dispuesto a tolerar que se hiciera eso a si mismo que en ese momento me llegó a parecer un poco escabroso. Me parecía extremadamente agresivo consigo mismo que hiciera eso. 


No quiero dejar de reconocer que su gratitud también era genuina, la experiencia fue realmente liberadora. Pero había algo más en su forma de agradecer que yo sentí fuera de proporción. Y al parecer mi intuición fue acertada, porque él se sintió bien cuando detuve sus agradecimientos y creo que eso le permitió seguir manteniendo su tamaño de adulto, su dignidad y seguir ocupando el espacio que tiene derecho a ocupar. 


Ya me confirmará Juan al leer este artículo si tiene sentido lo que digo. No me gusta hacer afirmaciones de alguien sin la confirmación de la persona y esto es un recurso terapéutico muy útil. Siempre le ofrezco mis intuiciones y suposiciones a las personas en forma de pregunta… así no le obligo a nadie a tragarse mis ideas que obviamente pueden ser completamente erróneas y no tiene sentido ocupar tiempo de una sesión tratando de convencer a alguien de que lo que pienso es correcto. Eso no es hacer terapia, es tratar de ponerse por encima del otro. Por eso siempre mis hipótesis las hago de esta forma “Me parece que lo que te sucede es esto o esto otro, ¿tiene sentido para tí lo que digo?


Descongelar la Rabia para Cerrar la Situación Inconclusa (O el supuesto “trauma”)


Cuando un niño enfrenta un terror que desborda sus recursos —como escuchar ráfagas en el techo estando solo— y no tiene un entorno que lo contenga, esa energía se congela en el cuerpo. Juan creció anestesiado, rodeado de juguetes con los que no conectaba, atrapado en una tristeza crónica que en realidad era el manto que cubría un terror paralizante y una rabia profunda por la ausencia de su madre. 


A esto de no conectar con el presente porque se nos quedó una parte de alma congelada en el pasado hoy día se le llama trauma. A mi me parece que “trauma” es una palabra cargada de connotaciones que victimizan a la gente. Prefiero usar la palabra gestáltica para esto; “situación inconclusa”. Llamarle situación inconclusa creo que es mejor porque implica que lo que se debe hacer es concluirla y ya está. Es menos dramático y victimizante. En cambio, “trauma” tiene connotación de algo así como una maldición que le cayó a la persona. La palabra trauma nos hace sentir que estamos malditos por el pasado y que hemos sido irreversiblemente heridos... “pobrecito, es que es así porque tiene un trauma”. Y lo peor de todo es que hay muchas personas que usan su rol de víctima para justificar su derecho a hacer la vida imposible a los demás y los terapeutas no queremos alimentar este tipo de perversidades. 


La buena noticia es que nadie está maldito por tener una situación inconclusa. El pasado no tiene ningún poder sobre nosotros. La única cosa que nos hace sufrir es que estamos interrumpiendo el flujo de nuestras emociones, sensaciones, necesidades, impulsos, pensamiento, palabras… lo que sea. Lo único que nos hace vivir como muertos vivientes es que ahora estamos autosaboteándonos. Y esto es una muy buena noticia. 


Esto significa que para sanar nuestros “traumas” lo único que hace falta es dejar de sabotearnos. Para esto es precisamente para lo que sirve la terapia Gestalt, para darnos cuenta de cómo nos saboteamos y aprender a hacer lo que nos conviene. 


La palabra trauma nos hace pensar que el problema está en el pasado y, ya que el pasado no se puede cambiar… bueno, lo mejor sería morirse, ¿no? O también está la variante de sentirse víctima y agredir pasivamente a toda la humanidad, que no tiene la culpa de que nosotros nos saboteemos. En terapia Gestalt queremos que las personas recuperen su tamaño y su adultez. 


Como terapeuta gestáltico he aprendido a no sentir lástima de nadie. Siempre es posible tomar palos imaginarios y defenderse del agresor de nuestra infancia. Es muy divertido hacerlo, es muy liberador cuando alguien se atreve a representar escenas violentas, que en realidad no hacen daño a nadie en la situación terapéutica, simplemente destraban lo que estaba congelado en el cuerpo. Es tan divertido y fácil “destraumatizar” a alguien que me niego a llamarle trauma a eso y poner cara de “oh, cuidado, que esta persona tiene un trauma”. No gracias. Los terapeutas no servimos de nada si le vamos a sobar el lomo a la gente diciéndole “qué pena que estás enfermo”. No, lo que me gusta hacer es decirle a la gente “mira, no estás enfermo, estás congelado y dentro de tí está toda la furia volcánica y ardiente necesaria para que te descongeles, ¿te animas a jugar conmigo a que matas a algunas personas?” Además es divertido, no hay nada tan dramático y delicado en un “trauma”. Y tampoco hay ningún motivo para sentir culpa o vergüenza de hacer el berrinche y explotar como un niño de 4, o llorar, o temblar, o lo que sea. Son emociones, todos las tenemos y todos sentimos inmenso placer cuando nos las permitimos.


Situación inconclusa, eso es todo. Y si traemos el pasado al presente, podemos volver a ese momento en el ahora y hacer todo lo que hace falta terminar de hacer. Simple y divertido. Juan necesitaba pasar del miedo y la tristeza pasiva, a la agresividad activa que reclama su derecho a ser amado.


Por eso la intervención del "palo imaginario" fue crucial. Al permitirle golpear y gritarle "¡Eres mala!", a la imagen de su madre, Juan descongeló esa energía agresiva. Al validar su rabia, Juan validó su propia existencia y su valor, culminando en la hermosa toma de conciencia: "No me merecía esa frialdad". Al final del trabajo, Juan ya no era el niño asustado; había reclamado su tamaño adulto, experimentando una paz profunda y la sensación de plenitud de no necesitar nada del exterior.


Fernanda: Me gustó mucho el ejercicio. Quiero hilar tres puntos que me llamaron la atención. Va relacionado a esto que acabas de comentar del rol del terapeuta, a los comentarios del artículo de Katy, y a un miedo que yo tenía sobre empezar a dar terapias formales. ¿Cómo le voy a hacer si abro algo y lo dejo así? Me inspiró mucho ver cómo llevaste a Juan, me dio visibilidad de lo que quiero ofrecer: esto de que el terapeuta tiene que entrar con todo el corazón, pero sin comprarse el problema del otro. Me liberó mucho ver que se puede abrir y cerrar un proceso de manera tan completa.


Tomás: Qué bueno que lo notes, Fernanda, porque esta es quizás la trampa más común al iniciar nuestro camino como terapeutas. Creemos que está bien "preocuparnos" por los pacientes, y eso en realidad es un desastre. No tenemos que hacernos responsables de la vida de nuestros consultantes; ellos son adultos.


Si yo como terapeuta me empiezo a angustiar porque mi paciente no avanza o porque se va llorando, lo que ocurre es que estoy proyectando mi propia necesidad de ser un "salvador" o mi propio miedo al dolor. Estoy dejando de ver al adulto que tengo enfrente y lo estoy infantilizando, tratándolo como a un ser frágil de cristal. Y si yo lo trato como frágil, le confirmo su neurosis de que no puede sostenerse a sí mismo.


Hacer terapia no es cargar con la cruz del otro. Hacer terapia es un acto de libertad y de juego. Ningún adulto tiene que sacrificarse por otro. El sacrificio es neurosis, es proyección en acción, es deber ser, es distorsión de la realidad, es incapacidad de ver las capacidades de los demás y arrogancia miope y sólo conduce a la autoagresión, al resentimiento, a la desvitalización y a toda clase de síntomas neuróticos. 


Cuando el consultante llega con una angustia enorme, mi actitud no es de pánico, sino de curiosidad y ganas de jugar: Le propongo a la persona "A ver, siéntela... ¿qué te dan ganas de hacer? ¿Quieres saltar en un pie, quieres agarrar a palos a tu mamá imaginaria? ¡Explorémoslo!". A estas alturas de mi vida, no me produce nada de angustia lo que le pasa a la gente, porque sé que si exploramos con curiosidad lo que le sucede y si logramos dar espacio a todos esos sentimientos que trae -y que no sabe que tiene-, siempre llegamos a un buen lugar. 


El espacio terapéutico es un laboratorio protegido, un arenero donde podemos permitirnos jugar con las emociones, la agresividad, la tristeza y el miedo, sabiendo que no va a pasar nada malo. Si el terapeuta sabe esto, estará sereno y dispuesto a jugar con "lo peor" que trae el paciente, el paciente respira y se dice a sí mismo: "Si él no se asusta de mi monstruo, entonces mi monstruo no es tan grande"


Por ejemplo, si alguien me dice, “tengo terribles ataques de pánico”. Yo le propongo, “Ok, siéntelo.” Por supuesto, una persona así me va a mirar con incredulidad y me va a decir “peró cómo me pides eso, si vengo aquí para no sentirlo porque me aterroriza”. Pero como yo estoy sereno, y no sólo eso, me produce excitación acompañar a la persona en un viaje tan apasionante como sentir cada célula de su cuerpo temblar de pánico, la persona acaba confiando en mí, porque me ve tan despreocupado y optimista que dice “bueno, si está tan tranquilo y le parece tan divertido, debe ser por algo, ok, me arriesgaré”. Y así podemos explorar hasta las últimas consecuencias el pánico, atravesamos la situación inconclusa y ya está. El “trauma” se disuelve por completo. Por supuesto que no es un proceso de una sola sesión, suele tomar un poco más de tiempo, pero si la persona se entrega a la exploración, el problema se va a resolver más tarde o más temprano.


El trabajo con Juan nos recuerda que nuestra mayor herramienta como terapeutas no es la preocupación, sino nuestra propia presencia entera, juguetona y desapegada de la culpa. Es esa actitud la que permite que el consultante suelte sus propias cargas y, como Juan, recupere la paz de saberse adulto.



Dos invitaciones a Descongelar tu Vida (y Aprender a Jugar en Serio)


Leer el proceso de Juan y entender intelectualmente cómo funciona la proyección o cómo se descongela una "situación inconclusa" es un gran paso para la mente. Pero, como hemos visto, la verdadera liberación no ocurre en la cabeza; ocurre en el cuerpo. Ocurre al atreverse a tomar ese "palo imaginario" y darle espacio a toda esa furia, miedo o tristeza que dejamos encerrada en el calabozo de nuestra historia.

Si al leer este caso sentiste que tú también llevas años cargando con la etiqueta de tu propio "trauma", anestesiado o saboteándote en silencio porque hay emociones que no te permites sentir, quiero invitarte a pasar de la teoría a la vivencia directa.


Para tu propio camino personal: He creado el Curso de Introducción a la Terapia Gestalt justamente para esto. Es un laboratorio seguro, un espacio donde no te voy a mirar con lástima ni a tratar como si estuvieras roto. Es un lugar para aprender a dejar de sabotearte, para hacer ese berrinche que quedó pendiente, descongelar tu energía vital y, finalmente, recuperar tu tamaño y dignidad de adulto. Si quieres dejar de sobrevivir y empezar a experimentar tu vida con todas sus texturas, este es tu lugar para comenzar. Este curso también será de interés para quienes sean terapeutas y quieran agregar algo de repertorio a sus técnicas.


Para quienes sienten el llamado de acompañar a otros: Si eres psicólogo, terapeuta, coach, o sientes un llamado profundo a facilitar este nivel de sanación en otras personas, sabes lo agotador y destructivo que puede ser "comprarse" la angustia del paciente. Te invito a la Formación de Terapeutas Gestalt.


En esta formación te enseñaré a dejar de ser el "salvador" sufriente que infantiliza a sus consultantes. Aprenderás a sostener el espacio terapéutico con serenidad y curiosidad, a afinar tu ojo clínico para detectar proyecciones y a frustrar el auto-sabotaje del otro con amorosidad implacable. Te enseñaré a disfrutar del proceso, guiando a tus consultantes para que recuperen su propia fuerza, sin que tú tengas que cargar con sus cruces. Porque hacer terapia no tiene que ser un drama pesado; puede ser el arte más apasionante, vivo y liberador que existe.


Si estás listo para atreverte a jugar en serio y experimentar la Gestalt en primera persona, me encantará verte ahí.


👉 Para postular al curso para aprender terapia gestalt, escríbeme a ideasquesanan@gmail.com o si tienes mi contacto en whatsapp, es mucho mejor si lo haces por ahí.

Te espero para que sigamos descongelando la vida y recuperando nuestra grandeza, juntos.

 
 
 

Comentarios


  • Spotify
  • Vimeo
  • telegram-desktop-icon-512x512-wzyecn2f_edited_edited_edited
  • Instagram
  • Facebook
  • Youtube
bottom of page