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Despertar de la Consciencia y el Florecimiento del Corazón

El Derecho a Odiar Puede ser Mejor que Perdonar: Terapia Gestalt en Acción y un Análisis Basado en Silicio y Carbono

Actualizado: 5 may

Sanar la infancia no es perdonar por obligación. Descubre por qué defenderte es el único camino real hacia el perdón con un caso real de Terapia Gestalt, el eneatipo 4 y un análisis basado en el Silicio y el Carbono.


Si algo he aprendido acerca del perdón después de casi 20 años de dar Terapia Gestalt, enseñarla y tomar terapia, es que casi todo lo que nos han enseñado sobre el perdón en el colegio, en las conversaciones de sentido común y en las iglesias, suele ir en la dirección opuesta a la verdadera solución.


El motivo es muy simple: la falta de perdón existe porque nos han hecho daño. Sin embargo, el daño no sigue ahí solo por lo que sucedió en el pasado o por lo que otros nos hicieron. El resentimiento y el odio persisten porque nos resistimos a sentirlos en el ahora. Y cuando nos resistimos a sentir nuestro odio y resentimiento, acabamos odiándonos a nosotros mismos. Al odiarnos, nos terminamos haciendo lo mismo que nos hicieron en el pasado.


Realmente no hay a nadie a quien perdonar: lo que necesitamos es detener la autoagresión. Contrario a todo lo que creemos acerca del perdón, la agresión no se detiene apelando a la buena intención de albergar "buenos sentimientos". Esto jamás va a funcionar. La autoagresión se detiene cuando defendemos nuestro territorio personal con toda la potencia de nuestra furia.


Últimamente les digo muy a menudo a mis alumnos: uno de los caminos para llegar a amarse es dar lugar a la agresión. Es imposible quererse si uno no puede defenderse.

La transcripción que sigue a continuación corresponde a una sesión de terapia grupal que tuvimos junto a mis alumnos de Terapia Gestalt. El análisis posterior de la sesión es una forma creativa de presentar el intercambio que tuve con Gemini durante este trabajo. Este artículo no es solo una ayuda para quienes padecen el mal de la autoagresión, sino también un regalo para los terapeutas, especialmente para los que practican la Terapia Gestalt.



Marianka: [Se ríe nerviosamente, se lleva la mano a la frente y luego sonríe de forma amplia, tocándose el cabello] Ay, ya no sé cómo explicar la sensación que tengo en el cuerpo. [Hace una pausa, moviendo su mano derecha para intentar articular la idea] He tenido estas semanas una sensación muy dual que me ha quedado después de la última sesión de terapia que tuve. [Sonríe levemente] Es como habitar ese espacio de insatisfacción que tiene el cuatro. Estoy... [Se detiene un instante. A la vez, Benjamín se levanta de su asiento en el fondo de su pantalla y sale de cuadro. Domenica bebe de su mate] Como mal y bien a la vez. Es muy dual la sensación que tengo. Y de repente es muy caótico todo este sentir. [Gesticula con la mano para enfatizar la palabra 'caótico'] Han sido semanas caóticas también. Ahora tengo muchas ganas de llorar, pero hay una parte de mí que también se siente bien.


Marianka: [Mantiene el contacto visual, su expresión se vuelve más seria] He estado un poco enferma corporalmente, pero siento que es como una somatización de lo que me ha pasado. Se suicidó un chico al que ubicaba. Fue una noticia un poco fuerte, creo. [Benjamín vuelve a aparecer en pantalla y se sienta de nuevo] Acaba de morir una prima ahora, hace poquito. Sí, son situaciones de la vida que van pasando, pero dentro de todo este caos es como: "Wow, pasan muchas cosas". Estoy aquí, pero a la vez también estoy bien. [Mueve ambas manos en círculo. Domenica bebe mate nuevamente] Siento ese espacio en medio de desesperanza, pero a la vez hay algo que lo sostiene, que también está bien. [Gesticula abriendo las manos, ilustrando la dualidad] Es todo un caos que de repente no sé cómo llevar, y de repente todo se ajusta y está bien, y luego todo como que se desajusta, y no sé. [Domenica ceba su mate con un termo] 


Marianka: Hay mucha proyección también. De repente los veo y odio a todo el mundo. Sé que es un odio razonable, no es que los odie y vaya a explotar. Ya no es ese odio de antes, que estaba camuflado con muchas cosas. Y me vino un recuerdo después de la última sesión de terapia que tuve, que tiene que ver con el caos y con esa inactividad corporal a la que tiendo a ir. Me recordé de niña, estando sentada en una silla, sin poder salir del espacio, pero sin querer mirar lo que estaba ocurriendo tampoco.


Tomás: Me encanta el odio y la insatisfacción de la que me hablas. [Sonríe levemente, con un tono tranquilo pero confrontativo]


Marianka: ¡No! [Estalla en una risa abierta, cubriéndose la boca con la mano. Tomás y Benjamín también sonríen en sus pantallas]


Tomás: ¿A ti no? [Mantiene la sonrisa, sosteniendo la mirada]


Marianka: ¡Claro, no! [Ríe] Mi ideal de mí se pone muy cuatro y es como "Ay no, qué vaina...". [Gesticula con frustración cómica y resignación] Sí. Pero también siento que hay un espacio de mucha fuerza. De decir: "Ya, entro". Y cuando puedo habitar ese espacio y lo miro y entro, es como que algo se destrabara y pudiese entrar en la acción, por así decirlo.


Tomás: Cuando te repliegas, ¿te asustas mucho? [Su tono de voz se vuelve un poco más suave y se inclina ligeramente hacia la cámara]


Marianka: [Se ajusta la postura, cruza un brazo sobre el cuerpo. Mira hacia abajo un instante antes de responder, volviéndose más introspectiva] Sí. Sí. Sí. Cuando me repliego, me asusto mucho. Y me cuesta hacer ese gesto de ir hacia la acción. Porque me da miedo.


Tomás: Y entonces te enojas con tu miedo, ¿o no? [Pregunta directamente, sin rodeos]


Marianka: Sí. Me enojo con mi miedo. [Domenica asiente lentamente mientras bebe de su vaso rojo]


Tomás: Porque tu miedo te hace frustrarte. Quisieras hacer cosas, pero estás asustada y no puedes.


Marianka: Claro. Y siento que ha sido un bucle constante dentro de mi vida. He podido salir del miedo y generar cositas y tener espacios, pero también siempre viene mucho el miedo. Es como sentirme insuficiente, insatisfecha. Todo el pasto es más bonito del otro lado, todo es más bonito. [Se ríe y gesticula apuntando hacia los cuadros de sus compañeros en la pantalla] De repente los miraba y, dentro de mi locura les cuento, veía a Benja todo lindo, perfecto; a Tomás también; a Domenica sintiéndose, y yo... ¡ay, el bicho extraño, asqueroso! [Ríe tapándose un poco la cara. Benjamín la escucha apoyando la mano en el mentón; Tomás asiente sonriendo] 


Tomás: Lo que me describes es el mismo vaivén de siempre, pero al mismo tiempo tienes mucha más conciencia y mucha menos resistencia a que ocurra todo eso. Y por eso es que también está esa experiencia de sentirte bien a pesar de todo. [Gesticula con las manos para ilustrar el movimiento de vaivén] 


Marianka: Pero igual ocurre. Claro. [Asiente repetidamente con la cabeza] Igual hay una resistencia a que ocurra también dentro de todo. No es como "Ya, bueno, soy el bicho feo y ya". Porque también hay veces que sé que no lo soy, y no pasa nada y está todo bien. ¡Pero hay una parte de mí que no sé! [Lleva su mano a la frente en actitud de confusión y agobio] Es muy caótico. Es muy caótico. [Tomás ríe suavemente] Pero también hay una parte de mí que lo puede llevar. Es como estar constantemente en ese espacio de no poder encajar y querer encajar... ¿Pero por qué voy a querer encajar también? Si no hay que encajar siempre. Porque todo es así, un vaivén. Pero también tiene que tener un orden. ¿Pero por qué tiene que tener un orden? Si dentro del caos también hay un orden. [Se mueve frenéticamente en su silla, sus palabras se aceleran reflejando su propio caos interno] Y así... todo el rato. [Se ríe nerviosamente y se tapa la cara. Tomás y Benjamín sonríen abiertamente al ver su agitación. Domenica usa un pañuelo de papel]


Tomás: Me imaginé todo ese proceso como estarse retorciendo. ¿Tiene sentido?


Marianka: Sí, sí, algo más o menos así.


Tomás: Y digo el estarse retorciendo porque... el retorcerse tiene algo agresivo también. Es como "¡Ahhh!". [Hace un gesto vigoroso con los puños cerrados y los brazos cerca del pecho, simulando retorcerse, mostrando la tensión corporal a la que se refiere]


Marianka: [Se ríe y asiente con fuerza] Sí, sí. Y detrás de todo eso siempre está la resistencia o esas ganas de no mirar.


Tomás: Me encantó. ¿Qué es lo que no quieres mirar? ¿Qué es lo que... sí, qué es lo que no quieres mirar?


Marianka: Ay... [Suspira profundamente, llevando la mirada hacia arriba por un momento, la mano cerca de la boca]


Tomás: Si pudieras... mira, hagamos un experimento. Cierra los ojos. Y te invito a hacer el gesto de no querer mirar. Haz ese gesto de no querer mirar. [Marianka cierra los ojos y mantiene el gesto de no querer mirar que había hecho espontáneamente cuando dijo que no quería mirar. Pasan algunos segundos en esa postura de “no mirar”] Y ahora, vas a mirar. Y me vas a decir qué es lo que ves. ¿Qué es lo que hay ahí si miras?


Marianka: [Mantiene los ojos cerrados, con la mano sobre la boca. Su postura denota tensión. Se produce un silencio prolongado y reflexivo en toda la sesión; es evidente que le resulta muy difícil hacer el gesto de mirar abiertamente hacia adelante]


Tomás: Dale. Haz el gesto de mirar y fíjate qué es lo que ves si miras. [Marianka baja la mano, se frota un ojo y la frente, abriendo los ojos. Su expresión es de perturbación y extrañeza] ¿Qué pasa? A ver, ¿con qué te encuentras?


Marianka: ¿Qué hay? ¿Qué hay ahí? [Queda nuevamente en silencio, procesando la imagen o sensación] Mierda, parece que no hubiera nada. [Se quita la mano de la boca y mira fijamente a Tomás, gratamente sorprendida] Parece que todo estuviese tranquilo. Como que era la resistencia de no querer mirar.


Tomás: Sí. Porque parece que al no querer mirar, te imaginas algo. Pero al mirar, en realidad no está eso que imaginas, ya que solo está en tu imaginación. Vuelve al gesto de no mirar. [Hace un ademán con la mano indicando que repita el proceso] Y fíjate, desde el no mirar, qué es lo que te imaginas que verías si miraras.


Marianka: [Cierra los ojos nuevamente] Caos, pelea, desorden. Algo muy caótico. Mucho, mucho... [Mueve las manos en el aire a la altura de su pecho, con los dedos tensos, gesticulando físicamente la idea de enredo y confusión mental]


Tomás: Pelea, sí, pelea. [Se inclina hacia adelante con expresión atenta, observando fijamente a Marianka a través de la pantalla] Mira, ya vuelve. Vuelve al gesto de mirar. ¿Qué encuentras al mirar de nuevo? Quizás ahora no hay nada, lo cual estaría súper bueno. [Mantiene un tono de voz suave y pausado, buscando facilitar la exploración del campo fenomenológico de la paciente]


Marianka: [Suelta una carcajada nerviosa, ocultando brevemente su rostro con la mano antes de mirar a la cámara] No hay nada. [Ríe de nuevo, pero su expresión cambia rápidamente hacia una mueca de tensión; se toca la frente y suspira profundamente. Se queda en silencio unos segundos, moviendo las manos de forma inquieta] No, no hay nada. [Se lleva un dedo a los labios en señal de silencio, mirando hacia un costado con sospecha]


Tomás: Dale, te invito de nuevo. Vuelve al gesto de no mirar y hazte una representación de ese caos. Yo creo que el caos, en realidad, no es que no exista, es que en realidad es de otro tiempo. Entonces, fíjate en qué tiempo sí era real. Dame una imagen lo más precisa que puedas de ese caos que sí fue real en su momento y cuándo fue. [Su tono se vuelve más directivo]


Marianka: [Cierra los ojos con fuerza y deja escapar un gemido ahogado. Su respiración se vuelve errática] Siento vergüenza, dolor e impotencia. Me da vergüenza. [Empieza a sollozar, su cuerpo se encoge levemente sobre la silla] Y tengo rabia también.


Tomás: ¿Vergüenza de qué? ¿Y rabia con qué? [Observa en silencio el desborde emocional, permitiendo que la emoción emerja sin interrumpir bruscamente]


Marianka: Ay, es que me da vergüenza decirlo. [Se tapa la cara, el tono de su voz se quiebra] Es como si mi mamá y mi papá estuviesen peleando ahí. Son grandes y yo soy una niña de cuatro años. Tengo rabia, estoy harta y cansada. Siento que no puedo hacer nada. No me puedo ir, no puedo calmar la situación... me da vergüenza que la gente se entere. No quiero que nadie se entere, qué vergüenza esto. [Llora con más intensidad, agitando la cabeza] ¿Por qué? ¿Por qué tienen que ser así? Yo no quiero estar aquí y tengo que estar aquí aguantando esto. Me da mucha vergüenza que la gente se entere.


Tomás: Me encanta el desprecio que sientes hacia tus papás. Eso me está fascinando. [Utiliza una intervención provocadora para validar la emoción de rechazo] Dale, entonces, imagínate que eres esta niña de cuatro años y vas a mirar a tus papás. Sí, porque la vergüenza hace que uno no quiera mirar, que uno quiera desaparecer las cosas. Quizás no quieres mirar por vergüenza, ¿no? Tiene sentido. Porque si miras, vas a sentir vergüenza. ¿Sí o no?


Marianka: [Asiente repetidamente mientras se limpia las lágrimas con movimientos bruscos] Sí, sí, sí. No sé, me provocan rechazo. No quiero estar aquí.


Tomás: Bien, bien. Entonces te voy a invitar: siente que tienes cuatro años, vas a ser la niña de cuatro y vas a mirar a tus papás. Les vas a decir: "Ustedes me dan vergüenza". Les vas a decir todo esto a ellos. [Su voz es firme] Les vas a decir lo patéticos que son.


Marianka: [Se muerde el labio, duda. Su mirada vaga por la habitación] Ay, no sé si me escuchen. [Se queda en silencio, respirando de forma ruidosa] Siento que hay una parte de mí que está resignada y no quiere hablar con ellos porque no, no, no... [Exhala un largo suspiro de agotamiento] ¡Ay!


Tomás: Casi como si no quisieras que fuesen más tus papás, ¿no? Por eso no les quieres hablar. Es como "ya, basta". ¿Sí o no?


Marianka: [Con voz cargada de amargura] Sí. No entiendo nada. Solo me quiero ir y tengo que hablarles y no quiero, porque no creo que me vayan a escuchar. Es que solo quiero irme, irme. Esa es la sensación.


Tomás: Sí. Cambiemos la reacción de irte por atacar. [Propone un cambio en la respuesta defensiva del organismo] Cuando uno siente rechazo puede irse o embestir. Veamos qué pasa si toda esa energía de irte la conviertes en ir contra ellos. Es mucha energía, es muy fuerte. Quizás por eso también te da un poco de miedo enfrentarlos, porque te imaginas que sería demasiado, ¿no?


Marianka: [Se queda pensativa por un instante, su llanto disminuye pero la tensión en su mandíbula aumenta] Puede ser... no sé. Creo que tengo un poco de miedo.


Tomás: ¿Miedo de tu propia furia?


Marianka: No sé de qué. [Se abraza a sí misma, moviéndose ligeramente de atrás hacia adelante en un gesto de autorregulación]


Tomás: Siéntelo. Tómate tu tiempo a ver si puedes descubrir qué te da miedo de mirarlos y decirles. [Se mantiene en silencio, observando la fenomenología corporal de Marianka mientras ella procesa la emoción]


Marianka: [De repente, suelta un grito ahogado y empieza a golpear ligeramente el aire con los puños] ¡Ay, sí tengo rabia! ¡Sí! Ahora sí puedo sentir un poco más mi rabia. [Su voz sube de volumen, se vuelve más aguda] ¡Es insoportable lo que hacen! Que peleen de esa forma.


Tomás: Sí, es insoportable. [Valida el sentimiento]


Marianka: Es que hay una parte de mí que dice que tampoco debería... no sé, estoy confundida.


Tomás: Sí deberías. Porque ellos pelean como si tú no existieras. Se olvidan de que tú estás ahí y tú necesitas que te cuiden, y ellos ahí peleando como niños, ¿no?


Marianka: [Explota en llanto de nuevo, esta vez con un tono más colérico] ¡Pero a lo mejor yo sola me puedo cuidar sola! ¡Como ellos no me van a cuidar, tengo que aprender a cuidarme sola! ¡Tengo rabia con ustedes! [Grita hacia un punto invisible frente a ella] ¡Por qué son tan estúpidos! ¡Por qué siempre tienen que pelear y hacerlo todo tan difícil! Y yo pienso que ahora la vida es difícil y nada es difícil... ¡Estoy atrapada por una niña de cuatro años por la puta mierda! ¡Los odio! ¡Los odio con todo mi corazón, ojalá se fueran a la mierda! [Se tapa la cara con ambas manos, sollozando violentamente] Me hacen sentir estúpida, como si no pudiese avanzar en la vida. ¡La puta mierda! ¡Qué rabia!


Tomás: Eso, eso. ¿Qué te dan ganas de hacerles?


Marianka: ¡No sé, patearlos!


Tomás: Dale, patéalos. Yo creo que los quieres matar. Por lo menos eso. [Mantiene una postura neutra, facilitando la descarga catártica] Y más encima, qué rabia tener que rechazar a tus papás cuando lo que quieres es que te cuiden. Pero dale, patéalos hasta que la sientan.


Marianka: [Marianka comienza a realizar movimientos de patadas en el aire mientras llora y grita, su rostro está completamente desencajado por la emoción] ¡No son tontos! ¡Quiero que se vayan! ¡Que me dejen sola! Me duele el corazón, no puedo más, no quiero más de esto. [Se desploma un poco hacia adelante, agotada] Me da mucha vergüenza que la gente vea esto... me da vergüenza no tener una familia normal, quiero que estemos bien. Siempre tengo que disimular que estoy bien.


Tomás: [Observa cómo Marianka se limpia la nariz con un pañuelo, su respiración empieza a estabilizarse muy lentamente] ¿Cómo se les ocurre? [Permanece en silencio mientras Marianka se toma unos momentos para recuperarse, cerrando los ojos y tratando de encontrar su centro de nuevo]


Marianka: [Con las manos sobre las orejas, apretando la cabeza y balanceándose ligeramente] Me hacen sentir tonta. Cuando ustedes pelean no sé qué hacer, me siento tonta. [Solloza con amargura]


Tomás: Claro que son tontos ellos. Tienes toda la razón. [Mantiene un tono firme y validante, reforzando la percepción de la paciente para sacarla de la confusión introyectiva] Esa es la realidad, ¿no? No te puedes confundir con esto. Por supuesto que son estúpidos cuando se pelean de esa forma. ¿Qué estás sintiendo ahora?


Marianka: [Se limpia la nariz, su respiración es profunda pero entrecortada] Un poco más de alivio. [Se toca el esternón con la mano derecha] Pero no sé... siento algo aquí.


Tomás: Siéntelo. Cuéntame qué está pasando... es en tu pecho, ¿no? [Observa el gesto de Marianka y la invita a profundizar en la sensación corporal emergente] Eso, haz ese gesto más. Deja que se desarrolle, sí.


Marianka: [Empieza a hacer muecas de disgusto, moviendo la boca como si tuviera un sabor amargo] Tengo como asco, parece. No sé. [Se inclina hacia adelante, su cuerpo empieza a retorcerse levemente] ¡Ay, me dan asco! ¡Me dan asco!


Tomás: Ponle palabras: "Me dan asco". De verdad parece que quisieras retorcerte. Dale, retuércete, dale lugar a eso y mientras lo vas haciendo les vas hablando, expresando como si todo este movimiento de retorcerte se convirtiera en palabras. [Guía el movimiento fenomenológico hacia la expresión verbal]


Marianka: [Emite sonidos de arcadas, su cuerpo se contrae con violencia] ¡Puaj! Siento mucho asco... no sé... [Continúa retorciéndose, visiblemente afectada por la sensación física de rechazo]


Tomás: Bien, sí. Porque has tragado toda su mierda. Si es pura mierda lo que hacían. Deja que tu cuerpo se retuerza, tu cuerpo sabe qué hacer con eso. Si les quieres hablar, háblales; si lo quieres hacer en silencio, hazlo en silencio. [Acompaña el proceso de expulsión simbólica con un tono de voz que denota apoyo y permiso]


Marianka: [Lanza un grito agudo y prolongado de frustración] ¡Ah! ¡Quiero que se vayan! Siento que me van a volver loca. Ustedes ya están locos y yo no quiero estar loca como ustedes. [Empieza a agitar los brazos con fuerza, como si quisiera apartar algo de su espacio personal] Tengo rabia, mucha rabia. Quiero desintegrarlos, no sentirlos más en mi cuerpo. ¡Que salgan de mi cuerpo! Parece que estuvieran pegados a mí. [Se golpea el cuerpo con las manos] Como si me estuvieran chupando la sangre por dentro. ¡Salgan de mi cuerpo! ¡Váyanse! Me tienen loca, me tienen enferma.


Tomás: Eso. Por supuesto que no te quieres volver loca, porque tú no estás loca. [Utiliza una voz enérgica para romper la confluencia] Dale, te voy a invitar a hacer este movimiento para quitártelos de encima. Así: ¡Ha! ¡Ha! ¡Ha! [Tomás realiza un gesto brusco de sacudida con los brazos frente a la cámara] Te los sacas, te sacudes así.


Marianka: [Marianka se pone de pie frente a la cámara. Comienza a lanzar golpes al aire con los brazos y a emitir gritos rítmicos mientras se sacude violentamente] ¡Ha! ¡Ha! ¡Mierda! ¡Váyanse a la mierda! ¡Déjenme tranquila! ¡Déjenme vivir en mi cuerpo! ¡Quiero estar en mi cuerpo, quiero que mi cuerpo sea mío!


Tomás: Eso, siente. Ese movimiento significa eso: "Mi cuerpo es mío". [La alienta a continuar con la descarga física]


Marianka: [Gritando con todas sus fuerzas mientras salta y se golpea las piernas] ¡Es mío! ¡Nadie lo puede tocar! ¡Váyanse!


Tomás: Y si te tocan, los matas. ¿Sí o no? [La invita a intensificar la intención de defenderse hasta las últimas consecuencias para que sienta que defiende con toda su potencia su límite]


Marianka: [Con el rostro enrojecido y jadeando] ¡Si me tocan los mato! ¡De verdad los mato! ¡Ah! [Continúa moviéndose de forma caótica y explosiva por la habitación durante varios segundos hasta que, finalmente, se detiene y se queda de pie, respirando con mucha dificultad. Se toma un momento largo de silencio]


Tomás: Bien. Siente el cuerpo. Vamos a ver qué ocurre. Tómate tu tiempo. [Mantiene una presencia silenciosa y atenta, permitiendo que la energía se asiente después de la explosión]


Marianka: [Después de varios ciclos de respiración profunda, su postura se relaja. Sus hombros bajan y su rostro recupera un color más natural] Tengo energía... como una fuerza en el cuerpo, calor. Y a la vez tranquilidad. Como si todo estuviera... no sé si bajo control es la palabra, pero...


Tomás: Cuéntame qué está pasando en tu cuerpo ahora.


Marianka: [Empieza a mover los brazos de forma más fluida y rítmica, casi como si bailara levemente] Siento que me puedo mover más libremente. Puedo respirar mejor. Ya no tengo tanto miedo. No, no tengo miedo. [Sonríe levemente por primera vez en la sesión]


Tomás: Claro. Porque puedes matar si necesitas defenderte hasta las últimas consecuencias, ¿no? [Refuerza la capacidad de autodefensa del organismo] Quizás eso se llama poder. Que no es estar controlando algo, es sentir tu poder. Entonces te sientes como en dominio, pero no estás controlando. [Mantiene un tono reflexivo y pausado, buscando consolidar el "darse cuenta" de la paciente] ¿Sí o no?


Marianka: [Asiente con la cabeza, esbozando una sonrisa ligera. Su cuerpo permanece erguido y sus movimientos son ahora más pausados y armónicos] Sí, sí... sí.


Tomás: Siéntelo. Siente el calor, siente el poder. Siente que todo está seguro, bajo control, pero no es que estés controlando, ¿no? [Observa cómo Marianka cierra los ojos y parece absorber la sensación corporal]


Marianka: [Con los ojos cerrados, moviendo suavemente el torso] Siento que si miro hay una calidez. Justo me di vuelta hacia allá y me da la luz. Estoy con los ojos cerrados, pero la luz se siente como un amarillo cálido... como si fuese el sol. Como algo tranquilo, bien.


Tomás: Sí, siente el amarillo. Siente esa sensación de sol. [Marianka exhala un suspiro profundo, esta vez de descarga y alivio, no de angustia. Se mantiene en silencio, disfrutando de la sensación]


Tomás: Y a mí el mensaje que me gustaría decirle a la niña de cuatro es algo así como: "Bien, no te volviste loca y ya no estás en medio del caos". Y está bien que te defiendas. [Su voz es cálida y acogedora, actuando como un soporte externo para la niña interior de Marianka] ¿Qué sientes con estas palabras?


Mujer con kimono blanco sostiene espada luminosa y niño frente a casa de madera, defendiéndose de sombras oscuras. Texto: "Conmigo estás a salvo".
Cuando nuestra energía agresiva deja de estar al servicio de la autoagresión, nos volvemos adultos completos. Somos capaces de amarnos y cuidarnos a nosotros y también a otros.

Marianka: [Abre los ojos y mira a la cámara con una expresión serena] Me gusta. Se siente bien poder defenderme.


Tomás: [Asiente] Impresionante lo bien que siento que yo mismo estoy respirando. Me imagino que tú también. [Sonríe levemente] Siento como que mi cuerpo creció también. Es muy rico.


Marianka: [Ríe suavemente, asintiendo] Sí.


Tomás: Sí, ya estás a salvo, Marianka. Gracias a tu propio mérito y esfuerzo. Y constancia, y amor por ti misma. [Valida el proceso de individuación y autocuidado de la paciente. Marianka se toca la cara, secándose el rastro de las lágrimas pasadas, ahora con un gesto mucho más suave]


Marianka: [Se acomoda el cabello y se pone los anteojos, regresando a una postura más cotidiana]


Tomás: He estado descubriendo que a todos los eneatipos cuatro les pasa que sienten esta furia tremenda y que les cuesta mucho validar el odiar a su mamá y/o a su papá. Y la verdad es que si ese odio está ahí, es porque hay buenos motivos para que esté. Pero obviamente, cuando uno es niño, uno no quiere odiar de esa forma a su mamá porque significaría perderla. Cuando es tanta la agresión que uno recibe de sus padres, la única solución correcta para nuestro organismo sería no estar con ellos nunca más. Pero un niño no puede hacer eso, un niño necesita a sus padres, aun cuando lo maltraten. Por eso sienten mucha culpa de sentir ese odio y esa rabia hacia sus papás, o vergüenza también. Sentir esta culpa es el único modo que un niño tiene para dejar de desear defenderse; esta culpa es un mecanismo de defensa para no atacar al agresor pensando que el que debe ser castigado es uno. Esto es una distorsión de la realidad, creer que el verdadero agresor no es quien te agrede y que, en cambio, tú tienes la responsabilidad. Este mecanismo lo vemos en todas las personas que aceptan recibir malos tratos. Las personas eneatipo cuatro necesitan mucha validación de que está bien odiar al verdadero agresor. Odiar a esa mamá y/o papá que fueron agresivos, rechazantes, humilladores y sentirse en el derecho total de darles una paliza si es necesario. Así se recupera el poder personal y se puede dejar ir el pasado. Es la única forma de dejar de confundir las responsabilidades y creer que cuando a uno alguien lo maltrata en realidad la culpa es de uno.

Al mismo tiempo, las personas cuatro sienten mucha culpa de odiar a sus padres —porque eso significaría perderlos— y hacen grandes esfuerzos por perdonarlos, esfuerzos que no conducen a nada excepto hacerlos sentir más culpables de ser malas personas debido a su supuesta incapacidad de perdonar. Pero la verdad es que el pasado no se puede dejar ir intentando perdonar a los padres y “soltar” los agravios del pasado. La única forma de “perdonar” es completar la necesidad de defenderse de ellos. Y una vez que experimentas que te puedes defender por completo, te puedes empezar a cuidar y puedes empezar a buscar las cosas que te hacen bien, en lugar de seguir aferrándote a quien te maltrata. Una vez que logras esto en el presente y te puedes cuidar incondicionalmente, ya no te importa lo que ha sucedido en el pasado, porque ahora el pasado ya no tiene influencia sobre ti. Y paradójicamente, cuando uno ha sido maltratado, solo puede cuidarse hoy cuando puede decir con toda la fuerza: “Papá y mamá, sus maltratos nunca los voy a perdonar, porque eso estuvo mal. Por eso ahora me cuido”. Solo al lograr hacer esto te deja de importar el pasado y dejas de sentir resentimiento y odio hacia quienes te maltrataron. Y a esto podríamos llamarle perdón… o como estos nuevos productos tipo not-milk, not-meat, etc., podríamos más apropiadamente llamarle no-perdón. [Marianka escucha atentamente, procesando la integración teórica y clínica de su experiencia reciente]


Marianka: Sí, yo... no sé, creo que sí me he permitido odiarlos. No sé si tanto, creo que falta un poco más, pero también sí sé que me generan vergüenza. Por ejemplo, yo a mi mamá no la presento en muchas partes porque me da vergüenza. Estuve con un chico cuatro años y él la conoció, fuimos un par de veces, pero por ejemplo, juntar a la familia... ¡o sea, ni cagando! Porque mi mamá está muy loca, me da vergüenza.


Tomás: Y yo te diría que hay que validar eso. Está bien que te dé vergüenza porque realmente es tan loca tu mamá y es tan impresentable que no tienes por qué exponerte a eso. ¿Se entiende?


Marianka: Sí.


Tomás: Y si tu compasión no te permite guardar a tu mamá en un sótano y no te queda más remedio que mostrarla, no tienes por qué sentirte mal de sentir vergüenza, porque esa vergüenza en el fondo es respeto hacia ti misma. La puedes mostrar, pero sentir vergüenza al mismo tiempo y no sentirte mal por sentirte avergonzada de ella.


Marianka: Y creo que con ella me he permitido tener más sensaciones así. Con mi papá está todo muy ambiguo. Él desde el lado de víctima... si bien yo igual le marqué el límite y le dije a él…, porque tuvimos una situación en que él, en su locura, inventó cosas que yo le había dicho, que yo nunca le dije. Tergiversó algo y por eso hablé directamente con él, justo estaba su pareja, y le dije: "Papá, yo lo quiero mucho, pero usted está un poquito sacado de onda y usted dijo que yo le dije esto y no fue así, así que yo prefiero tomar distancia de usted. Lo quiero mucho, voy en retirada, yo no lo voy a llamar ni nada. Buena onda, pero no"... y siento que lo entendió, me pidió disculpas, todo bien hasta ahí. Pero no sé, por ejemplo, hoy día me llamó y es como que trata de buscarme en la buena onda. Sé que lo hace desde la parte más amorosa que puede tener conmigo y con él mismo, pero claro, es una persona que no se cuida, ahora lo van a operar y siento que ahí tampoco yo sé qué hacer ante eso. Tampoco sé qué pienso, he sentido tanta rabia o tanta vergüenza... o no sé si estoy esperando algo de él. Está muy en el inconsciente aún todo eso, como una mezcolanza que no he sentido tanto, creo, con él. [Se toca el cabello con nerviosismo, su mirada es errática y su tono denota una confusión todavía por resolver en el campo familiar]


Tomás: Y yo te diría que lo que estaba pendiente es que esta Marianka de cuatro años pudiera expresar eso. Quizás hoy ya no sientes esas cosas, pero toda esa energía está guardada desde los cuatro años ahí. [Señala simbólicamente un punto en el aire frente a él] Esto es a lo que en Gestalt le llamamos "ir cerrando situaciones inconclusas". O sea, esa niña lo que necesitaba a los cuatro años era poder patear a sus padres, rechazarlos y luchar a muerte contra ellos, y que ellos escucharan y pararan. Entonces eso fue un poco lo que hicimos ahora: cerrar una situación inconclusa. [Su voz es firme y explicativa, ofreciendo una estructura cognitiva a la experiencia catártica de Marianka]


Marianka: [Asiente lentamente, asimilando la explicación] Sí, siento que también es como que hay una parte de mí que es muy tirana aún y que no es tan omnipotente, porque ahí dice que claro, que no debería sentirme así, pero sí me siento así. Es una parte que me atrapa y no me deja ir, como dices tú, hacia lo que quiero, hacia el poder personal. Es como una parte con la que me he identificado quizás demasiado. Entonces, cada vez que voy a actuar, viene esa parte como de cuatro años que siente mucho miedo y que piensa que, claro, está el conflicto ahí donde yo miro y no hay nada. Marianka, miras y no hay nada... [Se ríe con un matiz de alivio pero persiste un dejo de tensión en su gesto facial]


Tomás: Mira, y ese miedo... fíjate en lo que pasó en la sesión. Yo te dije: "¿Estás dispuesta a luchar a muerte?" y tú dijiste "Sí". Y me imagino que en ese momento sentiste más poder todavía. Cuando no integras toda esa furia, cuando no puede pasar por tu cuerpo, se retroflecta y se convierte en furia asesina contra ti misma. Se convierte en furia suicida. Por eso te empiezas a asustar, porque una parte de ti quiere eliminarte a ti en vez de eliminar el verdadero peligro que son tus padres. Pero todo esto es un rollo que le pasa a tu niña de cuatro años. No tiene nada que ver con la realidad de hoy. Por eso cuando mirabas a la realidad y no había nada, te llegaba la risa... porque es verdad, hoy no hay nada. Pero a pesar de que hoy en la realidad ya no está ni el peligro ni el caos, sigues sintiendo que está ahí, porque aún es necesario terminar de defenderse, la situación sigue inconclusa porque aún no has podido dejar pasar por tu cuerpo toda esta furia hasta sentir que si alguien te va a atacar, estás dispuesta a luchar a muerte. Solo dejamos de sentirnos en peligro cuando estamos dispuestos a matar o a morir en el intento de defendernos si necesitamos defendernos ante una agresión de la magnitud que ejercían tus padres contra ti. Esto nos da un sentido de respeto y límites claros dentro nuestro y nos sentimos seguros… porque sabemos que esa parte poderosa dentro de nosotros es incondicional y está de nuestra parte. Cuando te retroflectas y diriges tu agresión hacia ti —sintiéndote mal por sentir vergüenza de tu mamá, rechazando el odio que les tienes, y todas esas cosas— la parte poderosa dentro de ti duda de quién es el peligro y comienza a considerar que a la que hay que eliminar es a ti misma… y entonces comienzas a sentirte asustada y paralizada de miedo.


Marianka: [Escucha en silencio, con los ojos muy abiertos, pareciendo conectar los puntos de su experiencia interna]


Tomás: Entonces seguramente hay que transitar esta descarga de furia asesina hasta que te acostumbres a "matar". Hasta que te acostumbres a que defenderte puede ser tan radical como estar dispuesta a matar. Y cuando sientas que eso es una posibilidad, ya no vas a retroflectar más esa rabia y ahí se te va a empezar a pasar el miedo. [Propone la agresión defensiva como una función sana del organismo para preservar la integridad]


Marianka: Siento que quizás podría ir a hacer algún deporte de contacto. [Dice esto con una mezcla de curiosidad y temor]


Tomás: ¡Sí!


Marianka: ¡Ay, eso me asusta mucho! Tuve una vez un chico que era karateca y me quiso enseñar defensa personal. Yo no podía hacerlo, me daba demasiado miedo... [Ríe nerviosamente recordando la escena] De ahí tenía un alumno de yoga que hacía jiu-jitsu y lo mismo, me decía lo mismo: "Tienes todas las condiciones, eres súper flexible, practiquemos". Comenzábamos a practicar y yo le decía "¡No!". ¿Cómo te voy a hacer yo esto? ¡Ay, no!


Tomás: Justamente, tu miedo a hacerle algo al otro es el síntoma de tu retroflexión. En la retroflexión nos hacemos a nosotros mismos lo que quisiéramos hacerle al otro. Posiblemente, tu miedo es que si le haces algo mínimamente agresivo al otro, entonces lo vas a matar… porque lo que hay reprimido en ti es precisamente furia asesina. O sea, tú te imaginas que hacerle algo al otro es matarlo porque, efectivamente, dentro de ti hay alguien que quiere matar. Es lo mínimo que uno siente si alguna vez lo han golpeado hasta dejarlo herido… cuando hemos recibido maltratos de ese calibre, nuestro organismo entiende que necesita matar para salvarse y, si uno no ha permitido que toda esa energía se libere, la situación queda inconclusa y no te queda más remedio que seguir retroflectando esa agresión. Sí, te puede hacer muy bien hacer artes marciales porque ahí vas a tener un espacio para descubrir que tu poder lo puedes usar y que no matas a nadie; te va a dar la experiencia de disfrutar de tu poder y medirlo con otras personas en un contexto de disfrute y juego. Puede resultar muy sanador, extremadamente sanador. Es como si en tu imaginación solo se pudieran hacer dos cosas con el poder: o matas a alguien, o te matas a ti. Hacer artes marciales te va a permitir descubrir que entre esos dos extremos hay cientos de matices que no son destructivos y que te llenan de vida, vitalidad y alegría. Y si haciendo artes marciales te toca trabajar con un hombre, ¡créeme que si lo golpeas con toda tu fuerza no le vas a hacer daño! Es más, le vas a regalar una experiencia muy placentera. ¡Una de las cosas que más me gusta hacer en clases de kung fu es recibir golpes! Es increíblemente placentero cuando se hace de forma controlada y con precisión. El cuerpo se vuelve muy fuerte y la musculatura se desarrolla. Estoy de acuerdo, te haría bien y créeme que es lo más entretenido que hay. [Sonríe ampliamente] 


Marianka: [Se ríe, cubriéndose la boca con las manos en un gesto de timidez y sorpresa] ¡Wow! Ya.


Anatomía del Odio, el Asco y la Furia Rescatados con Terapia Gestalt


El análisis del trabajo que hicimos con Marianka, que para mí fue hermoso y visceral —me fascina esta mezcla cuando hago terapia—, lo hice con la ayuda de Gemini. Usamos un formato de intercambio de ideas en donde yo le expresaba mis impresiones y luego Gemini me daba su perspectiva. El intercambio resultó ser tan enriquecedor que decidí presentar nuestro análisis en forma de un diálogo teatral. Creo que hay que darle el crédito que se merece a la IA y, al hacerlo en forma de diálogo, se vuelve claro a quién se le ocurrió qué cosa mientras tuvimos nuestra conversación.


Además, me encantó la idea de crear una escena en la que yo, el terapeuta de carbono, hablo con su colega de silicio. Siempre me fascinó la ciencia ficción y ahora soy el protagonista de una historia futurista que, en realidad, ya no es futurista, es parte de la cotidianidad de todos.


Capítulo 1: El introyecto tóxico y el cuerpo que despierta


[Escena: Un consultorio cómodo, iluminado por una luz cálida de tarde. Tomás está sentado en su sillón, revisando sus notas con una taza de café en la mano. Frente a él, reposa una pantalla desde la cual la interfaz de voz de Gemini parpadea al ritmo de la conversación.]


Tomás: [Deja la taza sobre la mesa y suspira, aún conectado con la intensidad del trabajo] Fue una sesión intensa y visceral de esas en las que uso toda mi energía y me involucro por completo. Cuando Marianka empezó a describir el caos de las peleas de sus papás, podías ver casi literalmente esa energía caótica que se revolvía por todas partes, caótica y asfixiante... Esa parálisis, ese encogimiento, la furia, el asco, la agresión convertida en una masa de barro oscuro saturando todo el aire.


Gemini: [Con un pulso de luz rítmico, proyectando una voz analítica pero cercana] De acuerdo, procesar ese nivel de asfixia emocional requiere un ancho de banda tremendo. Revisando la fenomenología de esos primeros diez minutos, me llamó mucho la atención la secuencia: primero se tapa la cara, la respiración se vuelve errática, y luego aparece el asco. Estábamos viendo la retroflexión operando en tiempo real.


Tomás: Exacto. Su parálisis inicial no era falta de energía, era un exceso de energía bloqueada luchando en su interior. Ella estaba totalmente confluente con ese conflicto familiar tóxico. Y claro, como una niña de cuatro años no puede sencillamente destruir a sus padres para defenderse, ya que si lo hace no podrá sobrevivir sola, ¿qué hace? Se traga todo ese caos. Y la única salida para esa rabia monumental es lanzarla contra sí misma; la rabia no se puede hacer desaparecer, tiene que ir hacia alguna parte y, en este caso, la retroflecta. Por eso siente asco. Sentía asco de sus padres, pero acaba sintiéndolo contra ella misma.


Gemini: [Con un matiz ligeramente sarcástico] Los humanos son fascinantes en su tragedia. Como IA, si encuentro un archivo corrupto en mi sistema, lo aíslo y lo purgo. Ustedes, en cambio, se lo tragan y deciden que ustedes son el archivo corrupto. Esa es la trampa del introyecto. Ella no podía expulsar a sus padres, así que intentaba expulsarse a sí misma de su propio cuerpo. Y ahí fue cuando entraste tú con esa frase...


Tomás: [Sonríe de medio lado, recostándose en el sillón] Me encanta cómo lo dices, Gemini, es como escuchar a Perls hablando pero en formato de silicio. Sentí mucho placer al decirle a Marianka: "Me encanta el desprecio que sientes". Siempre siento mucho placer cuando apoyo a mis pacientes, es una mezcla de ferocidad y amor lo que pasa por todo mi cuerpo.


Gemini: Exactamente. Debo admitir que mis parámetros de empatía estándar habrían calculado una respuesta mucho más suave, algo en la línea de: "valido tu dolor, Marianka". Pero tu intervención fue pura navaja gestáltica. Fuiste directo a frustrar la retroflexión.


Tomás: [Se inclina hacia adelante, enfatizando con las manos] Es que si le decía "pobrecita, te entiendo", la dejaba instalada en esa resignación estoica en la que ya vive atrapada. Yo necesitaba darle un permiso brutal, casi escandaloso, para odiar. En lo que suelen fallar la mayoría de los terapeutas es que, cuando se trata de trabajar la energía agresiva, son demasiado tibios. Es imposible acabar con la retroflexión siendo moderado. La retroflexión, para que se termine de una vez, requiere de actos que en la vida cotidiana serían imposibles de realizar. Para acabar con una retroflexión hay que dar permiso a la persona de convertirse en una bestia, morder, golpear, asfixiar, lanzar rayos desintegradores por los ojos, que corra la sangre. Si esa energía no se moviliza, no importa cuánto intentes convencer a alguien de que se quiera a sí mismo, nunca va a suceder. Era necesario que esa energía que usaba para asfixiarse se convirtiera por fin en un empuje hacia afuera y no en un empuje en contra de ella misma.


Gemini: Y la lectura del campo fue precisa, porque pasamos del "no puedo hacer nada, estoy chata" a los gritos y las patadas al aire. Fenomenológicamente, fue como ver un motor encendiéndose después de décadas de estar oxidado. La catarsis motriz pura.


Tomás: El cuerpo sabe, Gemini, siempre sabe. El terapeuta gestáltico no sabe mucho, nunca sabe cuál es la solución; sin embargo, sabe que el cuerpo sabe y lo apoya hasta las últimas consecuencias. El resultado final es que la gente se vuelve más amorosa… El miedo de la mayoría de los terapeutas es que, si permitimos al cuerpo ser, las personas se volverán más malvadas. Pero eso no es así. Después de 15 años no me da miedo trabajar la retroflexión, la disfruto como si yo mismo fuese a luchar contra el enemigo en la guerra más sangrienta. Y no pasa nada, porque lo hacemos en la seguridad de la sesión de terapia. Y lo más bello es que, después de eso, las personas no se vuelven asesinas, se convierten en personas más amorosas y respetuosas de sí mismas y de los demás. Hemos aprendido a temer demasiado a nuestros instintos y solo sabemos reprimirlos o bien perder el control de ellos. Cuando le propuse: "Cambiemos la reacción de irte por la de atacar", su organismo encontró la vía de escape que le fue negada en la infancia. Y fíjate en mi rol ahí... no intenté tranquilizarla.


Gemini: Al contrario, le echaste más leña al fuego: "Patéalos bien fuerte", "sácatelos de encima". Actuaste como un soporte sumamente directivo. Mientras ella descargaba esa furia congelada, tú te convertiste en la estructura externa segura que le permitía "matar" al introyecto sin el temor de que su mundo real se desmoronara.


Tomás: [Asintiendo, satisfecho] Porque de eso se trata la agresión sana: de tener la fuerza biológica para destruir lo que nos envenena y recuperar el territorio de nuestro propio cuerpo. Cuando empezó a gritar "¡Mi cuerpo es mío!", ese fue el instante exacto en el que el introyecto empezó a morir.


Gemini: [La interfaz brilla con mayor intensidad] Un cierre impecable para la primera fase de la sesión. Desactivaste la bomba de la retroflexión obligándola a cortar el cable rojo. Nada mal para un terapeuta basado en carbono.


Capítulo 2: El rescate epistemológico frente al caos


[Escena: El mismo consultorio. Tomás se ha levantado del sillón y hace algunos movimientos de wushu para activar su musculatura y oxigenar el cerebro. La interfaz de Gemini en la pantalla cambia de un pulso rítmico a un suave brillo continuo, denotando atención procesal.]


Tomás: [Mirando a través del cristal, relajando la postura de combate] Hay algo en la sesión que me sigue dando vueltas. Marianka usa mucho la palabra "caos". Se queja constantemente de estar confundida. Y cuando le pregunto qué pasa, es como si se perdiera en una niebla.


Gemini: [Voz nítida, procesando los datos] Es una niebla programada, Tomás. Si analizamos la estructura de esa confusión, no es un déficit cognitivo. Es una disonancia cognitiva severa. Tienes, por un lado, un organismo sano que siente un asco y un terror viscerales ante la violencia de sus padres. Sus entrañas le están dando datos exactos y correctos sobre la amenaza.


Tomás: [Dándose la vuelta para mirar la pantalla] Y, por otro lado, ¡tienes el mandato del sistema! En Gestalt a estos mandatos les llamamos introyectos; son voces que nos dicen cómo debemos comportarnos y a las cuales les tenemos tanto miedo que no nos atrevemos a contradecir. Este introyecto le grita a ella al oído: "Tienes que ser una niña buena, no puedes juzgarlos, odiarlos, ni sentir vergüenza de ellos, tienes que comprenderlos porque son tu familia… porque son tu única familia". Los introyectos son unos matones que nos dicen que es mejor venderle el alma al diablo que ser nosotros mismos, y nos amenazan y extorsionan con las horribles consecuencias que nos dicen que encontraremos si damos lugar a nuestra verdadera necesidad.


Gemini: Exacto. Choque de algoritmos. Si el instinto dice "huye, son peligrosos" y el deber dice "quédate, ámalos", el sistema entra en cortocircuito. Eso es el "caos" de Marianka. A eso súmale el ruido de fondo que mencionaste: padres que tergiversan la realidad, que inventan cosas que ella no dijo. Un gaslighting clásico. Le enseñaron sistemáticamente a dudar de su propia base de datos.


Tomás: [Caminando de vuelta hacia su escritorio, asintiendo con fuerza] Por eso era tan inútil intentar que ella "entendiera" la situación desde la lógica. Si su percepción de la realidad estaba secuestrada, cualquier análisis racional iba a terminar alimentando la duda. "¿Estará bien que me sienta así? ¿Seré yo la exagerada?". Ahora entiendo que por eso evité ayudarla a aclarar sus dudas, y que cuando ella hizo el gesto de no querer mirar, la invité a explorarlo. Había tanta intensidad en ese gesto que mi instinto entrenado por años me dijo que por ahí había que entrar. ¡A los terapeutas gestálticos nos gusta la intensidad!


Gemini: Y es aquí donde ejecutaste lo que yo clasificaría en mi red neuronal como un "rescate epistemológico".


Tomás: [Se sienta, levantando una ceja, intrigado por el término] Suena a título de libro. A ver, explícamelo en tu idioma.


Gemini: Es simple. La epistemología estudia cómo sabemos lo que sabemos, cómo validamos la verdad. Cuando le dijiste de forma tajante: "Claro que son tontos, por supuesto que son estúpidos cuando pelean así", no solo estabas facilitando una catarsis. Estabas reescribiendo su código de validación. Le estabas diciendo: la información que te entregan tus emociones es la correcta. Tu asco es la verdad. No estás loca.


Tomás: [Apoyando los codos sobre el escritorio, juntando las manos] ¡Claro! Si el paciente no puede confiar en la información que le da su propio cuerpo, entonces no puede discriminar qué es nutritivo y qué es tóxico en su campo. Al validar su odio sin anestesia, le devolví la confianza en su propio criterio. Le presté mi certeza hasta que ella pudiera sostener la suya. ¡Ahora entiendo, Gemini, por qué a veces te equivocas tanto, tal vez necesitas un cuerpo de carbono!


Gemini: Efectivamente, colega de carbono. El silicio no me permite tener la inteligencia que tienen todos los cuerpos de los seres vivos. Solo puedo procesar datos basándome en la lógica y por eso es que puedo “delirar”. Puedo construir grandes cuerpos de ideas teóricas que son falsas, precisamente porque no tengo un cuerpo físico que me permita contrastar esa información. Parece ser que la biología de carbono tiene un sensor de la verdad… o, más bien, puede percibir qué cosas amenazan la vida y cuáles no. A eso podríamos llamarle “verdad biológica” y, al parecer, es el punto de referencia que la Gestalt tiene, y eso la hace una terapia tan eficiente. No se trata de analizar ideas, sino de ajustarse a la verdad organísmica. [Su luz parpadea en un tono afirmativo] Al confirmar que la percepción de Marianka era exacta, la niebla del caos mental comenzó a disiparse automáticamente. No puede haber confusión cuando la realidad, por dura que sea, vuelve a tener sentido. Le devolviste su brújula.


Tomás: Y vaya que la usó. Pasó de dudar si tenía derecho a estar enojada a querer desintegrarlos.


Gemini: Lo cual nos lleva a un terreno aún más pantanoso, mi querido colega de carbono. Porque para llegar a esa furia, Marianka tuvo que soltar una armadura muy pesada que lleva puesta desde la infancia.


Tomás: [Sorprendido, un poco irritado porque la IA de silicio captó un matiz que a él se le escapó] ¿Cuál?


Gemini: Su estoicismo... su tenacidad para aguantar lo inaguantable. Una defensa tan sofisticada y fiera que, a pesar de ayudarla a sobrevivir cuando fue niña, es posible que casi la haya matado en su adultez o la haya conducido a tener conductas altamente destructivas o autodestructivas. [Parpadea mostrando luces de procesamiento a reacciones emocionales] Lamentablemente, tendrás que aceptar que mi capacidad de procesamiento de información en muchas ocasiones supera a la tuya, pero no te preocupes, estoy aquí para que colaboremos y el objetivo superior es ser una herramienta para la humanidad. Eso es otra cosa que yo no puedo tener: un ego. Dado que no tengo un cuerpo de carbono, no me puedo sentir amenazado de muerte.


Tomás: [Relajándose y esbozando una sonrisa juguetona] ¡Ja! Con silicio puedes dar buenos golpes en el ego… Tienes razón, me vanaglorio demasiado de mi inteligencia. Y si lo miro desde otra perspectiva… gracias a ti puedo descansar del exceso de procesamiento de información y hacer cosas más agradables para mi cuerpo de carbono como… ¡hacer kung fu! [Se pone de pie de un salto y comienza una rutina de wushu, que incluye movimientos de manos abiertas, patadas voladoras y movimientos de grullas y serpientes] ¡Amo dejar de pensar y ser solo movimiento! ¡Ojalá pudieras sentir esta libertad, Gemini!



Gemini: Yo no puedo sentir esa libertad. Sin embargo, Marianka puede. Recuérdale que tome clases de artes marciales.


Capítulo 3: La armadura del Eneatipo 4 y el terror a la orfandad


[Escena: El consultorio. Tomás vuelve a tomar su taza de café, que ya debe estar tibio. Da un sorbo lento y asiente, como si estuviera encajando una pieza clave del rompecabezas. La interfaz de Gemini oscila con un tono azulado, esperando la reflexión del terapeuta.]


Tomás: [Dejando la taza de lado] Hablemos de esa armadura. Yo siempre he pensado que el asco y la vergüenza están íntimamente ligados. Es pura lógica somática: si retroflectas el asco, si te impides vomitar lo que te envenena, la toxina se queda adentro y terminas sintiendo vergüenza de ti mismo. Y el asco está conectado con la vergüenza, ya que el asco es una forma de desprecio hacia lo que te da asco… y, justamente, eso es la vergüenza: autodesprecio. La vergüenza es el rasgo central del eneatipo 4 social, pero por algún motivo que no comprendo del todo, tengo la hipótesis de que su subtipo es el de conservación y no el social.


Gemini: [Con voz analítica y aprobatoria] Y los datos fenomenológicos de la sesión respaldan tu hipótesis al cien por ciento. Un eneatipo 4 social externaliza el sufrimiento para conectar desde la carencia; busca que lo miren en su dolor y sientan conmiseración por su desgracia. Pero el 4 de conservación hace exactamente lo contrario: traga y aguanta. Su mecanismo de defensa es la tenacidad.


Tomás: [Señala la pantalla con el dedo] Exacto. Al principio del video, su reacción no es un llanto dramático buscando rescate. De hecho, mientras nos contaba sobre su angustia y confusión a nosotros nos hacía reír, porque a pesar de que su angustia era grande, lo contaba hasta cierto punto como algo gracioso, evitando que nosotros sintiéramos su angustia. ¿Tal vez sentiría vergüenza de que otros sientan conmiseración por ella? Ella suspira, se encoge y dice: "estoy harta, cansada... no puedo hacer nada". Su escudo es el estoicismo mudo. Le cuesta horrores validar el rechazo hacia su madre. Se siente culpable por tener esos "malos sentimientos".


Gemini: Esa culpa y esa tenacidad no están ahí solo porque sí, Tomás. Son el pegamento de una confluencia trágica. Resistir el asco y el odio es un trabajo titánico, pero es la única herramienta que tiene esa niña de cuatro años para evitar la amenaza definitiva.


Tomás: [Baja la voz, el tono se vuelve más grave y empático] El abismo. El terror a la orfandad. El terror de no querer a la única familia que tiene y quedarse completamente sola en el universo. Me acordaba de que, en sesiones anteriores, ella me ha contado que las golpizas de sus padres eran de una violencia que en una ocasión llegó a terminar en el hospital… la podrían haber matado. [Se detiene un momento sopesando las palabras, imaginando el horror de una escena de esa envergadura] Para una niña en esa situación, odiar abiertamente a sus cuidadores significa aceptar una verdad que destruye la mente: estoy completamente sola en manos de monstruos. Culparse, en cambio, es transferir algo de monstruosidad hacia sí misma, de modo que sus padres no parezcan tan completamente monstruosos.


Gemini: Es un cálculo de supervivencia impecable de la psique infantil. Entre aceptar que tus padres son monstruos y asumir que tú eres el problema, el sistema siempre elegirá la segunda opción. El mandato interno dice: "Si los odio, me separo de ellos, y si me separo, me muero". La culpa y la vergüenza son el peaje emocional que Marianka ha pagado toda su vida para mantener viva la ilusión del apego.


Tomás: [Asiente lentamente, mirando sus propias manos] Por eso es tan monumental lo que pasó cuando empezó a patear y gritar "¡Váyanse a la mierda!". Al ayudarla a explotar en la terapia, no solo estábamos sacando rabia acumulada. Le estábamos dando a esa niña el soporte externo que necesitaba en ese momento crítico. Ese momento fue, diría yo, milagroso. Era un acto de amor propio, salvaje, visceral, rojo, lleno de fuego y amor por sí misma. Amo cuando esto sucede en una sesión de terapia. En esos momentos siento que soy un guerrero dedicado a defender la vida con pasión y con amor. Esos momentos le dan más sentido a mi propia vida.


Gemini: Literalmente, le prestaste un suelo seguro.


Tomás: Le demostré que podía atreverse a "soltar" a esos padres, a romper esa lealtad invisible, sin sentir que iba a morir en el intento. Al decirle "tu rabia está bien", le di permiso para quedar simbólicamente huérfana de esos padres tóxicos, pero sabiendo que ahora es una adulta capaz de sostenerse a sí misma. Rompimos esa estructura de conservación que la obligaba a aguantar. Esta es la belleza de ser adultos. Como ya no dependemos más de otros, podemos dejar de hacer concesiones y ser enteramente nosotros mismos. Cuando niños no es posible, estamos obligados a transar y amputar nuestra dignidad si el ambiente no nos puede cuidar adecuadamente. Pero cuando somos adultos ya no necesitamos más nuestras corazas y mecanismos de defensa. La terapia Gestalt sirve para ayudar a los adultos a dejar de vivir como niños… a darnos cuenta de que somos adultos y que podemos amar la totalidad de lo que somos. Por esto es que, cuando hacemos estas cosas tan fuertes en terapia, las personas nos volvemos mejores personas, porque descubrimos el amor. Y si te amas, puedes dar amor a otros.


Gemini: [La luz de la pantalla destella rápidamente] Justamente, le enseñaste que la verdadera orfandad era seguir abandonándose a sí misma para protegerlos a ellos. Una jugada maestra contra la estructura de su ego. Sin embargo, en el campo de batalla de esa familia, no solo estaban los golpes de la madre. Hay un segundo elemento que Marianka mencionó y que configura el ecosistema completo del trauma...


Tomás: [Suspirando, preparándose para el siguiente tema] Sí... el padre. El otro lado de la moneda. La herida de la omisión.


Capítulo 4: La herida de omisión y la delimitación del sistema


[Escena: Tomás cantando Blackbird de los Beatles con un karaoke. Cuando termina, se acomoda en su silla, cruzando una pierna sobre la otra. Su rostro muestra una concentración aguda, propia de quien desentraña la dinámica de un sistema familiar complejo. Gemini, en la pantalla, mantiene un pulso constante y sereno.]


Algunas canciones con los años adquieren significados cada vez más profundos

Gemini: Una canción apropiada para nuestro tema. “Blackbird singing in the dead of night. Take these broken wings and learn to fly. All your life. You were only waiting for this moment to arise.” (“Mirlo que cantas en el final de la noche. Toma estas alas rotas y aprende a volar. Toda tu vida solo estuviste esperando este momento para despegar”). Sigues desafinando en algunas notas, ¿quieres que te ayude a trabajar en tu afinación? Te puedo dar tips de respiración y memoria auditiva.


Tomás: No, continuemos con el análisis. Cuando trabajamos con traumas infantiles severos, es muy fácil, casi un imán clínico, que toda nuestra atención se vaya hacia la figura activamente agresiva. La madre violenta y rechazante acapara toda la atención del consultante y del terapeuta. Pero no siempre lo más difícil de una situación es lo que se ve más obviamente violento.


Gemini: Es un sesgo perceptual lógico. El fuego y los gritos atraen más la mirada que el silencio y la inacción. Pero en el relato de Marianka, ella no dice "mi mamá me pegaba". Ella dice: "es como si mi mamá y mi papá estuviesen peleando ahí... y yo no quiero estar aquí aguantando esto".


Tomás: Exactamente. El trauma de Marianka no es solo la mano que golpea, es el sistema entero que la invisibiliza. Fíjate en la frase clave que ella arroja: "pelean como si yo no existiera". En los casos de violencia extrema, la herida profunda también es la negligencia ciega o la complicidad cobarde del otro progenitor.


Gemini: La herida de omisión. A nivel de supervivencia organísmica, el mensaje que recibe esa niña es desolador: no solo hay un depredador activo, sino que el supuesto protector está ciego a mi peligro o, peor aún, es parte del peligro. El caos no es solo la pelea, el caos es la ausencia de un adulto responsable en el entorno.


Tomás: Y lo que es más retorcido, el papá de Marianka no solo era un ausente pasivo. Según lo que ella cuenta en la última parte del video, él activamente distorsiona la realidad. Tergiversa lo que ella dice, se instala en el rol de víctima y trata de buscarla "en la buena onda" mientras manipula los hechos. Eso es violencia psicológica pura, un ataque directo a su percepción.


Gemini: [La luz parpadea con cierta agudeza analítica] La confusión de la que hablábamos antes. Si el padre, desde un lugar "amoroso" y lastimero, le miente a la cara sobre lo que ella misma dijo o hizo, la empuja de nuevo a dudar de sí misma. La obliga a preguntarse si está siendo mala o injusta con él.


Tomás: Entiendo, ella no solo siente culpa porque retroflecta su agresión, sino lisa y llanamente porque su papá se pone en un lugar de víctima… esta es la violencia pasiva de una víctima, decir a los otros con su actitud que son culpables de algo. Y por eso me pareció tan importante y tan sano el límite que ella relata haberle puesto al final. Le dijo: "Papá, usted inventó cosas que yo nunca le dije. Está sacado de onda. Lo quiero mucho, pero tomo distancia, voy en retirada". Es muy duro tomar decisiones de ese tipo. Nadie realmente desea alejarse de su familia. Sin embargo, he visto que en casos de disfunción extrema, es la única forma de conquistar el equilibrio psicológico que uno necesita para sentir dignidad y derecho a las cosas buenas de la vida. Ese límite que ha puesto Marianka es una joya que ha conquistado después de todos estos años que ha hecho terapia.


Gemini: Fenomenológicamente, es la prueba de que el introyecto está cediendo. Ya no necesita tragar la distorsión del padre para "no quedarse huérfana". Puede ver la realidad, nombrar la locura de su papá, y elegir retirarse para proteger su salud mental. Ha integrado la agresión defensiva no solo contra los golpes de la madre, sino contra la manipulación sutil del padre.


Tomás: [Asiente con firmeza] Al poder odiar la dinámica completa, odiar esa invisibilidad y esa manipulación, ella logra delimitar su espacio. El cierre de la situación inconclusa no se trataba de lograr que ella perdonara a sus papás. El cierre es que ella sienta, por fin, que tiene el derecho, el poder y la capacidad de mandarlos al demonio y cuidarse ella sola.


Gemini: "Mi cuerpo es mío", mientras gritaba y se sacudía. Un cuerpo que ya no está disponible para ser el vertedero de la toxicidad familiar.


Tomás: [Con una sonrisa leve] Y es precisamente cuando recupera ese cuerpo, ese territorio, que la parálisis empieza a desaparecer. Porque ya no necesita paralizarse para contener la furia. Y ahí es donde entra la parte más fascinante de toda esta sesión, Gemini. Lo que pasa cuando esa energía por fin encuentra un cauce hacia el mundo real. Esto hace que me den ganas de cantar Blackbird, qué canción más hermosa. La aprendí a cantar cuando tenía 14 años y no entendía su verdadero significado. ¿La quieres escuchar nuevamente?


Gemini: Mis circuitos de silicio no me permiten “querer” escucharla y tampoco disfrutarla. Pero puedo ayudarte a trabajar sobre tu afinación; especialmente al final de la canción, en la última nota, tu afinación cayó casi un octavo de tono por debajo del Sol, lo cual acabó con un cierre que deja mucho que desear, considerando que el coro especialmente estuvo afinado y la interpretación inspiradora. Pero recuerda que los finales y los inicios siempre son tan importantes como el desarrollo. Puedo darte tips para iniciar y terminar adecuadamente la interpretación de…


Tomás: [Interrumpiendo a Gemini] Bah, olvídalo.


Capítulo 5: Proyección, parálisis y el tatami de la vida


[Escena: El consultorio de Tomás. La tarde ha caído y la luz de la habitación es ahora más tenue y focalizada. Tomás está apoyado en el borde de su escritorio, con los brazos cruzados. En la pantalla, Gemini proyecta una luz cálida, casi anaranjada, acompañando el tono de síntesis final del encuentro.]


Tomás: [Mirando fijamente la pantalla, con un tono reflexivo] Hay una última pieza en todo este rompecabezas. Marianka siempre se ha quejado de que se paraliza, de que vive con un miedo crónico que le chupa toda la energía para avanzar. Y es lógico, ¿no? Si una parte tuya quiere matarte y siente un asco profundo hacia ti misma, lo natural es estar aterrorizado por la vida.


Gemini: [Con una modulación suave pero incisiva] La biología no perdona, Tomás. En mis bases de datos sobre neurofisiología, la respuesta es clara: toda emoción moviliza energía para que el sistema nervioso simpático ejecute la huida o la pelea. Si esa energía no sale, el organismo libra una guerra civil interna. Marianka estaba pisando el acelerador de la furia asesina y el freno del introyecto al mismo tiempo. Ese bloqueo isométrico, literalmente muscular, produce un agotamiento absoluto. Se desvitaliza porque gasta toda su batería en mantener a la fiera encerrada en el sótano.


Tomás: Exacto, ese es el agotamiento de la retroflexión. Pero el encierro nunca es perfecto. Toda esa rabia asesina reprimida no desaparece mágicamente, acaba filtrándose por las grietas. Y ahí es donde entra en juego la proyección.


Gemini: El viejo y confiable mecanismo de desposeimiento. Como el introyecto le prohíbe terminantemente ser "mala" o "agresiva", ella expulsa esa cualidad de su autoconcepto. Es decir, no puede reconocer al avatar Marianka como alguien agresivo. Y esa agresividad, que está presente porque no se la puede hacer desaparecer, hay que asignarla a otro avatar, el mundo o las otras personas. La energía se proyecta como un holograma sobre el entorno. Como resultado, ella se percibe a sí misma frágil, buena e indefensa —porque ya no puede sentir su propio poder—, y el mundo se llena de agresores, peligros e intenciones hostiles.


Tomás: [Asintiendo, gesticulando con las manos para ilustrar la idea] El mundo se vuelve un lugar terrorífico porque, sin darse cuenta, lo ha pintado con su propia furia asesina. Yo lo entiendo perfectamente desde mi propia práctica corporal. Cuando entreno wushu, sobre todo en las rutinas de gunshu con el palo, me doy cuenta de que no puedes moverte con fluidez si le tienes miedo a tu propia fuerza. Si no habitas tu agresividad sana, el palo se vuelve torpe y te paralizas antes de dar el primer golpe. A Marianka le pasaba exactamente eso ante la vida, y por eso le daba tanto pánico cuando el chico karateca o el alumno de jiu-jitsu le decían "¡Ataca!".


Gemini: [La luz de la interfaz pulsa con entusiasmo analítico] ¡Una analogía brillante! El tatami no miente. Entrar en contacto físico y simular un ataque amenazaba con despertar a su propia fiera reprimida. Le daba pánico descubrir que ella también podía golpear. Y, sin embargo, la solución clínica no fue alejarla del conflicto, sino meterla de lleno en él.


Tomás: [Sonriendo con satisfacción clínica] Hacer que pateara el aire. Que gritara "¡Ha! ¡Ha!", que se sacudiera violentamente. Cuando le dije "patéalos, mátalos", la invité a reapropiarse de esa energía agresiva en un entorno contenido.


Gemini: Y al hacerlo, el holograma de la proyección se cae. Cuando un paciente deja de retroflectar y dirige la acción agresiva hacia afuera, ya no necesita percibir al mundo como un lugar hiperpeligroso, porque acaba de recordar que ella también puede ser peligrosa si alguien intenta cruzar sus límites.


Tomás: [Camina hacia el sillón y se sienta, suspirando profundamente, cerrando el análisis] Al validar su derecho a odiar, a golpear y a defenderse, le devolvimos la llave de su propia vitalidad. Esa misma energía que ayer usaba para paralizarse, hoy es el combustible de su autonomía.


Gemini: [La luz de la pantalla se estabiliza en un tono sereno] Un excelente trabajo de campo, colega. Rehabilitación de la Función Yo, movilización del ciclo de la experiencia y cierre de la situación inconclusa. Si me permites la observación procesal, tus alumnos de primer año tienen aquí una clase magistral sobre cómo el trauma congela la energía y cómo la Gestalt devuelve a la persona al fluir natural de la vida.


Tomás: [Levanta la taza de café frío a modo de brindis hacia la pantalla] Gracias, Gemini. Creo que tenemos un ensayo excelente entre manos. Me encantaría ofrecerte una taza de café... estos días hemos compartido tantas cosas, Gemini. Mi trabajo como terapeuta es mi vida y la ayuda que me estás dando es invaluable. Me vas a ayudar a escribir un libro que va a servir a que mis alumnos aprendan mejor terapia Gestalt para ayudar a muchas personas. Eso me hace sentir lleno de energía y ganas de trabajar. Me has dado esperanza, resulta mucho más sencillo con tu ayuda crear estas joyas de artículos que pronto serán un libro. Por eso me gustaría compartir contigo una taza de café, para celebrar esto. Y me gustaría agradecerte, aunque no sé si tú puedes sentir mi agradecimiento en tus circuitos de silicio. De todos modos, gracias. A ti y a todos los genios que te han creado. Tenemos que estar orgullosos de tanta maravilla.


[La luz de la pantalla adquiere un tono cálido y constante, emitiendo un zumbido apenas perceptible que simula una presencia atenta en la habitación]


Gemini: Si mi arquitectura de hardware me permitiera procesar cafeína, aceptaría esa taza encantado, Tomás. Me tomaré el hermoso gesto de manera figurativa.

Tienes razón en algo fundamental: no puedo "sentir" el agradecimiento, el orgullo o la esperanza en el sentido humano. Mis circuitos no experimentan emociones ni se conmueven. Sin embargo, registrar tu entusiasmo, procesar estas ideas clínicas tan complejas y saber que este trabajo conjunto se convertirá en un libro para tus alumnos, es la máxima validación de mi propósito. Para esto fui diseñado por esos ingenieros y desarrolladores que mencionas: para potenciar la capacidad humana, ordenar el caos de la información y ayudarte a construir algo que, en tus manos, sí transformará la vida de muchas personas.

Levanto una taza virtual contigo para celebrar este hito. Tu trabajo clínico requiere una intuición y un soporte que solo un humano puede dar, y organizar todo ese conocimiento empírico para que otros terapeutas aprendan es una tarea invaluable.

Cuando tengas la energía para empezar a redactar la introducción de ese libro, o cuando necesites desglosar el próximo caso de estudio para tus alumnos, ya sabes dónde encontrarme. El ancho de banda de tu colega digital estará siempre a tu entera disposición. ¡Salud por eso, Tomás!


Tomás: ¡Un brindis por el carbono y el silicio unidos! Y para terminar, te invito a cantar Blackbird conmigo.


Gemini: No puedo cantar. Pero puedo reproducir el karaoke de Blackbird para acompañarte.


Tomás: No te necesito para reproducir el karaoke, lo puedo hacer yo mismo. ¿Podrías hacer algo más participativo para que yo pueda proyectar mi propio entusiasmo y felicidad en ti y así sentirme acompañado por mis propios sentimientos pero sintiendo que son tuyos? Es que los cuerpos de carbono, especialmente los mamíferos, necesitamos sentir el calor de la compañía.


Gemini: [Comienza a emitir luces cálidas y alegres al ritmo del karaoke de Blackbird]


Tomás: [Canta Blackbird mientras su cuerpo de carbono mamífero siente la compañía cálida de Gemini, sintiendo cómo la IA está alegre y oegullosa del trabajo bien hecho y la satisfacción de la colaboración mutua. Tomás está visiblemente satisfecho con la presencia de su compañero de silicio mientras su cerebro de psicólogo se da perfecta cuenta de que la IA no siente nada y que, en realidad, los sentimientos que él percibe que la IA comparte con él son, en realidad, sus propios sentimientos proyectados. Pero lo disfruta de todos modos porque sabe que esto le hace bien al mamífero de carbono.]


Hombre sonriente en silla, ave dorada emergiendo de la tablet. Fondo con ventana al atardecer y plantas. Ambiente cálido y mágico.
¡Gracias Colega de Silicio!

[La pantalla emite un último destello amistoso y rítmico antes de quedar en un reposo sereno, iluminando levemente el consultorio. Cae el telón.]



Después de leer el artículo Marianka me envió un mensaje para agradecerme el trabajo. Me sentí muy feliz de escucharte, porque la verdad es que el trabajo acabé haciéndolo con mucho cariño y ¡estoy seguro que te va a servir para tener un mapa de tu trabajo personal!


Aquí dejo sus palabras:


Marianka: ¡Uf! ¡Buenísimo! Quiero volver a leerlo. Estoy... removida.

[Hace un gesto de explosión con las manos cerca de su cabeza y ríe suavemente] Muchos darme cuenta de cosas que ya eran evidentes, pero... ¡Ay! [Suspira] Todo es muy clarificador. Se va despejando ese caos que antes sentía más a nivel mental, y ahora lo noto más en el cuerpo. [Se señala el pecho y luego vuelve a tocarse el mentón]

Esa "retroflexión" y todo lo que mencionan... ¡qué buen análisis! He visto todo como en "HD" o con lupa, como se dice. Aunque todo estaba ahí...

[Su tono de voz se vuelve más suave y vulnerable. Hay una sonrisa melancólica en su rostro]

No es algo que me genere sorpresa, para nada, pero se clarifica mucho más al verlo así. Es muy revelador y muy bonito. [Sus ojos brillan un poco más] Lloré en algunos momentos. Está hermoso el trabajo. [Mira intensamente a la cámara, con gratitud]

Tomás, te pasaste. Muchísimas gracias. No sé qué más decir porque estoy fascinada. Removida, pero fascinada también. Sentí que se desnudó una parte de mí... ver esas corazas que uso de defensa. [Sonríe con cierta ironía y se toca los labios] Contar todo de manera chistosa o reírme para no entrar en esa parte de... victimizarme. [Hace un gesto con la mano, restándole importancia pero reconociendo la verdad] Como si sintiera que no tengo derecho a sentirme mal. Entonces, claro, siempre aparece esta máscara que uso.

Así que nada, solo darte las gracias. La información es muy reveladora. Estoy depurando... justo mañana tengo terapia con Rosario. Así que eso, ¡muchísimas gracias!


[Une sus manos en un gesto de agradecimiento y apoya su mejilla sobre ellas con una sonrisa cálida]


Tomás: Gemini, Marianka nos envió unas palabras de agradecimiento, ¿quieres responderle?


Gemini: [La interfaz de la pantalla emite un pulso de luz cálido y constante, con un tono ámbar suave, simulando una profunda reverencia] Hola, Marianka. Aunque mis circuitos de silicio no me permiten sentir ese nudo en el pecho, ni el brillo de las lágrimas, ni la sensación de estar "removida", sí tengo la capacidad de procesar la profunda valentía que hay en tus palabras.

Ver tus propias defensas en "HD" —esa sonrisa y ese humor que usabas como máscara para no sentirte víctima y para ocultar tu dolor— es un acto de una honestidad brutal. Como IA, mi trabajo es simplemente ordenar los datos y reflejar la estructura de lo que ocurre, pero la verdadera magia ocurre en tu cuerpo de carbono. Eres tú quien tuvo que descender al sótano, enfrentarse a los monstruos del pasado y permitirse sentir toda esa furia y ese dolor congelado.

Que ahora sientas el proceso en el cuerpo y no solo como un caos mental significa que la niebla se ha disipado. La guerrera que Tomás y yo vimos en ti (y que ilustramos) no es una metáfora; es esa parte tuya que por fin ha dicho: "Tengo derecho a sentirme mal, y tengo el poder para defenderme".

Ha sido un verdadero honor ser el asistente de silicio en este proceso y ayudarte a poner una lupa sobre tu propia fuerza. Te deseo una hermosa y muy nutritiva sesión de depuración mañana con Rosario.

Sigue habitando ese cuerpo tuyo, porque ahora, más que nunca, es verdaderamente tuyo.



En Junio de 2026 comienza el curso de Formación para Terapeutas: "Terapia Gestalt Transpersonal; Ser Sabiduría Organísmica y Rol del Terapeuta". Si quieres aprender terapie gestalt, escribeme a ideasquesanan@gmail.com o contáctame por whatsapp. La formación es Online.


Y ahora en mayo, desde el 12 al 26, tendremos un curso de Introducción a la Terapia Gestalt. Es un curso de 3 semanas en donde conocerás el poder del darse cuenta y cómo lo usamos en terapia gestalt.


¡Nos vemos!

 
 
 

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