Algo sobre mí y yo mismo y mi alma ¿y tú?
- Tomás de la Fuente

- hace 2 días
- 6 min de lectura
Acabo de leer un texto de Eduardo Barrios que se llama “También algo de mí”, que está al comienzo de un libro de cuentos cortos que él escribió muchas décadas antes de que tuviéramos pantallas, incluso la televisión. Fue refrescante leerlo.

Me siento cansado con la sobre estimulación, el mensaje corto que impide la libertad de pensar y sentir con profundidad y sin apuro… desde que tengo un smartphone.
Hace unos años me sentía cansado y no quería hacer más esfuerzos por pensar. Hoy día me siento cansado de no usar esos músculos. Es algo parecido a lo que he descubierto a mis 48 años intentando convertirme en deportista. Mis músculos están más felices y descansados cuando los uso y entreno todos los días. Cada entrenamiento es una suerte de sufrimiento extasiante.
La tecnología nos ofrece el éxtasis sin sufrimiento y esto nos está matando. El alma humana sólo despierta en el lugar en que el dolor y el placer conviven. Demasiado dolor nos enferma, nos llena de frustración porque no estamos hechos para arrastrarnos. Exceso de placer nos vuelve plásticos, nos roba toda la profundidad y eso no nos permite volar realmente alto… solo en círculos, al final empezamos a sentir desesperanza sin entender bien de qué. Es el alma que se desespera de no volar alto, porque está hecha para eso.
Las palabras de Barrios no sufren de esa disociación, toca los dos extremos al mismo tiempo y entonces me vuelvo a sentir vivo. Mientras lo leo imagino a mi sistema nervioso siendo activado de forma equilibrada en todos sus recovecos y extremos. El placer inmediato deja la mitad de nuestro cerebro muerto. Nos mata la mitad del alma. Leer estas palabras de alguien que vivió en un momento en el cual era difícil obtener tanta droga plástica, me trae el alma al cuerpo.
Y por eso quise venir a sentarme y tomar un café mientras exploro, escribiendo, la posibilidad de decir algo equilibrado, algo que al mismo tiempo incluya los dos polos de mi ser para sentir la libertad de ser honesto. Y también con la expectativa de encontrar a otras personas interesadas en este raro tipo de honestidad que nos recuerda que tenemos alma, un alma cansada de tanta adicción y hambrienta de un encuentro.
Pensé que para compartir más con otros quizás podría ir a un taller literario… para impresionar a alguien con mis escritos. Pero eso sería más de lo mismo. Mi vieja, destructiva y conocida adicción a mostrarme que me impide compartir con otros. El ego es un perro que se muerde la cola. ¿Es que nunca va a ser suficiente?
Qué sabias las palabras de Barrios:
“Estimo pueril pretender los acuerdos unánimes acerca del juicio artístico. Hay que pensar en la diversidad de las comprensiones. He observado a este respecto, en un artículo que publiqué en Los Diez, el año 1916: Parece que todos estuviéramos situados en sucesivos puntos de una elipse y que a una mitad de nosotros nos iluminara o rigiese uno de los focos, y el opuesto, a la otra. Por esto, nos dividiríamos siempre en dos bandos -al menos, en dos bandos extremos o principales-; por la misma causa, sentiríamos con mayor plenitud lo propio y enseguida lo de nuestros vecinos. De aquí las afinidades y, también, esas negaciones rotundas de quienes abarcan con sus facultades un arco de la elipse, para con aquellos que han su campo en el arco opuesto”.
Al ego nunca se le ocurre que en el arco opuesto uno podría sentirse bien. Así que estoy pensando en la posibilidad de tomar un taller literario para escuchar las cosas que otros escriben y prestar especial atención a los comentarios que mis compañeros del taller que viven en el arco opuesto al mío hacen de mis escritos. Sería benditamente frustrante. Y también, mientras escucho el escrito de alguien que no me gusta, imaginarme que soy alguien a quién sí le gusta lo que escucha. Así podría encontrar ese equilibrio que nos roba la separación entre lo que es incómodo y nuestra búsqueda compulsiva y desesperada de placer que nos hace atrincherarnos en uno de los arcos. Es tan fuerte la trinchera en la que nos metemos que se nos olvida que las personas que están en el arco opuesto están al mismo tiempo en la misma elipse. Y este olvido es la raíz de toda la violencia. O quizás no es olvido, es que todavía no hemos avanzado lo suficiente en nuestra evolución para desarrollar esta habilidad.
No nos damos cuenta, pero aferrarnos a nuestra trinchera es brutalmente estresante, porque hay una parte de nosotros -lo queramos o no- que vive en la otra trinchera también. Sería bueno conocer a esa persona.
Así que estoy intentando conocer a esa persona que yo sería si viviera más o menos en 1916, donde -según mi imaginación- era un poco más difícil desentenderse tanto de lo que es incómodo o, al menos, no era tan fácil como apoyar el dedo sobre la pantalla.
A veces soy esa persona.
Y estoy bastante cansado de que la mayor parte del tiempo me parezca más un extraño que a veces me visita. Siento que pasan los días y se me olvidan todos, porque el que puede tener verdaderas memorias es él y yo, en cambio, soy sólo un programa que obtiene su fuente de poder de la ansiedad.
Intento tener citas con él. Pero mi impaciencia suele ser más fuerte que el amor a mi mismo. O quizás hay demasiadas cosas que hacen muy fácil olvidarlo. Porque para estar con él, necesito hacer espacio a lo incómodo, a lo que duele, para que ese equilibrio entre dolor y placer le permitan existir.
Me gusta llamarle alma a este sujeto que parece que soy yo cuando me visito. Hoy día vivimos como si no tuviéramos alma. He notado que si todos los días me tomo tiempo para sentirme, al cabo de unos días la parte incómoda ya no me molesta, me empieza a producir curiosidad y cierta atracción. Y me vuelvo más honesto, más profundo. Y también más creativo.
Estos últimos meses he leído algunas biografías de personas notables que vivieron antes de la televisión. Lo que más me sorprende es la cantidad de cosas que hicieron. Vidas llenas de cosas diferentes, desde barrendero a astronauta, a amante a viajero, despojo y joya. A veces me parece que mi vida tiene demasiadas pocas aventuras. Pero cuando veo una serie en Netflix miro las aventuras de otros y se me quita la necesidad de tener las mías propias. He estado viendo Star Trek y ellos visitan mundos desconocidos. Eso si que sería mirar lo que está del lado del otro foco.
Y bueno, ahora que estoy teniendo este encuentro honesto conmigo, pienso que podría ir al taller literario. O no. Me basta con disfrutar este espacio sagrado en donde el éxtasis de ser emerge de la combustión entre mi angustia y la luminosidad natural del aire. Sobriedad le llaman a esta virtud: Dejar de escapar de la angustia para buscar el placer… y quedarse en el punto en donde ambos se tocan espontáneamente.
Así que parece que estoy cansado de no usar el alma. Estoy empezando a extrañarme cada vez más. Y eso me hace buscar tener estos encuentros conmigo. A veces pasa algo raro. A pesar de que agendo y llego al lugar de la cita, mi alma no llega. O quizás llega y está sentada justo en la mesa del lado y soy yo el que no logra reconocerla porque estoy demasiado ocupado intentando encontrarla. Y a veces eso es tan frustrante que me enojo y decido nunca más volver a buscarme. Despechado puedo perderme algunos días en las redes o presionándome por trabajar más para conquistar más audiencia. El despecho no es más que autosabotaje.
Hoy día me encontré de nuevo, estoy sentado, ahora mismo, en la misma mesa que yo. Y juntos estamos escribiendo estas palabras. Y respiro. Estoy respirando muy bien. Esto si que es vida.
Barrios dijo otra cosa interesante en su texto: “He definido el arte así: Es una ficción que sirve para comunicar, no la verdad misma, sino la emoción de la verdad”. Así que espero que más allá de la historia que te acabo de contar, te visite tu alma, aunque sea un segundo mientras lees estas palabras que no tienen más propósito que encontrarme a mi. No importa tanto que me leas a mí, importa más que te encuentres a tí. Yo me siento feliz de estar aquí ahora, encontré varios trocitos de mi que se me habían perdido… y me caigo mejor, me gusto más. Y con esto, más feliz de estar vivo y quiero más la vida... y me preocupa un poco menos la muerte.
¿Y tú?
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