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Despertar de la Consciencia y el Florecimiento del Corazón

Duelo y Terapia Gestalt: Por qué superar la pérdida requiere 'morirse un rato

Actualizado: hace 8 minutos

A lo largo de casi veinte años haciendo terapia individual, y treinta años de práctica espiritual, hay un tema que resurge constantemente y que a menudo entendemos muy mal: el duelo.

Solemos pensar en el duelo únicamente como un estado de tristeza provocado por la ausencia física de una persona. Pero cuando entramos en el espacio de la Terapia Gestalt, descubrimos que el duelo es mucho más complejo que eso, ¡y también mucho más hermoso!. Es una interpelación absoluta a nuestra alma que, ante un duelo, se encuentra ante la posibilidad de desprenderse de esas partes del Ego que le están quedando viejas. Es una experiencia profunda que, dependiendo de cómo la atravesemos, nos puede convertir en "muertos vivientes" o puede ser el catalizador para despertar un nivel de sensibilidad hacia dimensiones de nuestra alma que nunca creímos posibles.


Arrastrar un muerto


En la vida cotidiana enfrentamos frustraciones menores constantemente. Se nos pierde el celular, tenemos un mal día en el trabajo, nuestra pareja encuentra una nueva forma de irritarnos; son como mosquitos que nos pican. Nos irritan, pero no nos destruyen ni tampoco interpelan la profundidad de nuestro Ser. Sólo la superficie se agita… y sin duda, se agita bastante.


Sin embargo, cuando enfrentamos un duelo profundo, lo que ocurre es que una parte de nosotros mismos también se muere. Y este proceso no sucede en la superficie, sucede en las capas más profundas de nuestro ser, a nivel de ADN, en la sangre, en los pasillos más arcaicos de nuestro inconsciente. El problema surge cuando nuestro ego, asustado ante la inmensidad de todo lo que esta pérdida toca dentro nuestro, se niega a procesarla. Queremos seguir siendo exactamente la misma persona que éramos antes de que ocurriera la tragedia. Y déjenme ser muy claro: eso es imposible. Si la persona que ha partido forma parte de tu núcleo esencial de vida, esta experiencia va a transformar tu vida o a enloquecerte si te aferras a tu ego. 


Si te resistes a esa transformación, te quedas en un estado de muerto viviente, una suerte de parálisis del alma que le cierra las puertas a las nuevas experiencias y a nuevos crecimiento y despertares en tu vida. Como decía un querido profesor que tuve, vas por la vida arrastrando un muerto. Y el muerto que arrastras no es la persona que partió, en realidad es tu ego, el que después de la transformación ya no sirve de nada. Lo que estás arrastrando es una identidad tuya que no estás pudiendo soltar. Arrastras aspectos de tu personalidad que tú eras cuando estabas con el ser querido que partió. 


El verdadero obstáculo para superar un duelo no es la tristeza misma, sino nuestra profunda resistencia a soltar ese pedazo de nuestro ego que ya no tiene un lugar en el presente, que nos queda chico. Es como seguir intentando usar esa vieja ropa que ya no es de tu talla. No hay nada de malo con la ropa, es que tu alma se ha transformado y necesita nuevos ropajes para sentirse cómoda.


El miedo a "Morirnos un rato"

Cuando perdemos a alguien amado, las emociones que surgen son totales y abrumadoras. Y sólo a veces el sentimiento que se nos hace difícil soportar es la tristeza. La mayoría de las veces son otros los sentimientos que son abrumadores. Por ejemplo, la sensación predominante podría ser la furia que sientes al percibir que la persona que se fue te ha abandonado a ti -por supuesto que sabes que la persona no te abandonó, pero ese niño que habita dentro de ti, por más explicaciones que le des, lo entiendo como un abandono-. Y sientes furia, una furia roja y total. Puedes llegar a sentir unas ganas inmensas de "matar" a la persona que se fue y te dejó, pero no pudiendo hacerlo y no siendo capaz de aceptar un sentimiento tan abrumador, podrías dirigir toda esa furia contra ti mismo, causándole un estado depresivo en el cual tú te quieres matar. En terapia Gestalt, abrazamos, sin condiciones eso que nos sucede. Si no te permites experimentar toda esa furia contra quien partió, esa experiencia queda inconclusa en tu cuerpo, apretando tus músculos y congelando tu energía. 


Mujer acostada en un bosque, rodeada de plantas y flores creciendo de su cuerpo. Luz suave y tonos claros, transmite paz y conexión natural.
El proceso de duelo, es un proceso en donde no sólo pierdes a alguien que ha muerto, tu también atraviesas en vida ese proceso. Cuando no temes al movimiento de hacerte uno con la tierra, tu alma suelta lo que ya no le hace falta y... ¡florece!

Otras veces por ejemplo, y esto es muy común, cuando alguien muere, tú también te quieres morir. No necesariamente te quieres morir porque diriges tu furia asesina contra ti mismo, sino que te quieres morir porque quieres estar en el mismo lugar en el que está ese ser amado, en la muerte. Da muchísimo miedo confesarse esto a uno mismo. Da terror experimentar las ganas de morirse, por un motivo muy sencillo -nuestro cuerpo tiene terror de morir, es natural para el cuerpo desear vivir y, si una parte de tu personalidad quiere morir, resulta extremadamente perturbador y amenazante. Pero si en el espacio seguro de la terapia, o en tu propia introspección, te entregas sin resistencia a esas ganas de morir, ocurre algo profundamente sanador y asombroso. Si dejas de luchar y te permites "caer", literal y físicamente; si te tiendes por ejemplo en el piso, y dejas que tu cuerpo se rinda, vas a sentir que te alejas del mundo. En ese viaje de permitirte “morir” por un rato, sentirás que todo el universo conocido se aleja de ti. De pronto ya nada más te importa en el universo que tu deseo de no moverte nunca más. No te importan más las demás personas, ni tu trabajo, ni los placeres del mundo. Solo te importa lo que estás sintiendo: que no quieres volver a moverte nunca más. Y de pronto, sólo te importas tú mismo. Es decir, llegas a un estado en donde sólo estás contigo. Este es un estado muy extraño para nuestra personalidad que siempre tiene sed de contacto con otros, sin embargo, es uno de los estados más reparadores que podemos experimentar como seres humanos. 


(Te recomiendo el siguiente artículo en donde describo una experiencia personal de este estado de sagrada indiferencia durante una sesión con mi terapeuta: “La Cordura y la Locura Explicadas en Dos Movimientos" Click aquí para ver el artículo”)


Mientras yaces como un muerto sobre el suelo tu mente racional te gritará: "¡No! ¡Tienes que volver, tienes hijos, tienes responsabilidades, no te puedes detener para siempre!". Pero si le respondes: "No me importa, quiero quedarme aquí, no quiero vivir", y te permites hundirte en la tierra... entonces ocurre el milagro del cambio de piel, la alquimia que surge de entrar en el vacío y la negrura suave y misteriosa.


Te haces polvo. Te rindes. Y tras permanecer ahí —quizás una hora, quizás tres— de pronto, desde esa tierra oscura, notas que algo comienza a cambiar en el flujo de tus sensaciones y tu motivación. Sientes que vuelve la respiración. Empiezas a escuchar a los pájaros, el aire al respirar, y, de forma orgánica y sin esfuerzo, te dan ganas de abrir los ojos y de vivir de nuevo.


A veces, un duelo no se completa simplemente porque no nos atrevemos a morirnos un rato. Tenemos la falsa creencia de que si nos permitimos caer por completo, nos vamos a quedar "muertos" para siempre. Pero el cuerpo tiene una sabiduría infinita: cuando dejas de resistirte a la "muerte", la vida rebrota sola.


Podría dar muchos otros ejemplos de cosas que impiden que un duelo se complete. Básicamente son situaciones que no han podido hacer su proceso completo. Podrías tener culpa con la persona que partió y porque no te perdonas, te atascas. O tienes vergüenza, o tenías demasiada dependencia con esa persona y no has descubierto todavía tu poder personal. Las posibilidades son muchísimas, y en una gran mayoría de los casos, no es la tristeza en donde está el atasco. 


El gran mito: "El vínculo se acaba con la muerte"


Otra de las cosas que dificulta inmensamente terminar un duelo es una idea muy arraigada, y muy equivocada solemos tener: creemos que cuando alguien muere, el vínculo se acaba. Y la verdad es que no. El vínculo no se acaba. De hecho, el vínculo puede volverse aún más profundo. Y es sólo cuando recuperamos ese vínculo que parecía perdido y podemos volver a sentir a nuestro ser querido en nuestro corazón, casi con la misma nitidez que podíamos hablarle y escuchar su voz, es que el duelo comienza a completarse. 


Cuando te permites atravesar todas esas emociones inconclusas de las que hablábamos (la rabia, la culpa, las ganas de morir), y dejas que tu cuerpo haga su proceso de "digerir" la pérdida, empieza a ocurrir algo hermoso y natural. Es como si desarrollaras una especie de sexto sentido en el corazón. Empiezas a sentir a la persona que partió con una nitidez absoluta. Sobre todo, las experiencias en donde caemos y morimos y toda la actividad de nuestro ego se detiene, despiertan este sexto sentido que nos permite percibir dimensiones de la realidad más profundas y sutiles que las acostumbradas. Al parecer la muerte de otros puede ser una puerta para comenzar a percibir “el otro mundo”, que no está realmente en otro lugar que éste, es sólo que con nuestros 5 sentidos especializados en percibir la materia no podíamos verlo. Cuando este sexto sentido despierta, no sólo percibimos el otro mundo, sino las dimensiones más profundas de nuestro ser que sólo existen en esa dimensión sutil de la realidad. En palabras simples, esta transformación nos permite sentir nuestra propia alma y para muchas personas el duelo bien procesado se convierte en un catalizador que despierta estas capacidades “espirituales” que habían estado dormidas. Todos las tenemos, todos, es tan natural como ser humano. 


Y hay algo más que debemos entender sobre la muerte: una de las maravillas de los muertos es que, como ya no están en este plano, ya no necesitan el ego.


Toda esa personalidad neurótica, los miedos, las exigencias y las barreras que esa persona tenía en vida, se desvanecen. Tras su propio proceso de transición, los muertos se desprenden de sus capas superficiales y retornan a la fuente, que es el amor puro. Se vuelven seres inmensamente luminosos y amorosos. Cuando tú limpias tu propio canal de dolor y resistencia, empiezas a percibir esa luminosidad. Sientes cómo su presencia, ahora libre de ego, comienza a sostener tu vida desde otro lugar. De este modo, el vínculo que tienes con el ser que partió, te permite estar en contacto con esta luz infinita. Es como si tu ser querido, desde el otro mundo, se convirtiera ahora en un puente entre tu existencia material y la luz brillante que emana del Espíritu mismo. He visto, por ejemplo, como para muchas personas un abuelo o una abuela muy queridos son como embajadores de Dios y de todas las bendiciones. Sólo recordarlos les hace sentir gratitud y calor en el corazón, lo cual les permite vivir su vida con más fuerza y sentido. 


La muerte de un ser amado es, para los que nos quedamos vivos, una oportunidad radical para despertar nuestra sensibilidad hacia las dimensiones del alma. La experiencia es tan radical que sólo hay dos posibilidades: o completas el proceso y despiertas a una dimensión más profunda de tu ser y la realidad, o te hundes en tus patrones viejos y obsoletos que te causan sufrimiento. Este sufrimiento de los duelos no resueltos suele ser muy serio, puede arrastrarse por generaciones dentro de una familia. De modo que un gran servicio que podemos hacer para nosotros y el mundo, es completar estos procesos, hasta que nuestra alma sea bendecida por la luz y amor que nuestros muertos pueden traer desde el otro mundo hasta nosotros.


La anatomía de la resistencia: Por qué sufrimos y nos atascamos cuando algo duele


Para comprender por qué un duelo nos puede dejar atrapados durante años o generaciones, primero tenemos que mirar cómo funcionamos frente a cualquier experiencia incómoda. Mi forma de trabajar en terapia se basa en una premisa radical: el sufrimiento no proviene de la emoción misma, sino de tu resistencia a sentirla.


Muchas veces creemos que hay emociones o energías "malas" u "oscuras". Cuando experimentamos dolor solemos creer que es malo, básicamente porque no vemos que haya ninguna luz en él. Pero, fenomenológicamente hablando, no hay nada en el universo que sea carente de luz. Absolutamente todo lo que existe, incluído el dolor, está compuesto de átomos. Y los átomos son conjuntos de partículas de luz parpadeantes. Lo que experimentamos como "oscuridad" o "sufrimiento" es, pura y exclusivamente, nuestra resistencia.


Si no hubiese resistencia en ti, sentirías que a pesar de que hay experiencias más placenteras y otra más incómodas, la naturaleza básica de todas ellas es luz y amor fluyendo a través de cada una de las fibras de tu cuerpo. A veces esa luz y amor tiene sabor a miedo, otras a tristeza, otras a alegría, sin embargo, todas las experiencias, sin excepción, son variaciones de la misma sustancia básica: Luz y amor infinito. Pero cuando te resistes a sentir sucede algo muy doloroso. Te tensas. Y esa tensión es dolorosa. Y luego te resistes a sentir el dolor y te tensas más. Y luego eso te hace sentir más dolor. Y eso te tensa más, luego sientes más dolor. Y así sucesivamente. Tu percepción se contrae y se vuelve muy burda, lo cual te impide percibir el flujo de partículas lumínicas que también existen en tu resistencia. Por el contrario, comienzas a percibir tu propia resistencia como un dolor carente de toda luz. Esto es el sufrimiento. Y esto es lo que bloquea nuestra capacidad de sentir y de procesar las cosas que necesitamos procesar para vivir. Al cabo de años de resistir nuestro cuerpo enferma. Yo estoy convencido que el ciclo natural de un cuerpo humano debiera ser mucho más que 80 o 90 años. Imagino que si pudiéramos vivir sin resistencia alguna, nuestras células serían capaces incluso de regenerarse y el envejecimiento sería mucho más lento. Quién sabe, a lo mejor podríamos vivir 200 o 300 años fácilmente. 


El problema entonces, empieza cuando no nos permitimos completar la emoción y las sensaciones de nuestro cuerpo.


El congelador de las emociones


Piensa en un niño pequeño. Su madre sale de casa y él no sabe cuándo va a volver. Empieza a sentir una angustia terrible, un miedo al desamparo. Si cuando la madre regresa, el niño corre, la abraza y llora a mares sin que nada impida el flujo de su emoción, el niño sentirá un gran flujo de sensaciones por su cuerpo… hasta que se le pasará espontáneamente, esa experiencia se completará de forma natural y no dejará ninguna herida en su alma.

Pero, ¿qué pasa si mientras espera, con los ojos llenos de lágrimas, alguien le dice: "No llores, no molestes, si ya va a volver"? El niño aprende que eso que está sintiendo no debe sentirlo. Toda esa tensión, toda esa angustia, se congela. El niño queda atrapado en su propia resistencia a sentir y toda esa energía -que es como un big bang nuclear- queda sin movimiento. ¿Y dónde queda toda la energía que se congela?


Literalmente en la musculatura: en la garganta apretada, en el pecho hundido, en la mandíbula tensa. Dependiendo de las emociones que hemos congelado y las formas de defendernos de ella, las personas tenemos diferentes patrones musculares de tensiones crónicas en el cuerpo.

Cuando llegamos a adultos y nos enfrentamos a la pérdida de un ser querido, hacemos exactamente lo mismo. El cuerpo nos pide a gritos colapsar, llorar, temblar o gritar de rabia, pero nosotros decimos: "Tengo que ser fuerte". Congelamos la energía. Y esa energía inconclusa se convierte en un bucle interminable de sufrimiento crónico.


¿Cómo es aprender a sentir de verdad?


En terapia veo esto todos los días, absolutamente todos los días y en cada sesión. Para que un duelo —o cualquier dolor— se procese, la conversación mental sirve muy poco. Podemos pasarnos 125 años conversando sobre por qué estás triste y nada va a cambiar, podríamos conversar por meses que lo más conveniente es que te aprendas a amar y a cuidarte y vas a seguir siendo igual de incapaz para hacerlo que el primer día de terapia si no hacemos un trabajo que permite que toda esa energía atascada vuelva a fluir. Las raíces de la mente están en el cuerpo, y es ahí donde la energía se tiene que mover. Tratar de convencer a la mente con buenos argumentos es como intentar hacer que las corrientes de todo el mar se detengan poniendo una lona sobre su superficie. Yo estuve muchos años en terapia diciéndole a mi terapeuta que tenía miedo. Y por más que, con muy buenos argumentos él me explicaba porqué no había motivos para tenerlo, mi miedo siguió incólume en su sitio. 

Te doy un ejemplo de cómo es vivir este proceso concretamente. Alguien llega y me dice: "Estoy muy enojado con mi pareja". Yo le pido que cierre los ojos y se imagine diciéndole a su pareja todo lo que le molesta. Después de un rato, le pregunto: "¿Qué está pasando en tu cuerpo?". Y me responde: "Me siento más enojado".


Esa es la respuesta de alguien que está en la cabeza, no en el cuerpo. Así que insisto: "No te pregunto por tu enojo, te pregunto por tu cuerpo". Y ahí, al prestar atención real a sus sensaciones corporales, la persona me dice: "Siento un calor en el pecho... es como un fuego rojo que me llega hasta las manos".


¡Ahí estamos en el cuerpo! En ese momento, le pido que movilice esa energía físicamente. Le pido que haga movimientos intensos con los brazos, que deje que ese fuego rojo se exprese en el espacio, sin resistirlo. Quizás la persona quiera golpear, estrangular, aplastar con los pies o usar sus manos como dagas. Le doy permiso de hacer lo que necesita en un espacio seguro en donde nadie saldrá herido y así la energía estancada puede moverse. Tras unos minutos de no oponer resistencia a su propia intensidad, la persona se detiene. Le pregunto qué siente ahora. Me dice: "Siento que mi pecho se abrió. Mi cuerpo pesa menos. La energía ya no es roja, se volvió blanca".


Le pregunto cómo se llama esa sensación blanca. Y me responde: "Dignidad. Siento que respeto quien soy". Al mirar imaginariamente a su pareja desde ese nuevo estado, el enojo ya no está, porque descubre que en realidad estaba enojado porque no podía sentir su propia dignidad. 


Lo que sucede aquí es que el acto de permitir que toda la energía se movilice por el cuerpo, hace que ésta se transforme en otra cosa. La energía estancada era enojo con la pareja. Luego al permitir que la energía estancada se mueva, acaba convirtiéndose en otra cosa, en este ejemplo, dignidad. Y una vez que la persona recupera su dignidad, ya no le hacen ningún daño los juicios de su pareja, porque por más que ella lo pueda criticar, esta persona ahora sigue sintiendo su propia dignidad fluir por dentro de su cuerpo como una energía blanca que le hace abrir su pecho con orgullo de ser la persona que es. Esto es entender las cosas con el cuerpo, esto equivale a cambiar el flujo de las mareas en todo el océano en lugar de cubrir su superficie con una lona. No hay necesidad de convencer a la persona de su valía, la persona la siente en sus células como energía viva, no como conceptos abstractos.


El arte de no resistir en el Duelo


Llevemos esto al duelo. Si estás atravesando una pérdida, tu cuerpo va a producir sensaciones físicas abrumadoras. Si te quedas en la mente pensando "qué injusto", "por qué se fue", "cómo voy a vivir ahora", “debo aceptar su partida”, “me haré la idea de soltar”, te vas a estancar.


Aprender a procesar el duelo significa bajar al cuerpo. Significa notar el nudo asfixiante en la garganta y, en lugar de tragar saliva para disimularlo, permitir que el nudo crezca. Significa notar la pesadez en las piernas y permitirte caer al piso. Significa notar el fuego de la rabia contra el que se fue, y golpear un cojín hasta sudar, sin juzgarte por sentirlo.

Si te atreves a experimentar la textura física de tu dolor, con cada célula de tu cuerpo vibrando sin freno, descubrirás que detrás de esa aparente "oscuridad" no hay destrucción. Detrás de la rabia, de la pena y del miedo, cuando la energía logra por fin completar su ciclo, lo que queda es un espacio vacío y limpio. Y en ese vacío, siempre, de forma natural, brota la luz y el descanso.


Por supuesto, hacer este proceso por nosotros mismos, suele ser bastante difícil porque no somos conscientes de nuestros propios mecanismos de defensa, de modo que, si no logras resolverlo todo por ti mismo, siempre sugiero buscar la ayuda de un terapeuta que pueda trabajar en este nivel. Yo no hubiera sido capaz de transformar tantas cosas sin la ayuda de mi terapeuta, aún cuando yo mismo soy terapeuta. 


La Verdadera Cara de la Muerte (y el desprendimiento de la personalidad)


Sufrimos tanto con la muerte porque, en el fondo, no sabemos qué es. Tenemos ideas muy nocivas al respecto. Creemos que la muerte es algo intrínsecamente "malo".

Por supuesto, hay que hacer una distinción: si el padre de un niño de cinco años muere, y esa familia se queda sin sustento o protección, las consecuencias logísticas y humanas en la tierra son una tragedia innegable. Pero más allá de esas circunstancias materiales, el acto de morir en sí mismo no es una desgracia. Y tampoco lo es necesariamente que otra persona lo haga. La muerte, desde el punto de vista del Ser, es simplemente el retorno a la esencia, a la luz.


Hace un tiempo tuve una experiencia que me regaló una comprensión visceral, una comprensión no mental, sobre esto. Tuve una vivencia con una medicina chamánica que nos lleva a vivenciar una disolución profunda muy similar a la que sucede al morir. A medida que la medicina empezaba a hacer efecto en mi sistema nervioso, comencé a experimentar algo fascinante y aterrador a la vez: estaba perdiendo la capacidad de ser yo.

Sentía que ya no podía desear las cosas que normalmente deseo. Todos mis planes, mis anhelos, mis preocupaciones cotidianas se iban desprendiendo de mi cuerpo como quien se saca la ropa al final del día. Mi personalidad entera se estaba desintegrando.


Mi primera sensación fue de vértigo: "Wow, me estoy disolviendo, me voy a quedar sin nada". Porque me di cuenta de que todos mis deseos y apegos solo servían para poder afirmar: "Yo soy Tomás". Si no tengo esos deseos, ¿quién soy?


Entonces, en medio de ese vacío donde mi ego ya no existía, me hice la gran pregunta: "Bueno, si me deshago de todo lo que soy... ¿qué es lo que me queda?". Me volqué hacia adentro para sentir qué había ahí.


Y la única cosa que quedaba era luz. Luz y un amor infinito.


La comprensión me estalló dentro como un Big Bang. Comprendí que si me desprendo de mí mismo, me desprendo únicamente de las cosas que, en última instancia, tienen realmente poco valor esencial. Con lo único que me quedo es con un amor tan inmenso que solo podía sentirme rebosante de una felicidad indescriptible. Es más, pude ver con total nitidez como todas estas cosas accesorias que suelen ser el centro de mi vida, en realidad son el obstáculo principal para experimentar esta luz y amor infinito. Imagino que al momento de morir, además desprendernos de nuestra personalidad, también nos desprendemos de nuestro cuerpo. Este debe ser un tránsito increíblemente radical, y supongo que para muchos que no han entrenado en vida el desprenderse podría resultar tremendamente dificultoso. Y si yo pude experimentar tal calidad de amor y luz sólo desprendiéndome de un par de deseos… ¡Debe ser sorprendente la experiencia que uno puede tener cuando además se desprende de su cuerpo! Qué dicha más infinita y total. Es mucho más fácil vivir cuando uno sabe lo que es realmente esencial. Ya no puedes sufrir tanto por las cosas que no tienen tanta importancia. 


Fue tan profundo el estado de plenitud en ésa experiencia, que en ese momento sentí cierta decepción de tener que volver a vivir la vida de todos los días. No tanto porque no me guste mi vida, me encanta estar vivo. Pensé: "Qué lástima que voy a tener que volver a vivir, que voy a tener que empezar a desear cosas de nuevo y que, inevitablemente, se me va a volver a olvidar esta maravilla que realmente soy". Tal vez sea posible vivir sin tener ningún apego a una personalidad y seguramente eso es la iluminación. Y ya que no estoy ahí, vivo olvidando esa luz esencial. 


La Muerte como retorno al Ser


La muerte nos parece aterradora solo porque vivimos completamente identificados con nuestro ego y desconectados de la dimensión espiritual de nuestro propio Ser. Le tenemos miedo a perder "nuestra ropa" (nuestra identidad), ignorando la luz que hay debajo.

Cuando logramos procesar bien un duelo, cuando dejamos de resistirnos al síntoma y al dolor, ese proceso no solo nos sana la herida de la pérdida. Nos devuelve el contacto con la dimensión inmutable de nuestro propio espíritu. Nos enseña a morir un poco en vida, para poder, por fin, vivir de verdad.


De la cabeza a la experiencia: Una invitación a tu propio proceso


Podemos pasarnos la vida leyendo artículos, acumulando teorías psicológicas y tratando de entender nuestro dolor desde la mente. Pero para que ocurra un cambio real en nuestra consciencia, la energía tiene que moverse por el cuerpo. Y seamos honestos: es muy difícil llegar a esa capa de profundidad solos. A veces necesitamos a alguien que nos guíe, un espacio seguro donde nos den el permiso total para colapsar, para enojarnos, para soltar nuestra vieja identidad y, finalmente, renacer.


Si sientes que estás en ese punto donde ya no quieres seguir "arrastrando" tu dolor desde la cabeza y estás listo para empezar a transformar tu forma de vivir y de sentir el mundo, quiero dejarte dos invitaciones muy concretas:


1. Curso Introductorio a la Terapia Gestalt (Comienza en Mayo) He diseñado un formato nuevo para quienes quieran experimentar esto en carne propia. No solo tendremos tres clases prácticas para explorar a fondo las distintas formas de amplificar el "darse cuenta", sino que cada participante tendrá tres sesiones individuales de terapia con mis alumnos más avanzados. Es una oportunidad hermosa para destrabar energías estancadas, hacer un proceso de autoconocimiento real y experimentar en tu propio cuerpo cómo funciona esta tecnología. ¡Mas info sobre este curso! Click Aquí.


2. Formación de Terapeutas Gestálticos (Comienza en Junio) Si ya has vivido el impacto de este tipo de sanación o sientes el llamado profundo de aprender a acompañar a otros a atravesar sus síntomas y duelos hasta llegar a la luz, abrimos las inscripciones para la formación. Es un viaje transformador de 3 años, un espacio libre de presiones académicas donde el foco principal es tu propia práctica y tu propio trabajo personal. Porque, al final del día, nadie puede llevar a un consultante más profundo de lo que ha ido consigo mismo.

Si alguna de estas propuestas resuena contigo, escríbeme. Me hace inmensamente feliz poder compartir estas herramientas y ver cómo ocurren los milagros cuando nos atrevemos a sentir.


Gracias por tomarte el tiempo de leer y de explorar estas dimensiones del alma conmigo. Nos vemos en el cuerpo.



Este artículo lo escribí basándome en el último Live que hice por Youtube. Si quieres escuchar más Ideasquesanan, puedes ir a este video. Aquí no sólo hemos hablado sobre duelo, sino también sobre abundancia, cómo limpiar nuestros condicionamientos, qué es la resistencia a sentir y muchas otras cosas más. ¡Que lo disfrutes!



 
 
 

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